Marcos Fajardo - Mi exilio dorado
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Capítulo 2
Años sesenta y UP
Pero partamos por el principio. Partamos por mi padre, un guerrillero colombiano que se entrenó en Cuba y conoció a Fidel Castro en los años sesenta.
Papá, nacido en 1944, se crió en el campo y conoció los zapatos a los cinco años, cuando empezó a ir a la escuela. Era uno de nueve hermanos.
Mi abuelo paterno, quien murió antes que yo naciera, administraba campos y luego fue un pequeño propietario. Muy joven, entonces con dos hijos y su mujer, migró de Puente Nacional, en Santander, zona fronteriza con Venezuela, hacia los alrededores del pueblo de El Líbano, en el Tolima, a unos cien kilómetros de Bogotá.
Él y su esposa Florentina Villamil fueron analfabetos. Marco, mi abuelo paterno (el primer Marco Fajardo hasta donde sé) de hecho ni siquiera sabía su fecha de nacimiento. Lo atestigua su cédula de identidad, donde figura como nacido el 31 de diciembre, la fecha que les colocaban a todos los que no sabían la fecha de su cumpleaños.
Mi padre fue uno de los hijos menores. Sólo dos terminaron el secundario: él y mi tío Jaime, que se convirtió en abogado. Desde pequeño sufrió la violencia política: entre 1948 y 1958, Colombia vivió «La Violencia», una cuasi guerra civil que dividió al país entre conservadores y liberales, con unos 200 mil muertos, y que generó distintos grupos guerrilleros.
Mi padre recuerda haber pasado noches escondido en el bosque, temeroso de los grupos armados que pasaban.
En la secundaria, se entusiasmó con la Revolución Cubana. Tenía 14 años cuando Fidel Castro tomó el poder. La conoció a través de la radio, en el pueblo donde estudió, que era famoso por su bolchevismo: en el Líbano había ocurrido en 1929 la primera insurrección comunista de Colombia.
Tras la victoria de la Revolución Cubana, también en Colombia surgieron nuevos grupos, y papá se enroló en uno de ellos, de tinte guevarista: el Ejército de Liberación Nacional (ELN).
En enero de 1965, con 20 años, volvió a Santander: participó en la toma de un pueblo, Simacota, la primera incursión armada del ELN.
Luego de eso, lo mandaron con otros muchachos a instruirse a Cuba, donde conoció a Fidel Castro. Recuerda que un día se los llevaron a un búnker, y de repente apareció él y conversó con ellos. En aquella época era común que revolucionarios de todo el mundo visitaran y se entrenaran en Cuba.
Estuvo un año y medio, y volvió a Colombia para seguir luchando.
Fue condenado en ausencia en un juicio por los hechos de Simacota, pero nunca fue capturado, ni por este ni por ningún otro hecho.
Pero la condena lo mandó al exilio.
* * *
Esa sería la versión romántica de la historia. Pero como enseña la vida, las cosas no son tan simples.
En el caso de mi padre, a la guerra contra el Estado, en 1967 se sumó una guerra dentro de su grupo: el ala política contra el ala militar. Una vieja historia que se reedita cada tanto en otros lares, en otros grupos, con otras intensidades, aunque con resultados similares.
Los compañeros empezaron a matarse entre ellos. En sus palabras, murió gente muy destacada y capaz, no a manos del Ejército, sino de sus propios hermanos de lucha.
Entonces he aquí que mi padre ya no sólo era perseguido por el Estado, sino por algunos de sus viejos camaradas.
* * *
Se salvó un par de veces, claro. Siempre me dijo que era un tipo con suerte.
Me contó estas historias muchas veces.
Una vez, en Medellín, lo detiene un policía. Papá sólo tiene un carnet (falso) de la universidad. Hay un tira y afloja y papá invita al policía a ir a la universidad, a la secretaría, para comprobar su identidad. De camino a la entidad, finalmente el policía desiste.
Otra historia: papá en un terminal de buses, bajando de un transporte, cuando ve que hay policías deteniendo al azar gente a la salida. ¿Qué hace él? Se acerca a una mujer que viaja sola, con un niño en brazos, y le ofrece ayuda con sus maletas. Y así salen los tres, cual inocente familia.
En otra ocasión, lo pararon y le pidieron documentos. Iba armado, pero tenía su documento. No lo cachearon.
Otra vez lo cachearon. Él iba sin documentos, pero no se los pidieron.
* * *
Una vez, muchos años después, le pregunté si había matado a alguien.
Me dijo que no.
* * *
¿Y si me hubiera dicho que sí?
Las revoluciones son así.
* * *
Finalmente, mi padre decide salir de Colombia. Junto a otro compañero, viajó a Chile en 1971, en bus y con documentos falsos. Eligió este país porque gobernaba Salvador Allende, el primer presidente socialista de América elegido democráticamente.
En aquel momento, Chile recibió a muchos guerrilleros y activistas políticos que buscaban refugio, igual que mi padre: brasileños, argentinos, uruguayos, venezolanos.
Papá tenía 27 años.
Apenas llegó a la frontera pidió asilo político y se entregó a la Policía de Investigaciones, en Arica.
Ya como refugiado y con papeles, se puso a trabajar en cualquier cosa. Un día, ya en Santiago, y con apoyo de una amiga, fue a una oficina del Instituto de Capacitación e Investigación en Reforma Agraria (ICIRA), para ganarse unos pesos tabulando encuestas.
Ahí conoció a una joven asistente social, cinco años menor.
Estos son mis padres.
* * *
¿Quién es mi madre, por otro lado?
La hija mayor de un matrimonio de comerciantes, más bien de derecha, la mayor de cinco hijos. Nació en Santiago y se crió en el norte de Chile, en el puerto de Huasco, el pueblo natal de mi abuelo materno. Estuvo interna en las monjas en Vallenar. Estudió Trabajo Social en la sede de la Universidad de Chile en La Serena.
Mi madre nunca militó en ningún partido político, aunque simpatizaba con la izquierda. Pero ni siquiera votaba.
Luego conoció a mi padre: un extranjero, un ex guerrillero, un Don Nadie, al decir de mis abuelos maternos, que nunca aprobaron a aquel personaje.
* * *
Se casaron en 1972 en contra de la voluntad de mis abuelos maternos, quienes tampoco fueron a la boda. Estuvieron unos pocos: unos amigos colombianos de mi padre, unas amigas chilenas de mi madre.
* * *
Uno podría decir: en este matrimonio está la tragedia de mi madre. Porque si no hubiera conocido a mi padre, o si no se hubiera casado con él, si más bien se hubiera casado con algún empleado bancario (como quería mi abuelo), podría haber pasado indemne el golpe militar, se habría ahorrado el exilio y sus penurias, nunca suficientemente bien contadas.
No fue así.
Lo conoció, tomó una decisión y su vida cambió para siempre.
* * *
«Lo conoció, tomó una decisión y su vida cambió para siempre».
¿Cuántas veces ha pasado esto en la historia de la humanidad?
* * *
Ambos, como los casi diez millones de chilenos en aquel momento, como los extranjeros que vivían en Chile a comienzos de los setenta, se vieron succionados por ese tornado, ese huracán que fue la UP, primero, y luego impactados por el golpe de Estado, ese terremoto que azotó el país en 1973, con réplicas que se sienten hasta hoy, medio siglo después.
* * *
Mis padres vivieron la Unidad Popular.
La UP, ese trienio glorioso para la izquierda chilena y mundial que fue el gobierno de Salvador Allende, el primer presidente marxista elegido por los votos en llegar al poder en la historia, en plena Guerra Fría.
La UP no tenía armas, no tenía dinero; apenas muchos votos sin llegar nunca a la mayoría, pero había algo que le sobraba: mística, relato, fuego.
Claro, todo eso no da de comer, menos en medio de malos manejos económicos, con una inflación desbocada y una división interna entre quienes creían en las urnas y quienes creían en los fusiles.
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