Leila Slimani - El país de los otros

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El país de los otros: краткое содержание, описание и аннотация

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En 1944, Mathilde, una joven alsaciana, se enamora de Amín Belhach, combatiente marroquí en el ejército francés durante la II Guerra Mundial. Tras la Liberación, el matrimonio viaja a Marruecos y se establece en Meknés, ciudad en la zona del Protectorado de Francia con una importante presencia de militares y colonos. Mientras él intenta acondicionar la finca heredada de su padre, unas tierras ingratas y pedregosas, ella se sentirá muy pronto agobiada por el ambiente rigorista de Marruecos. Sola y aislada en el campo, con su marido y sus dos hijos, padece la desconfianza que inspira como extranjera y la falta de recursos económicos. ¿Dará sus frutos el trabajo abnegado de este matrimonio? Los diez años en los que trascurre la novela coinciden con el auge ineludible de las tensiones y violencia que desembocarán en 1956 en la independencia de Marruecos. Todos los personajes habitan en «el país de los otros»: los colonos, la población autóctona, los militares, los campesinos o los exiliados. Las mujeres, sobre todo, viven en el país de los hombres y deben luchar constantemente por su emancipación.

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*

Se agolparon alrededor de la niña. Llovían los consejos. Un hombre apartó con violencia a Mathilde e intentó hacer entrar en razón a Aicha. Sin éxito, alzó los brazos en el aire, invocó al Altísimo y los principios fundamentales de los que depende una buena educación. Zarandeaban a Mathilde que intentaba proteger a Aicha. «¡No la toquen, no se acerquen a mi hija!» Se sentía devastada. Verla llorar así era un tormento. Quiso abrazarla, acunarla y confesarle sus mentiras. Sí, se había inventado aquellos recuerdos idílicos de amistades eternas y maestros entregados. La verdad era que estos no eran amables. Que conservaba de la escuela el recuerdo del agua helada con la que se lavaba la cara en mitad de una madrugada oscura, los golpes que le propinaban, la asquerosa comida y las tardes con el estómago reconcomido por el hambre, por el desesperado deseo de un gesto de cariño. Vámonos, quería gritar. Olvidémonos de esta historia. En casa todo irá bien, me las apañaré, sabré enseñarle. Amín le lanzó una mirada fulminante. Con sus ridículos mimos y ñoñerías estaba consiguiendo que la niña fuera una blandengue. Para colmo, ella era quien había querido matricularla en esa escuela de franceses, donde despuntaba el campanario de una iglesia en la que se rezaba a un dios extranjero. Mathilde contuvo las lágrimas, y, torpemente y sin convicción, extendió los brazos hacia su hija. «Ven, cariño, tesoro.»

Estaba tan pendiente de Aicha que no se dio cuenta de que se burlaban de ella. Que las miradas bajaban y observaban sus zapatones de cuero gastado. Las madres murmuraban, con las manos enfundadas en guantes. Se ofendían de su presencia entre ellas y se reían. Delante de la cancela del colegio e internado Notre-Dame, recordaron de pronto que debían ser compasivas pues el Señor las observaba.

Amín agarró a su hija por la cintura. Estaba furioso. «¿Se puede saber qué es este escándalo que has organizado? ¿Vas a soltar la puerta de una vez? ¡Pórtate bien, nos estás avergonzando!» Con el vestido levantado, a la niña se le veían las bragas. El guarda del colegio los miraba, preocupado. No se atrevía a moverse. Brahim era un viejo de rostro redondo y afable. Llevaba un bonete blanco de croché sobre su cabeza calva. La chaqueta azul marino, impecablemente planchada, le quedaba grande. Los padres de la niña no conseguían calmarla, parecía poseída por el diablo. La ceremonia de inauguración del curso escolar acabaría estropeándose y la madre superiora se enfadaría al enterarse de que semejante espectáculo había tenido lugar delante de la cancela de su venerable institución. Le pediría cuentas y él sería el culpable.

El viejo se acercó al coche y con la dulzura máxima posible intentó despegar los deditos que se asían a la portezuela. Se dirigió en árabe a Amín: «Yo la sostengo y tú arrancas, ¿entendido?». Él asintió. Hizo un gesto con la barbilla en dirección a Mathilde y esta regresó a su sitio. Ni siquiera tuvo tiempo de dar las gracias al guarda. En cuanto la niña soltó la puerta y esta se cerró, arrancó. El coche se alejó y Aicha no supo si su madre le había lanzado una última mirada. Eso fue todo: la habían abandonado.

Allí estaba ella, en la acera, con su vestido azul arrugado al que se le había caído un botón. Tenía los ojos enrojecidos por el llanto y el señor que la llevaba agarrada de la mano no era su padre. «No puedo acompañarte hasta el patio. Tengo que quedarme aquí en la entrada. Es mi trabajo.» Puso su mano en la espalda de la niña y la empujó con suavidad hacia el interior. Aicha hizo un gesto de dócil asentimiento. Estaba avergonzada. Ella, que quería ser discreta como una libélula, había atraído la atención de todos. Avanzó por el sendero al final del cual la esperaban en fila unas monjas vestidas con largas túnicas negras.

Entró en el aula. Las demás niñas ya estaban en sus sitios y la miraban con descaro y sonrientes. Sintió tanto miedo que tuvo ganas de dormir. La cabeza se le llenó de zumbidos. Si cerraba los ojos seguro que caería en un sueño profundo. Una monja la cogió por el hombro. Llevaba una hoja en la mano. Le preguntó: «¿Cómo te llamas?». Aicha alzó la vista, sin entender qué se esperaba de ella. La sor, joven y guapa, de tez pálida, le gustó a la niña. Repitió la pregunta y se inclinó a la altura de Aicha, que acabó murmurando: «Me llamo Mchicha».

La hermana frunció las cejas. Se ajustó las gafas sobre la nariz y se inclinó de nuevo para consultar la lista de alumnas. «Señorita Belhach. Señorita Aicha Belhach, nacida el 16 de noviembre de 1947.»

La niña se giró. Miró detrás de ella, como si no entendiera a quién se dirigía la monja. No conocía a esa gente, y en su pecho retuvo un sollozo. La barbilla le temblaba. Hundió las uñas en la carne de sus brazos. ¿Qué había sucedido? ¿Qué había hecho ella para merecer estar encerrada allí? ¿Cuándo regresaría mamá? La monja no se lo creía pero debía admitirlo: aquella niña no conocía su propio nombre.

«Señorita Belhach, siéntese usted allá, cerca de la ventana.»

Desde que tuvo uso de razón, había oído ese nombre: Mchicha. Era el que gritaba su madre desde la puerta de la casa para llamarla a cenar. Era el que volaba entre los árboles, el que rodaba colina abajo en la boca de los campesinos que la buscaban y no la encontraban, hasta dar con ella, dormida, hecha una bolita contra un tronco de árbol. «¡Mchicha!», oía que la llamaban, y solo podía existir ese nombre, puesto que era el que silbaba como el viento, el que hacía reír a las mujeres bereberes que la abrazaban como si fuera hija de ellas. Ese era el nombre que su madre tarareaba por las noches en mitad de las canciones infantiles que se inventaba. Ese era el último sonido que escuchaba antes de quedarse dormida, y, desde que había nacido, habitaba en sus sueños. Mchicha. La vieja Ito había comentado que los gritos del bebé parecían maullidos, y fue ella quien le puso ese apodo: gatita. Había enseñado a Mathilde el modo de cargar a la niña en la espalda, envolviéndola con una pañoleta. «Así se queda dormida mientras tú trabajas.» A ella le divirtió aquel truco. Se pasaba los días así, con la boquita de su niña pegada a la nuca. Y esa ternura la hacía feliz.

Aicha se sentó en el sitio que la maestra le había indicado, cerca de la ventana, detrás de una niña muy guapa, Blanche Colligny. Las alumnas se habían vuelto todas hacia ella y se sintió amenazada por ese súbito interés. Blanche le sacó la lengua, se rio por lo bajo y dio un codazo a la compañera sentada a su lado. Imitó la forma que tenía Aicha de rascarse, debido a la lana de mala calidad con la que su madre le hacia las bragas. Aicha se giró hacia la ventana, se inclinó sobre la mesa y hundió su rostro en el hueco del codo. Sor Marie-Solange se acercó a ella.

«—¿Qué le pasa, señorita, está usted llorando?

—No, no estoy llorando, estoy durmiendo la siesta.»

Aicha portaba en ella una carga de vergüenza enorme. Vergüenza de la ropa que su madre le cosía. De las batas escolares grisáceas a las que Mathilde añadía a veces algún detalle coqueto. Flores en las mangas, un ribete azul en el cuello. Pero ninguna prenda parecía nueva. Ninguna prenda parecía hecha para que ella la estrenara. Todo tenía un aspecto usado. Se avergonzaba de su pelo. Es lo que más le pesaba, esa masa crespa y sin forma, imposible de peinar, y que, en cuanto llegaba al colegio, se salía de las horquillas con que Mathilde intentaba sujetarla con enorme esfuerzo. Ya no sabía qué hacer con la melena de su hija. Nunca tuvo que lidiar con un pelo semejante. Era tan fino que se quebraba con las horquillas, se quemaba con las tenacillas, se resistía al peine. Pidió consejo a su suegra pero esta se encogió de hombros. En su familia, a ninguna mujer le había tocado la desgracia de un pelo tan encrespado. Era como el de Amín, aunque él lo llevaba muy corto, al estilo de los militares. Y de tanto ir al hamam donde se echaba agua ardiendo en la cabeza, las raíces se le habían atrofiado y ya no le crecía.

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