Guadalupe Faraj - Jaulagrande

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«Jaulagrande. Nadie quiere ir». Esta es la sentencia con la que arranca
Jaulagrande. Y allí van, sin embargo, sus protagonistas: un militar que ha perdido el honor, su esposa, harta de años de lealtad, y un hijo al borde de la adolescencia para quien el mundo es ante todo una gran pregunta. Jaulagrande es una base militar en la que el sol se apaga, los gansos rejuvenecen al comer basura y cada quien encuentra su destino, aun si ese destino no es más que un punto final. Lo que sucede allí escapa a los convencionalismos, pero está atado a leyes tácitas que con extrema destreza Guadalupe Faraj logra establecer como otra lógica posible. De atmósfera espesa y un ritmo al que no le sobra ni le falta nada,
Jaulagrande es una novela aguda, tierna, exacta y, sobre todo, penetrante.

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—¡Qué insoportable, Peggy! ¡Dejá de golpear el plato con el tenedor, Peggy!

—Querido, no me había dado cuenta.

—¡Estás golpeando el plato hace diez minutos! —dice Fresno limpiándose los labios con una servilleta.

Peggy junta arvejas, se las lleva a la boca, mastica y traga, mastica y traga. Come la porción de charata, y piensa que que que . Lo que hasta hace un momento le parecía un espanto, ahora le resulta una liviandad tonta: puede no querer al hijo. Puede dormir en un catre. Puede meterse en una caja.

8

Es un salón en el que podrían entrar veinte soldados. Las paredes son grises, tienen ventanas altas que llegan a cincuenta centímetros del techo, cerradas y sin cortinas. Hay una sola entreabierta que está en la zona más oscura. El ambiente está iluminado de forma despareja, la tensión sube y baja, las luces titilan. Peggy elige un catre ubicado justo debajo de una lámpara, se acomoda en la lona tensa sostenida con resortes, es duro como cualquier otro. Busca un pomo con crema para la cara, cierra los ojos y se la esparce por la piel hasta cubrirla con una fina capa verde. La crema se va secando y endureciendo sin que ella pueda hacer el más mínimo gesto. Está quieta, deja que vuelva el recuerdo que aparece cada noche. Uno de los únicos que le quedan de su vida antes de conocer a Fresno. Tenía veinte años y la cara cubierta con la misma mascarilla verde. Estaba en una sala junto a otras mujeres, algunas se ponían barro en la piel, probaban con piedras calientes o se acostaban por media hora debajo de lámparas que echaban luz ultravioleta, otras se pasaban limas o cera hirviendo sobre las piernas, los brazos, parte de la cara. Era el concurso anual de pieles, ganaba la que tuviera la piel más limpia, sedosa y fina. Ahí se juntaban civiles y militares a elegir mujeres. Peggy no sabía qué prefería: el mundo civil no tenía tantos riesgos, había comida y luz asegurada, pero también era monótono, hasta las flores aburrían. El militar en cambio podía convertirse en una porquería o en un paraíso de alto rango, viajes de una base buena a otra mejor y fiestas. Tenía posibilidades de ganar el concurso, había estado un año entero bañándose en piletones de leche tibia, había comido zanahorias tiernas que ella misma sembraba y cosechaba en las macetas de su casa. Repasaba este recuerdo cada noche desde hacía veinte años: los días en que odiaba a Fresno no sabía si era un buen recuerdo o la certeza de que había tomado la peor decisión de su vida. Las mujeres se formaron una al lado de la otra arriba del escenario. Había gente en el público que miraba una pantalla colgada del techo. Cinco jurados. Un secretario que pasaba un sensor sobre la cara, los brazos, las piernas y espalda de las participantes. Llegó su turno, el secretario le deslizó el aparato tibio. Peggy pudo sentir los pelitos erizándose, un cosquilleo. En la pantalla salió el número tres: Pieles tipo 3. El público aplaudió. El secretario le pasó el sensor por la espalda y el número continuó estable. Uno de los jurados asintió con la cabeza. Pieles tipo 3. Peggy estaba en el primer puesto. Llegó el turno de la siguiente. La chica dio un paso adelante. El secretario se acercó con el sensor, se lo pasó por la espalda. Peggy no quiso mirar al jurado, demoró la vista en la primera hilera del público, pasó los ojos de un asiento a otro, mujeres y hombres callados esperaban que apareciera un número en la pantalla. El sensor de piel sonó más alto: Pieles tipo 2. El público se paró y aplaudió. Peggy sonrió, sonrió porque la estaban filmando y no era bueno mostrarse desagradecida. Dio un paso adelante, empezó a caminar en dirección a la chica, la espalda recta, las piernas estiradas como si fuera un caballo de salto, uno de esos animales que no ve hace tiempo. Se paró enfrente. Era más flaca, la piel transparente parecía que se le iba a cuartear. Peggy intentó sonreír, pero la boca adoptó un gesto extraño, una mueca ridícula. Levantó el brazo para estamparle la palma abierta en medio de la cara cuando alguien salió del costado del escenario y la atajó. Era Fresno que con un movimiento sutil la agarraba. La había elegido a ella.

El olor a inodoro sucio que viene de afuera le provoca una náusea, la saca del recuerdo. Tiene la piel tan rígida que le duele la cara, siente que se le va a desprender un pedazo. Abre los ojos, el salón está a oscuras.

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