Todo lo que escribo se sabe una interpretación. Nada de lo que señalo busca quedar grabado en piedra. Ello implica que desde el mismo momento que entregamos este libro al público sabemos que es posible desarrollar miradas muy diferentes de las que yo propongo. Y no sólo diferentes, también más poderosas. No defendemos a brazo partido nada de lo que argumentamos. Desarrollar estos argumentos, tejer estas diferentes narrativas, ha sido una experiencia muy enriquecedora en lo personal. Nuestra expectativa no es entregar verdad alguna, sino abrir temas de discusión y promover debates sobre cuestiones que consideramos de máxima importancia. Si lo que planteamos sirve para llegar a conclusiones que nos permitan avanzar hacia la búsqueda de una salida para la crisis que enfrentamos, aunque tales conclusiones sean muy diferentes de las mías, aunque ellas me contradigan en mucho de lo digo, me declararía plenamente satisfecho.
Maitencillo, abril de 2006
II. EL MUNDO SEGÚN LOS EGIPCIOS
1. CONTEXTO INICIAL
Si deseamos trazar una historia de las interpretaciones que hoy nos constituyen, y de aquellas que nos constituyeron en el pasado, es difícil ir más lejos del Egipto Antiguo. Allí se inician la escritura y sofisticadas manifestaciones artísticas capaces de comunicarnos, a los seres humanos del presente, algo sobre el mundo interpretativo que entonces existía. Antes de eso los rastros que encontramos están constituidos por fósiles y por algunos artefactos y herramientas muy rudimentarias, que aunque nos entregan información valiosa sobre la vida en épocas más remotas, poco nos dicen sobre las concepciones que entonces suscribía nuestra especie. Quizás más adelante encontremos formas de ir todavía más lejos en el desarrollo de una historia de la cultura. Actualmente, por desgracia, es poco lo que logramos cuando nos adentramos en un pasado más remoto que el Egipto Antiguo.
Por lo que sabemos, en Egipto se inventa la escritura alrededor del tercer milenio antes de nuestra era. Ello marca lo que convencionalmente se considera el inicio de la historia, que no es otra cosa que el comienzo de la historia registrada. Sabemos que desde el año 5450 a.C. diversas poblaciones hasta entonces semi nómadas inician un lento proceso de asentamiento en ambas riberas del río Nilo. Se trata de una zona particularmente fértil debido a las crecidas del río, que se repiten todos los años y que fertilizan la tierra, haciéndola propicia para su explotación agrícola. Las crecidas anuales del Nilo durarán hasta 1968, cuando se construye la gran represa de Aswan. El valle del Nilo es una zona extensa que cubre alrededor de 900 kms desde Aswan hasta el Delta, en el norte, en donde se encuentra la desembocadura del río en el mar Mediterráneo. El Mediterráneo, sin embargo, jugará un papel secundario en el desarrollo de la antigua civilización egipcia que será, fundamentalmente, una civilización de río.
Ese proceso de asentamiento da lugar al desarrollo de diversas comunidades que inician un proceso sostenido hacia una forma de vida sedentaria a través del cultivo de algunos productos básicos, la domesticación de animales y el uso de metales para la construcción de armas y herramientas. Heródoto, el gran historiador griego proclamado por muchos como el padre de la historia, luego de una larga visita a Egipto, acuñará una frase que resuena desde entonces: “Egipto es un don del Nilo”.
Con los griegos mantenemos un mismo hilo conductor que nos ha hecho considerarlos, durante mucho tiempo, el punto de partida de nuestra cultura occidental. De ellos hemos heredado el alfabeto, parte de nuestros idiomas y tradiciones que remiten de manera inconfundible a ellos. Los griegos fueron, además, quienes inventaron la historia como disciplina sistemática y, al hacerlo, quedaron situados como el inicio de nuestra propia historia. Posteriormente, a través de la influencia del cristianismo, nos integramos con una segunda tradición que nos conduce y nos conecta con el mundo hebreo. Para muchos el mundo occidental se constituye a partir de un tejido que reconoce en lo fundamental dos hebras culturales diferentes: la tradición greco-latina y la tradición judeo-cristiana. Todo lo restante, incluyendo a las culturas de Mesopotamia y Egipto, parecía pertenecer a corrientes históricas diferentes, a veces incluso asimiladas del mundo cultural oriental. Pero estas culturas, que como ningunas tuvieran un papel destacado en la historia, son parte de nuestras propias raíces occidentales. Afortunadamente ello está siendo crecientemente reconocido y se han hecho importantes avances en esta dirección durante el último tiempo.
No es extraño señalar, sin embargo, que durante un largo período hemos tenido una mirada histórica de un marcado helenocentrismo, a través del cual hemos colocado a Grecia como el origen de nuestro mundo cultural. La historia anterior a la griega era observada con la mirada que de ella nos transmitían los propios griegos. Creemos que ello es el resultado de al menos dos factores. Primero, el ya indicado hecho de que fueron precisamente los griegos quienes desarrollaron la historia como disciplina sistemática y, al hacerlo, dejaron la marca de su mirada en la forma de registrar la historia que los antecedía, así como en la que los acompañaba. El segundo factor guarda relación esta vez no con una determinada mirada histórica, sino con acontecimientos históricos muy concretos que helenizan buena parte del mundo antiguo. Nos referimos al período helenístico que se inaugura con las conquistas de Alejandro Magno, específicamente con su toma de posesión del gran imperio persa de la época. Al quedar una vasta zona de Europa, Asia y África bajo control macedónico, los nuevos soberanos helenizan ese mundo y comienzan a llamar tanto a las ciudades como a los dioses de las naciones conquistadas con nombres helenizados.
La historia de Egipto es un caso en cuestión. Baste señalar que el propio nombre de Egipto es un nombre griego, nombre que los mismos egipcios no utilizaban para referirse a su tierra y a la nación que en ella se desarrolló. Egipto proviene del término griego AIGUPTOS, que significa país. Hay quienes sostienen, sin embargo, que el vocablo griego provenía a su vez del nombre de uno de los templos dedicados al dios Ptah en Menfis, templo que era llamado Hwt-ka-Ptah (“la mansión del ka –espíritu o fuerza vital– de Ptah”), lo que es expresivo de las múltiples influencias que la antigua cultura egipcia ejerce sobre la griega. No olvidemos que en el último período de la historia del Egipto Antiguo –período que durará 300 años–esta región estará bajo la soberanía de reyes griegos. Para los propios egipcios, sin embargo, su tierra se llamaba Kemet, vocablo que significa “tierra negra”, en referencia al cieno que el Nilo depositaba sobre la tierra con sus crecidas. Con este nombre los egipcios distinguían las tierras del valle de las del desierto, a las que llamaban Deshret o “tierra roja”. No es descartable que el vocablo latíno para designar al desierto (DESERTUM) proviniera a su vez del vocablo egipcio.
El uso de nombres griegos para referirse a la historia anterior a los griegos es un fenómeno frecuente. Ocurre lo mismo con Mesopotamia, que es igualmente un nombre griego que significa “entre dos ríos”, y que los griegos utilizaban para referirse a las tierras que se encontraban entre los ríos Tigris y Éufrates, en el territorio actualmente ocupado por Irak. Zoroastro, de igual forma, era el nombre que los griegos le daban al gran profeta persa Zaratustra. Los ejemplos abundan.
2. UN POCO DE HISTORIA
Desde el momento de los primeros asentamientos en el valle del Nilo (5450 a.C.), impulsados por drásticos cambios climáticos, se extiende un período que hoy denominamos Pre-dinástico, el cual tendrá una duración de alrededor de 2.500 años. Algunos señalan como su fecha de término alrededor del año 3100 a.C., otros lo hacen en el 2950 a.C. Durante este período Pre-dinástico se van conformando progresivamente dos reinos. Uno de ellos está en el sur del valle, en lo que representa el Alto Egipto, y recibirá el nombre de Shemau; el otro se ubica al norte, en lo que representa el Bajo Egipto –no olvidemos que el Nilo baja de sur a norte hacia el Mediterráneo–, y se llamará Ta-Mehu. La presencia de estos dos reinos será uno de los elementos centrales en el origen de la concepción dualística en la cultura egipcia. Una de las tareas más importante del faraón será la de acometer y preservar “la unidad de las dos tierras” (SEMA TAWY).
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