He llegado a entender en parte la necesidad de crear objetos perfectos e inaccesibles leyendo la biografía de Steve Jobs, que no quería que los clientes abrieran sus productos o traficaran con ellos. Su primer ordenador vio la luz en un periodo muy concreto en el cual la electrónica era muy popular, la gente quedaba para hablar de sus proyectos y para explicarlos y compartirlos con otras personas, un poco como sucede actualmente con la impresión 3D. El Apple II vio la luz en este entorno y estaba rodeado de gente que sentía curiosidad por sus circuitos y deseaba manipularlos para conectarles periféricos hechos en casa. Para Steve esto era inacceptable y consiguió que el primer «Apple» comercial fuera inaccesible, se utilizaron para ello pocos tornillos con cabezas especiales y muy escondidos. Era normal que los ordenadores de aquella época tuvieran un puerto de expansión al cual conectar periféricos de distintos tipos, incluso fabricados por uno mismo, cosa que faltaba en el ordenador de Jobs, y él era plenamente consciente de ello. Jobs sabía que podía hacer un producto de óptima calidad y no quería que nadie lo manipulara. Esta posición tiene su lógica, porque así todo está bajo control. Un sistema cerrado tiene un hardware bien definido y estable, igual que el software que en él se ejecuta. Un sistema de este tipo es más controlable y, por tanto, debería funcionar mejor. De hecho, los ordenadores que fabrica Apple son ordenadores de óptima calidad. El enfoque adoptado por Microsoft e IBM se encuentra completamente en las antípodas del de Apple; ambas empresas se aliaron para crear un hardware modular y de bajo coste sobre el cual pudiera ejecutarse el sistema operativo Windows, adaptable a las distintas situaciones. Esto permitió una rápida y masiva difusión de los ordenadores de escritorio y que naciera el amor/odio por Windows, sistema operativo omnipresente que debe rendir cuentas ante miles de situaciones distintas.
Los productos de Apple fueron muy innovadores y de referencia en todo el mercado. Por esta razón, algunas decisiones tecnológicas y de diseño presentadas por Apple han sido inmediatamente adoptadas por muchos otros fabricantes. Otro ejemplo de innovación que ha marcado este paso ha sido el uso de fuentes de alimentación conmutadas, que ya existían hacía tiempo, pero introducidas por primera vez de forma masiva en un ordenador personal, a voluntad de Steve Jobs, porque el ordenador no podía distraer al usuario con el ruido del ventilador y lo único que podía funcionar sin un sistema de refrigeración era una fuente de alimentación conmutada.
Para empeorar la reparabilidad de las cosas, han surgido otras prácticas poco correctas, como insertar chips dentro de los recambios, una cosa bastante extendida en el ámbito automovilístico y en algunas maquinarias industriales, entre las cuales, las impresoras 3D. Los consumibles tienen pequeños circuitos integrados que llevan la cuenta de las horas de uso y, una vez alcanzado el límite, o bien terminado el cartucho, requieren su sustitución, que debe realizarse con cartuchos y recambios compatibles y oficiales. No es posible recargar o regenerar estas piezas. La presencia del chip está justificada porque así se tiene un mayor control de lo que ocurre. El estado de desgaste de las piezas lo lee un controlador central y, así, no hay peligro de quedarse «averiado». Incluso el Parlamento Europeo ha percibido estas prácticas al límite de la legalidad y hace unos años aprobó una ley, en el ámbito automovilístico, para limitar el uso de recambios «exclusivos» y garantizar la reparabilidad de los vehículos de motor en cualquier taller mecánico, y no solo en aquellos pertenecientes al fabricante.
En junio de 2017 ayudé a organizar en Padua un minicurso de reparación inspirado en el Repair Café, es decir, un encuentro en el cual los participantes reparan electrodomésticos, objetos comunes, bicicletas y piezas de vestir. Se organizan de forma periódica en locales ya preparados, como pequeños talleres, con herramientas, soldadores e impresoras 3D. Un grupo de voluntarios ayuda a los participantes a llevar a cabo las reparaciones. La idea de los Repair Café fue de Martine Postma, quien, en 2009, organizó el primer evento en Amsterdam. El objetivo de estos encuentros es reducir los residuos tecnológicos, no derrochar y difundir la cultura del reparar y del reutilizar, creando puntos de agregación social. De hecho, los Repair Café tienen carácter «local» y de barrio. A partir de 2009, esta iniciativa se difundió por todo el mundo. Cualquiera puede abrir uno de estos puntos, afiliándose y aportando una pequeña contribución para poder utilizar el logo y el formato; actualmente, podemos encontrar Repair Café también en España, aunque con una representación muy reducida.
A diferencia de los encuentros oficiales, el evento en el que participé en Padua estaba organizado, en primer lugar, con una parte teórica y, después, con las actividades prácticas. La teoría sirvió para ofrecer una «pincelada tecnológica» a los participantes, con la idea de encaminarlos hacia la vía de la reparación en lugar de ofrecerles un punto de reparación en la ciudad. A pesar de la calurosa jornada y el clima ya vacacional, el centro Toselli de Padua se llenó de una docena de curiosos. Yo traté de guiarles, proponiéndoles un recorrido lo más simple posible.
El objetivo de estos encuentros no es tanto el de hallar a alguien que pueda reparar los objetos, sino más bien aprender a hacerlo uno mismo, un concepto bastante difícil de dar a entender. Sé algo de eso tras unos años de experiencia con los fablab, que seguramente se inspiran en una filosofía similar: son una especie de gimnasio superpreparado en el cual puede entrar cualquiera y, tras haber aprendido a utilizar las máquinas con seguridad, proceder a fabricar todo lo que desea. Desafortunadamente, la mayoría de las veces, los «visitantes» pretenden que alguien les ayude a fabricar algo y que les resuelva el problema, sin haber aprendido a hacerlo solos.
En el experimento de Padua, se explicó a los participantes durante tres horas la importancia de reparar y de «saber hacer», además de mostrarles técnicas básicas para crear piezas con una impresora 3D y técnicas electrónicas simples como soldar, desoldar y, sobre todo, reconocer los componentes. La tarea es realmente ardua cuando entre los participantes hay desde una ama de casa a un ingeniero, pasando por profesores, diseñadores y algún jubilado que siente curiosidad.
Para reparar algo es preciso saber cómo funciona. No se puede manipular un mecanismo o un circuito sin haberse antes familiarizado con él y, para ello, es necesario desmontarlo y observar cómo está fabricado y cómo se mueven las cosas en su interior: engranajes que giran, palancas que hacen clic, luces que se encienden, relés y otros diablos eléctricos y electrónicos. Para no sufrir daños, es importante trabajar con calma, sin prisas, para ser capaces de desmontar y volver a montar sin problemas. Para que entendieran el funcionamiento general, les propuse que reflexionaran sobre la función del objeto e intentaran esquematizar su funcionamiento, si era necesario, sobre papel. Cada participante traía un objeto propio para reparar con el cual poder realizar la práctica.
Tras haber seleccionado algunos de los objetos más interesantes y con alguna probabilidad de reparación, todos practicamos un poco aprendiendo a soldar y desoldar componentes electrónicos. Uno de los objetos a reparar era un lector de CD para DJ. Lo desmontamos porque se había caído y se había quedado un CD dentro, que no podía ser expulsado. El desmontaje no fue difícil y, tras pocos minutos, pudimos empezar a estudiar el complicado mecanismo de la bandeja del CD formado por un complejo sistema de palancas, muelles y engranajes. Nos dimos cuenta de que un pequeño diente de plástico se había roto por la caída. Este diente hacía de guía por una especie de palanca dentada que ahora salía de su espacio y bloqueaba el CD: la avería era mecánica.
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