Como ya hemos visto, la identidad macarra será construida a partir de influencias diversas, algunas de las cuales llegarán del exterior. Lo cierto es que la liberalización de la economía iniciada con el Plan de Estabilización de 1959 tendrá consecuencias a la hora de moldear una nueva conciencia nacional en sintonía con el zeitgeist occidental. La modernización estructural del país conllevó una modernización cultural. Con el nuevo plan crecerá la renta nacional y habrá una mejor redistribución de la misma entre la población, al tiempo que la ciudadanía estará mejor formada y será más urbana.
Los estándares de vida mejoraron por entonces para todos y, a causa de ello, surgieron nuevas identidades, como puede ser no solo el macarra sino también el moderno o el hortera. El moderno sería aquel miembro de las clases medias que cuenta con sus necesidades básicas cubiertas y que, sobre esa base, inicia un gasto centrado exclusivamente en potenciar su identidad y resultar atractivo como individualidad tanto a sus propios ojos como a los ajenos. El hortera, por su parte, es aquel que, siendo de clase trabajadora, puede comenzar a gastar dinero en bienes de consumo con los que trata de equipararse a miembros de clases más elevadas, solo que su falta de comprensión de los códigos estéticos de estas hace que desentone con respecto a ellas. Podríamos definir al hortera como un ingenuo con algo de dinero o, quizás, alguien que cuenta con ciertos recursos económicos pero que, culturalmente, carece de ellos. Lo hortera vendría a expresar un desnivel entre base económica y la expresividad cultural. El macarra intersecular, aunque pueda compartir rasgos identitarios tanto con modernos como con horteras, se distingue, principalmente, por vivir la calle, también por su chulería y su violencia.
Pero, no solo podían los españoles permitirse acceder a más recursos de todo tipo, sino que contaban, a su vez, con más tiempo de ocio. La hora semanal de trabajo declinó de 49 horas en 1964 a 44 en 1975. Ya podemos imaginar cómo afectó este incremento del ocio en la vida del macarra setentero, un individuo trabajador, como hemos visto. Por otro lado, la natalidad no solo fue en aumento, sino que la mortalidad infantil fue reducida de modo drástico. Si en 1930 dicha mortalidad era de 123,75 individuos por cada mil niños, en 1970 era de 28,12[12]. Esto supondría el incremento drástico de adeptos a la cultura macarra de años venideros. A su vez, la educación mejoró, algo que también representa un aspecto fundamental para la eclosión del macarra en los años sesenta y setenta. Una formación educativa básica –propia de la escuela primaria– es lo que distingue al macarra del quinqui o el analfabeto rural. En este sentido, también el boom de la construcción del tardofranquismo tuvo mucho que ver con las nuevas distinciones identitarias. Generalmente el quinqui era aquel que, sin ser gitano, habitaba una chabola, una casa baja o una infravivienda, mientras los macarras vivían en pisos –a menudo de grandes bloques– o, al menos, estaban más adecuadamente integrados en la vida urbana. Si el quinqui no pertenece del todo al mundo urbano, el macarra ya es, de hecho, un ciudadano pleno: aquel que es oriundo de la ciudad y que, por ello, es más civilizado en términos literales. Es un fenómeno 100 por 100 urbano, no así el quinqui, que cuando vive en grandes urbes, lo hace siempre en los márgenes, en barrios chabolistas y áreas que lindan con lo rural. Los grandes bloques construidos por el gobierno gracias a los Planes de Urgencia Social de finales de los años cincuenta, que trataban de acabar con el problema generalizado del chabolismo, fueron contenedores de macarras, su hábitat natural en años venideros.
Muchos especialistas hablaron de este fenómeno como el «chabolismo vertical». Parte de estas nuevas construcciones urbanas para los más desfavorecidos fueron las Unidades Vecinales de Absorción (las famosas de UVAs) y los Poblados Dirigidos. En Madrid destacaron los Poblados Dirigidos de Caño Roto y Canillas, y en muchas otras ciudades estaban los polígonos, como puede ser el nuevo Barrio de la Mina –cuyos edificios aparecen en Perros callejeros (1977)– o las Tres Mil Viviendas de Sevilla, dos proyectos urbanísticos iniciados a finales de los años sesenta que quedaron concluidos en la segunda mitad de la siguiente década.
Como vemos, hay toda una serie de transformaciones materiales que contribuyen a desencadenar una transformación psicosocial, propiciando mutaciones identitarias, entre las cuales está el surgimiento del macarra intersecular. Si el régimen no contaba con los profundos cambios culturales que el desarrollismo iba a traer consigo, estos de hecho tuvieron lugar. La influencia de la cultura de masas será uno de los elementos fundamentales en la construcción de la nueva identidad macarra. El cine y la música serán, junto con el turismo, vehículos principales que servirán de transmisor cultural y sustrato simbólico de nuestro objeto de estudio. En las páginas que siguen atenderemos a dos hitos cinematográficos –y en gran medida musicales– que nutrirían la autoimagen e identidad de los macarras interseculares españoles.
[1]Ramón Tamames, La República. La era de Franco, cit., p. 412.
[2]Iñaki Domínguez, Signo de los tiempos. Visionarios, locos y criminales del siglo XX, Santa Cruz de Tenerife, Melusina, 2018; James W. Clarke, The Lineaments of Wrath, New Brunswick y Londres, Transaction Publishers, 1998.
[3]Stanley G. Payne, The Franco Regime: 1936-1975, Madison, The University of Wisconsin Press, 1987, p. 483.
[4]Diccionario de la Lengua Española [ https://dle.rae.es/garrulo?m= form].
[5]Kinsey refleja en una de sus obras cómo los abusos sexuales son mucho más comunes en «comunidades más pobres donde la población vive hacinada en bloques de viviendas»: Alfred C. Kinsey, Wardell B. Pomeroy, Clyde E. Martin y Paul H. Gebhard, Sexual Behaviour in the Human Female, Filadelfia, W. Saunders Company, 1953, p. 117.
[6]Comunicación personal de Juan Vicente Córdoba.
[7]Iñaki Domínguez, El signo de los tiempos, cit.
[8]Alex Niño, «La rebelión de aquellos hijos del agobio», El País, 20 de noviembre de 1995.
[9]Vemos cómo Arturo era un macarra en toda regla, un proxeneta, no como los macarras posteriores.
[10]Stanley G. Payne, The Franco Regime, cit., p. 478.
[11]Carmen Sánchez Silva, «Historia de un paro que no cesa», El País, 25 de noviembre de 2015.
[12]Stanley G. Payne, The Franco Regime, cit., pp. 484-486.
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