Por eso, la unidad de la individualidad y de lo universal adopta estas dos formas: la forma antigua, la bella libertad dichosa de los griegos, y la forma moderna que reposa en un carácter más elevado e ignorado por los antiguos. La forma antigua de esta individualidad o bella libertad dichosa es la democracia ateniense. La unidad de la individualidad y de lo universal se opera en los individuos mismos que se desdoblan en una parte universal y en otra singular. El griego obedece a lo universal. Es curioso y significativo que Hegel diga «obedece a lo universal»,y ésta es su acción, por convicción o no, y esto no es lo determinante. Que la convicción, a decir de Hegel, sea decisiva para los alemanes es algo que le parece muy bien, pero para los griegos, subraya, no lo es. Lo que es decisivo es que obedezcan.
Ya dijimos que, para los griegos, fuera de la comunidad o se era esclavo, carente de comunidad y de sus derechos, o se era idiota. Idiotes es exactamente un ser aislado, individual, que no tiene ninguna conciencia por lo social, por lo político, por lo público. Al que le ocurre esto es literalmente un idiota. Y Hegel nos propone que no seamos idiotas, ni esclavos. Nos recuerda que sólo encontraremos nuestra singularidad a través de la particularidad en el seno de lo común. Porque ser sólo individuo es una abstracción que nos deja simplemente en el ámbito de las personas, pero ser alguien singular en el seno de lo común nos hace éticamente decisivos. El individuo sólo tiene objetividad, verdad y ética si forma parte de esta comunidad. La unión es el fin y el contenido verdadero. Y la determinación de los individuos es llevar una vida universal. Ese proceso de subjetivación que la filosofía contemporánea defiende frente a la subjetividad no es sino el proceso de devenir miembro activo y de pleno derecho de una comunidad. Y en estas configuraciones de nuestro tiempo cabe preguntarse dónde está lo común, dónde está la comunidad, dónde están los hombres libres y singulares que luchan por la justicia.
[1]«La actividad del separar es la fuerza y la labor del entendimiento, de la más grande y maravillosa de las potencias o, mejor dicho, de la potencia absoluta», G. W. F. Hegel: Phänomenologie des Geistes, Gesammelte Werke (Hrsg. von W. Bonsiepen und R. Heede), Hamburgo, Felix Meiner, 1980, Bd. 9, Vorrede, p. 27, líneas 18-20. Hay versión castellana: Fenomenología del espíritu, trad. cast. de W. Roces, México, FCE, 1966 (1973), «Prólogo», p. 23 (a partir de ahora, Ph.G.,más página y línea del original alemán, seguida, tras punto y coma, de la página de la traducción castellana). Tal es, en realidad, «la potencia portentosa de lo negativo» (Ph.G. 27/24; 23).
[2]A ello nos referimos con anterioridad (Ph.G. 262/25; 392).
[3]M. Heidegger: «Hegel und die Griechen», Wegmarken,Fráncfort del Meno, Vittorio Klostermann, 1967, p. 438. Hay versión castellana: «Hegel y los griegos», Hitos, trad. cast. de A. Leyte y H. Cortés, Madrid, Alianza Editorial, 2000, p. 354.
[4]Ibíd., p. 428 (trad. cast., p. 346).
[5]Ibíd., p. 434 (trad. cast., p. 350).
[6]J. Taminiaux: La nostalgie de la Grèce à l’aube de l’idéalisme allemand. Kant et les grecs dans l’itinéraire de Schiller, de Hölderlin et de Hegel, La Haya, Martinus Nijhoff, 1967, p. 248.
[7]Si se evoca a Grecia no es tanto para celebrar la inocencia de los pastores de la Arcadia, cuanto para saludar al polemos heraclíteo.
[8]«Para no hacerlos arraigar y consolidarse en este aislamiento, dejando con ello que el todo se desintegre y que el espíritu se esfume, el gobierno tiene que sacudirlos de vez en cuando en su interior por medio de las guerras, infringiendo y confundiendo de este modo su orden establecido y su derecho de independencia» (Ph.G. 246/14 y ss.; 267).
[9]G. W. F. Hegel: Enciclopedia de las ciencias filosóficas, §§ 79-82.
[10]G. W. F. Hegel: Grundlinien der Philosophie des Rechts oder Naturrecht und Staats Wissenschaft im Grundrisse, §161 (a partir de ahora, Ph.R.).
[11]H. Nohl: Hegels theologische Jugendschriften (1907), Fráncfort del Meno, Minerva, 1966.
[12]Así lo considera Pierre Jean Labarrière: Introduction à une lecture de la Phénoménologie de l’esprit,París, Aubier Montaigne, 1979, p. 74.
[13]G. W. F. Hegel: Fenomenología del espíritu, trad. cast. de M. Jiménez Redondo, Valencia, Pretextos, 2006, pp. 892 y ss. Aquí se ofrece una versión adecuada frente a otras traducciones en español.
[14]La unificación de ambos lados no se ha indicado aún (Ph.G. 425/18-19; 464).
[15]Á. Gabilondo: «Mi palabra suya», en Andrés Alonso Martos (ed.), Emmanuel Lévinas: la filosofía como ética, Valencia, PUV, 2008, pp. 275-288.
[16]A ello nos referimos con anterioridad (Ph.G. 262/25; 392).
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