Leila Slimani - El país de los otros

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En 1944, Mathilde, una joven alsaciana, se enamora de Amín Belhach, combatiente marroquí en el ejército francés durante la II Guerra Mundial. Tras la Liberación, el matrimonio viaja a Marruecos y se establece en Meknés, ciudad en la zona del Protectorado de Francia con una importante presencia de militares y colonos. Mientras él intenta acondicionar la finca heredada de su padre, unas tierras ingratas y pedregosas, ella se sentirá muy pronto agobiada por el ambiente rigorista de Marruecos. Sola y aislada en el campo, con su marido y sus dos hijos, padece la desconfianza que inspira como extranjera y la falta de recursos económicos. ¿Dará sus frutos el trabajo abnegado de este matrimonio? Los diez años en los que trascurre la novela coinciden con el auge ineludible de las tensiones y violencia que desembocarán en 1956 en la independencia de Marruecos. Todos los personajes habitan en «el país de los otros»: los colonos, la población autóctona, los militares, los campesinos o los exiliados. Las mujeres, sobre todo, viven en el país de los hombres y deben luchar constantemente por su emancipación.

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A pesar de los fracasos, las peleas y la pobreza, Mathilde jamás pensó que su marido fuera un incompetente o un perezoso. Lo veía despertarse al alba, salir de casa, animado, y regresar al final del día con las botas cubiertas de tierra. Recorría varios kilómetros y no se cansaba nunca. Los hombres del aduar admiraban su resistencia, aunque se ofendían a veces por el desprecio que manifestaba hacia los métodos de cultivo tradicionales. Lo veían agacharse, palpar la tierra con los dedos, dejar la palma de la mano durante unos momentos sobre la corteza de un árbol, como si esperara que la naturaleza le revelara algún secreto. Quería que todo fuera rápido. Quería triunfar.

Corría el inicio de la década de 1950, y el fervor nacionalista brotaba, dirigiendo un odio furibundo hacia los colonos. Se sucedían secuestros, atentados, fincas incendiadas. Los colonos, a su vez, se reunían en grupos de defensa, y Amín sabía que su vecino, Roger Mariani, formaba parte de estos. «La naturaleza no se mete en política», dijo un día a Mathilde para justificar la visita que iba a hacer a aquel vecino de fama diabólica. Quería comprender a qué se debía la brillante prosperidad de Mariani, saber los tipos de tractores que utilizaba, qué sistema de riego había instalado. Se imaginaba también que el francés podría suministrarle los cereales que utilizaba en la crianza de cerdos a la que se dedicaba. Lo demás le importaba poco.

Una tarde, cruzó el camino que separaba las dos fincas. Pasó delante de dos grandes cobertizos donde estaban aparcados unos modernos tractores, delante de unos establos llenos de cerdos gruesos y sanos, delante de las bodegas donde se trataba la uva por los mismos procedimientos que en Europa. Todo en aquella finca respiraba progreso, riqueza. Mariani estaba de pie en la escalinata de la casa, con dos perros de aspecto agresivo y feroz, atados con unas correas que sostenía en la mano. Por momentos, su cuerpo se proyectaba hacia delante, perdía el equilibrio, y no se sabía si estaba sometido a la fuerza de aquellos molosos o si era fingido, para acentuar la amenaza que pesaba sobre el visitante inoportuno. Amín, incómodo, se presentó balbuceando. Señaló en dirección a su finca: «Necesito consejos», declaró, y Mariani, cuyo rostro se había iluminado, miró con desdén a aquel moro tímido.

«¡Brindemos por nuestra vecindad! Tenemos tiempo para hablar de negocios.»

Cruzaron por un frondoso jardín y se sentaron a la sombra, en una terraza desde donde se veía el monte Zerhun. Un hombre delgado y de piel negra dejó en la mesa algunas copas y botellas. Mariani sirvió un anisete a su vecino y, cuando vio que este dudaba debido al calor y al trabajo que aún le esperaba, se echó a reír. «¿No bebes, verdad?» Amín sonrió y se humedeció los labios con el líquido blanquecino. En el interior de la casa sonaba un teléfono, pero Mariani lo ignoró.

El colono no lo dejaba hablar. A Amín le pareció que su vecino era un hombre muy solo que en ese momento encontraba una ocasión poco frecuente de hacer confidencias a alguien. Con una familiaridad que incomodó a Amín, Mariani se quejó de sus obreros, contándole que había formado a dos generaciones, pero que seguían siendo vagos y sucios. «¡Qué mugre, por Dios!» A veces, alzaba sus ojos legañosos hacia el bello rostro de su invitado, y, riendo, añadía: «Ya sabes que no lo digo por ti». Y sin dejarle responder continuaba: «Que digan lo que quieran, pero no me imagino este país el día en que ya no estemos nosotros para hacer florecer los árboles, remover la tierra y dedicarnos a ella. ¿Qué había aquí antes de que llegáramos? Te lo pregunto. Nada. Nada de nada. Mira a tu alrededor. Siglos de vidas humanas y ni un hombre con agallas suficientes para cultivar esas hectáreas. Siempre ocupados en hacer la guerra. Pasamos hambre. Aquí hemos enterrado, sembrado, cavado tumbas, fabricado cunas infantiles. Mi padre murió de tifus en estas tierras. Yo me rompí la espalda por ir sentado días enteros a caballo recorriendo los campos, negociando con las cabilas. No podía tumbarme en la cama sin lanzar aullidos del dolor que sentía en los huesos. Pero voy a decirte algo: debo mucho a este país. Me ha devuelto a la esencia de las cosas, me ha puesto en contacto con el impulso vital, con la brutalidad». El rostro de Mariani enrojeció y empezó a hablar más lento por el efecto del alcohol. «En Francia, me esperaba una vida de marica, mezquina, sin amplitud, sin conquistas, sin espacio. Este país me ofreció la oportunidad de vivir como un hombre.»

Mariani llamó al criado que llegó trotando a la terraza. Le regañó en árabe por lo lento que era y dio un puñetazo en la mesa con tanta fuerza que la copa de Amín se derramó. El colono hizo un gesto como de lanzar un escupitajo y se quedó observando la espalda del criado mientras se alejaba al interior de la casa. «Mira y aprende. ¡Yo me conozco a estos moros! Los obreros son unos ignorantes. ¿Cómo no vas a tener ganas de darles una tunda de palos? Hablo su lengua, conozco sus dobleces. Sé muy bien lo que dicen sobre la independencia, pero un puñado de alborotadores no me va a quitar años de sudor y de trabajo.» Luego, se echó a reír, mientras cogía unos emparedados que el criado había traído al cabo de un rato, y repitió: «¡Ya sabes que no lo digo por ti!». Amín estuvo a punto de levantarse y renunciar a aliarse con su poderoso vecino. Pero Mariani, cuyo rostro se parecía extrañamente al de sus perros, se giró hacia él, como si hubiera sentido que se había ofendido, y le dijo: «¿Quieres un tractor, verdad? Lo podríamos arreglar».

II

El verano que precedió a la entrada de Aicha en la escuela primaria fue muy caluroso. Mathilde iba por la casa vestida con una combinación ajada, con uno de los tirantes deslizándosele por el hombro y el pelo pegado a las sienes y a la frente por el sudor. En uno de los brazos sostenía a Selim, el bebé, y, en la otra mano, un pedazo de papel o de cartón con el que se abanicaba. Siempre andaba descalza, a pesar de los reproches de Tamo, que decía que traía mala suerte. Cumplía con las tareas cotidianas, pero todos sus gestos parecían más lentos, más laboriosos que de costumbre. Aicha y su hermanito Selim, que acababa de cumplir dos años, se portaban excepcionalmente bien. No tenían hambre ni ganas de jugar, y se pasaban el día desnudos, tendidos en el suelo de baldosas, incapaces de hablar o de inventarse juegos. A principios del mes de agosto, se levantó el siroco y el cielo se volvió blanco. Se prohibió a los niños que salieran fuera pues ese viento del desierto era una obsesión para las madres. Muilala había contado a Mathilde un sinnúmero de veces la historia de unos niños que habían muerto por unas fiebres altas que el siroco arrastra a su paso. Su suegra decía que ese aire viciado no se podía respirar, pues si lo tragabas te quemabas por dentro y acababas seca, a la manera de esas plantas que se marchitan de golpe. Por culpa de ese maldito viento, la noche llegaba sin dar tregua. La luz se atenuaba, la oscuridad cubría los campos y los árboles desaparecían de la vista, pero el calor seguía pesando con todas sus fuerzas, como si la naturaleza hubiera hecho acopio de reservas de sol. Los niños entonces se ponían nerviosos. Selim gritaba. Lloraba con rabia, y su madre lo cogía en brazos y lo consolaba. Lo mantenía apretado contra ella, horas y horas, con los torsos de ambos empapados de sudor. Agotados. Fue un verano interminable, y Mathilde se sintió muy sola. A pesar de aquel calor agobiante, su marido se pasaba el día en el campo. Acompañaba a los obreros a unas siegas decepcionantes. Las espigas resultaron secas, las jornadas de trabajo se sucedían y todos se preocupaban temiendo morir de hambre en septiembre.

Una noche, Tamo encontró un escorpión debajo de un montón de cacerolas y soltó un grito ensordecedor que hizo que Mathilde y los niños se precipitaran a la cocina. Esta daba a un patio pequeño donde se tendía la ropa, se ponían a secar las tiras de carne adobada, se amontonaban barreños sucios y merodeaban los gatos que Mathilde mimaba. Ella insistía siempre en que se cerrara la puerta que daba al exterior. Le asustaban las culebras, las ratas, los murciélagos y, sobre todo, los chacales, que una vez se habían agolpado en manada junto al horno de cal. Pero Tamo era muy despistada y se debió olvidar de cerrar la puerta. La hija de Ito tenía algo menos de diecisiete años. Era risueña y voluntariosa, le gustaba estar al aire libre, ocuparse de los niños, enseñarles los nombres de los animales en amazigh. Pero le desagradaba la actitud de Mathilde hacia ella. La alsaciana se mostraba severa, autoritaria, cortante. Se había propuesto educar a Tamo en lo que ella denominaba las buenas maneras, pero sin mostrar paciencia alguna. Cuando quiso enseñarle los rudimentos de la cocina occidental, tuvo que rendirse a la evidencia: a Tamo le importaba un bledo, no le hacía caso y sujetaba con una mano floja la espátula con la que debía remover la crema pastelera.

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