Mi mamá se quedó conmigo el primer mes, en lo que me asignaban lugar en el Comité Olímpico Mexicano. Después me las arreglé solo. Como llegué a la mitad del ciclo escolar, tuve que adaptarme a destiempo a mi nueva escuela y los compañeros, así como a una ciudad enorme y caótica, con un clima muy diferente. Mi horario era muy estricto debido a mis obligaciones académicas y de entrenamiento. Aprovechaba los descansos o los tiempos muertos para hacer tareas o estudiar. En ese sentido, mi vida era distinta a la de los demás, pues en lugar de jugar en los cambios de clase, era el niño raro que adelantaba sus deberes porque no tenía tiempo. Debía esforzarme más que muchos porque mi jornada era muy demandante. Y cuando terminaba de entrenar en la noche, lo único que quería era dormir.
Te confieso que hubo momentos en los que resentí la soledad y no tener a mi familia cerca, pero no estaba dispuesto a regresar a casa. No me había ido de mi ciudad natal alejándome de mis más cercanos por nada. Me fui para crecer y ser el mejor. Aprendí a hacerme cargo de mis sueños y a asumir la responsabilidad de mis actos. Así que ahora quiero compartirte algunas recomendaciones que, confío, te ayudarán en tu camino hacia la excelencia.
1. Asume la responsabilidad de tu vida
La forma más sencilla de renunciar a tus sueños es escudarte en las circunstancias. Me refiero a culpar a la suerte, al lugar donde creciste, a tu familia, amigos o a tu jefe por no cumplir lo que te has propuesto. De ese modo, le das a alguien más el poder de decidir sobre tus intereses, gustos, objetivos e incluso sobre el rumbo de tu existencia. Si te refugias en tus experiencias negativas para no arriesgarte a actuar, estás viviendo lo que te toca, no lo que quieres.
El éxito no se trata de elogios y fortuna, sino de tomar el control de tu vida. Eres la única persona responsable de tus decisiones y acciones, así que no culpes a los demás ni te quejes de las circunstancias. Pon mucha atención en este punto, porque las quejas y culpas son hábitos que una y otra vez van a obstaculizar tu crecimiento. Son un gran pretexto para no asumir tu responsabilidad. Para modificar esas costumbres negativas, empieza por reconocer tus errores, aprende de ellos, corrígelos y busca evitarlos a futuro. Pero también identifica tus aciertos y buenas prácticas, para que las refuerces. En pocas palabras, trabaja para conseguir los resultados que buscas. No los dejes a la suerte.
2. Más esfuerzo, menos sacrificio
Aunque parezca algo trivial, las palabras que usamos importan. El sacrificio se relaciona con algo difícil, incluso tortuoso. Es una obligación y, por tanto, nos resistimos a realizarlo. Si crees que renuncias a tu noche de viernes por estudiar, ejercitarte o desarrollar tus habilidades, puedes terminar odiando lo que haces. Y al experimentarlo como algo impuesto, se convierte en una carga agotadora.
En cambio, el esfuerzo implica un compromiso personal. Nadie te obliga. Es una decisión en la que tú eres el único beneficiado. Se trata de un cambio de actitud en el que te involucras emocionalmente en lo que te has propuesto, y dedicas tiempo y energía a cumplir tus objetivos. Y, como nace de ti, haces lo que te corresponde para que las cosas sucedan. Por eso, cada paso que das te acerca a tu meta.
3. Amplía tu mirada
Toma tiempo lograr nuestros sueños. El propósito que nos planteamos no es inmediato, pero solemos cometer el error de pensar y actuar a corto plazo. Queremos que las cosas sucedan pronto y que nos exijan un esfuerzo mínimo. Sin embargo, no hay soluciones rápidas, recuérdalo. Los resultados se construyen con constancia y hábitos cotidianos.
Es importante que veas más allá y establezcas objetivos a largo plazo que guíen tus acciones y decisiones. Por el momento, solo tenlo presente en tu radar, ya que en el siguiente capítulo vamos a profundizar en este tema.
4. Enfócate
Si quieres abarcarlo todo, la vida no te lo va a permitir por una sencilla razón: no hay tiempo suficiente. Si tu sueño es sobresalir en algún deporte, iniciar un negocio, desarrollarte en una línea profesional o conquistar cualquier interés que persigas, entonces conviértelo en tu misión y dedícale la mayor parte de tu energía. De otro modo, vas a enredarte con tareas que solo te desviarán de tu objetivo.
5. Aprende a decir no
Somos seres sociales y nos gusta agradar a los demás. Por lo mismo, muchas veces nos cuesta negarnos a una tarea, actividad o favor para un familiar, amigo o compañero de trabajo. No me malinterpretes, no digo que te niegues a todas sus peticiones. Más bien, ten en cuenta tus objetivos y no digas que sí cuando sabes que eso te alejará de tu propósito.
Sobre todo, no hagas las cosas por congraciarte con alguien. Al final, no le vamos a caer bien a todos ni van a aprobar cada una de nuestras elecciones. Mejor concéntrate en ser auténtico, desarrollarte y dar lo mejor de ti. Es tu vida, ¡es tu éxito!
INSPÍRATE 
La pregunta del millón para un gran número de personas es: “¿Cómo puedo cultivar lo que me apasiona?”.
Creo que no hay una sola respuesta, pero de lo que sí estoy seguro es que, sin importar a qué te quieras dedicar, la constancia es la clave. Fortalecer tu talento requiere disciplina y perseverancia. Es una cuestión de crear y fortalecer los hábitos más efectivos.
Por ejemplo, si descubres que eres bueno para el ajedrez y cada vez que estás frente al tablero experimentas con nuevas jugadas, ¿por qué no buscas clases que te ayuden a mejorar aún más?
Desarrollar tu pasión exige tiempo, así que dale prioridad. Además de las clases formales, investiga y estudia las jugadas de los grandes maestros del ajedrez y practica lo más que puedas con amigos, vecinos, en la escuela o el trabajo, y hasta en tu teléfono. Prueba ponerte horarios y, sobre todo, cúmplelos.
Quizá suene trillado, pero es verdad: la práctica hace al maestro. Y esto aplica para cualquier profesión, oficio, deporte o actividad. ¡Así que enfócate en lo que quieres y apasiónate por tu pasión!
Cuando compites estás expuesto a las miradas del público y los jueces. Parte de la preparación para los torneos consiste en saber manejar esa presión y aprender a desinhibirte. Mi primer entrenador en la Ciudad de México lo sabía y por eso nos obligaba a bailar a todos los integrantes del equipo cuando organizaba reuniones en su casa. Si no lo hacíamos, al siguiente día nos tocaban clavados de castigo.
Desde niño evitaba bailar. Me daba mucha vergüenza y miedo. De hecho, en la primaria era de quienes se quedaban parados en los eventos de la escuela. Pero, curiosamente, después de competir en unos Juegos Centroamericanos participé en un programa de televisión llamado Mira quién baila . No es que de pronto me creyera un gran bailarín, sino que aproveché la oportunidad para tomar unas vacaciones que me ayudaran a despejarme, hacer ejercicio y desarrollar nuevas habilidades y talentos.
La verdad es que no era bueno en la pista y lo primero que pensé después de aceptar fue: “¿Cómo lo voy a lograr?”. Para cada emisión tenía que aprender dos coreografías, sentir la música, seguir los tiempos y el ritmo, entre otros desafíos. Lo peor es que podía hacer el ridículo internacionalmente, porque el programa se transmitía en todo México y parte de Estados Unidos. Llegué a sentir tanto miedo, que terminé ensayando entre nueve y diez horas al día, casi igual que en los clavados.
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