Entonces ocurría: podía contener todo con su luz.
Abarcaba y en simultáneo era parte del todo. Veía lo que abrazaba y sentía el amalgamarse de matices embriagador.
Se desplegaba como si fuera un papel que hasta un segundo atrás hubiera estado doblado; se iba y permanecía; aumentaba y menguaba; se multiplicaba y dividía; giraba, se mecía, flotaba... para volver nadando y replegarse en el adentro nuevamente.
En ese momento recuperaba la conciencia del propio cascarón, abría los ojos y continuaba como si nada.
El hombre encontró una rosa
al costado de un camino.
Se acercó muy cuidadoso,
¿acaso era ella real?
El hombre miró la rosa
y pensó con alegría:
“la quiero llevar conmigo
para poderla admirar”
El hombre y sus rudas manos
arrancaron sin dudar
a la rosa de su mundo
de tierra, aire y humedad.
Orgulloso y presumiendo
de su rosa por doquier,
el hombre agitaba en alto
su más preciado querer.
Un enorme desconcierto
invadió al hombre al oír
que dos mujeres decían:
“¿qué es eso que tiene ahí?”
El hombre bajó sus ojos
y su mirada posó
en sus manos sujetando
lo que otrora era su amor.
Tan solo quedaban restos
de la maltratada flor
había perdido las hojas,
los pétalos, el color...
Ni las espinas quedaban
en el maltratado tallo
No pudieron resistir
el modo de amar humano.
El hombre con la antes flor
que de su mano colgaba,
haciendo un gesto molesto
la arrojó como si nada.
El hombre siguió su rumbo
buscando por el camino,
tal vez otra bella flor
hallaba en el recorrido!
Tus flores no son las rosas,
no danzás cual mariposa,
aunque casi todo el día
me persigue tu sonrisa.
Pero no siempre es de día…
Cómo le explico a mi vida
que no todo es alegría,
que a veces, algo se sufre
aunque sea con mil caricias.
Así nos pasa la vida…
Si se me acerca el invierno
y endurece mis pupilas
vos llegás con tu alegría
y le das luz a mi día.
Casi veo tu sonrisa…
En el viento del otoño
me regalás una hoja,
así se queda conmigo
jugando a ser otra cosa.
Tu espera se me hace hermosa…
En verano tu calor
me quema fuerte en el pecho
saber que puedo perderte
es recordar el invierno.
¡Pero estás, mi compañía!
Llegás como primavera
a llenarme de alegrías,
de retoños, de ilusiones,
que se quedan en mi vida.
Pausa
Cuando cerró los ojos y escuchó el silencio
pudo ver.
Éxito
No siempre lo logro.
A veces lo intento.
Transparente
El dolor nos vuelve de alguna manera…transparentes.
Invisible
Desde el adentro de mis ojos como espejos
ya no te veo.
Acompaña mi paso presuroso,
con su alegre y rápido aleteo,
jugando con la sombra que dibuja
mi cuerpo traspasado por el sol.
Aparece de pronto, sin aviso,
dando cuenta con todo su alborozo,
de que nunca se fue de al lado mío,
acompañante fiel y persistente.
Me hace sonreír con su simpleza,
maravilla mis ojos sorprendidos,
tanto alborozo en el revoloteo
de sus alas brillosas y sencillas.
Visita que estimula lo sentidos,
que alegra el corazón y los recuerdos;
esperada presencia que motiva
el despertar de la alegría ante la vida.
Así te siento en cada acometida,
mariposa rebelde y compañera.
Prodigios me develas con tu vuelo;
audacia pura es tu danzar hermoso.
La vida son instantes peregrinos
que van y vienen por la senda del recuerdo
que no detienen su marcha inexorable
hacia el túnel oscuro del recuerdo.
La vida son instantes como vidrios
que en su versión más cruda y desalmada
nos cortan, nos cercenan, nos lastiman…
y no es revancha lo que los domina.
La vida son instantes infinitos:
la espera del amante que no llega,
la ansiedad por ver cercana la alegría,
la dicha de la libertad sentida.
La vida son instantes como anclas
que nos hunden en la melancolía,
que confunden los sentidos angustiados,
que mienten dibujando fatalismos.
La vida son instantes de victoria,
de sentirse valientes e imponentes,
de valorar los logros conseguidos
con esfuerzos, renuncias y derrotas.
La vida son instantes inconclusos,
el ahora que se escribe en cada letra,
la mirada sonriente y sorprendida
que descubre el disfrute en plena fiesta.
La vida son instantes que caminan.
La hora de la siesta (y tu recuerdo)
Las manos secas y ásperas.
Las yemas de los dedos quebradizas,
los callos en los dedos laboriosos,
formados hace tiempo.
Las manos que se llevan a la boca,
y masajean el curtido rostro.
Mientras los ojos se dirigen implacables,
al afuera soleado y polvoriento.
La silla sosteniendo el cuerpo entero,
que descansa a la hora de la siesta,
de las labores conocidas, cotidianas.
Un remanso de cálido silencio.
Silueta que se ve tras las cortinas,
brevemente movidas por la brisa,
mientras la infancia da tregua por la tarde,
a la abuela que teje mil caricias.
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