Oscar Muñoz Gomá - Cuando se cerraron las Alamedas

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El día del golpe militar se reúnen cinco personajes en una casa del barrio alto de Santiago, todos ellos con sus cargas personales de sentimientos, dolores, temores e ideologías. Los diálogos se entrecruzan con las amenazas y riesgos que sufren, pero también emergen atisbos de una atracción amorosa oculta y de lenta maduración.
Es el inicio de una trama que se desarrollará a lo largo del tiempo y que llevará a sus personajes principales a distintas latitudes y ambientes sociales, desde la prisión en una remota isla del sur, al exilio europeo, al mundo académico y político y el regreso a Chile en tiempos de democracia. Es el tiempo también de saldar algunas cuentas pendientes provocadas por un asesinato político que marcó a una familia. Se retrata la sociedad de la época, sus conflictos ideológicos, el mundo interior de los individuos y sus procesos psicológicos ante la emergencia que los atrapa y los sorprende.
La novela es de fácil lectura, ágil y dinamizada por la abundancia de diálogos. Hay suspenso, tensión y giros inesperados en la trama.

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Y le ponía ejemplos a su alcance. A Margot esas conversaciones con su padre se le quedaron grabadas para toda la vida. Ahora el problema era más grave. Ya no era cuestión de no tirarse del pelo con una amiga, como le ocurrió más de una vez en su infancia, sino de salvar unas vidas ante un riesgo muy probable de perderlas. Así es que también correspondía que pensara bien. Había al menos tres personas y dos niños cuya suerte dependería de que ella tomara una buena decisión. Era la dueña de casa, pero también se había convertido en una jefa de tribu. Su deber, como tal, era proteger a sus alojados. Alguna vez leyó que en la antigüedad los jefes de las tribus primitivas tenían la responsabilidad de cuidar y proteger a los miembros de su tribu ante los ataques de rivales. Después fueron los príncipes y señores feudales los que asumieron esa obligación a cambio, por supuesto, de la sumisión y la explotación de su trabajo. Así nacieron los Estados modernos, con la responsabilidad de defender a sus ciudadanos. Pero, ¿qué se podía hacer cuando el propio Estado se convertía en verdugo de sus ciudadanos? No lo tenía nada de claro. Dejó sus cavilaciones filosóficas y recordó que tenía algo que hacer y lo haría de inmediato.

Tomó el teléfono y marcó un número.

− Quisiera hablar con la señora Greta, la embajadora, por favor−. Hubo una pausa y continuó−. Habla Margot Lagarrigue, soy amiga de ella y vecina. Dígale que tengo urgencia de hablarle. Sí, estoy en mi casa. Mi teléfono es…Le agradeceré mucho.

Retornó a la cocina y se puso a abrir las alacenas para sacar café, té, panes, miel. Mantequilla no había y tampoco azúcar. Pero la miel serviría para los que quisieran endulzar su café. Encontró unos huevos, que decidió hacer revueltos. Eso les daría energías a todos. Puso agua a hervir. Sacó la vajilla para el desayuno y cubiertos. Por ahí encontró algunas manzanas. Todo serviría porque había un buen lote de personas. Llevó los platos y tazas a la mesa del comedor, la fruta, los huevos , algunos panes, café y agua caliente en un termo. Con el aroma de los huevos los huéspedes comenzaron a despabilarse y a levantarse de los sillones donde habían descansado algunas horas.

Se reunieron alrededor de la mesa. Simón subió a buscar a Gloria. Todos mostraban rostros demacrados por la falta de suficiente sueño y las incomodidades de la noche. Solo Margot estaba ágil y despejada. Había tenido el privilegio de poder dormir en su cama, aunque poco, ducharse y cambiarse ropa. Sonó el teléfono y la anfitriona se levantó de la mesa para contestar. Habló durante unos diez minutos y regresó. Miró a Juan Pablo y le hizo una seña para que se apartaran. Le habló en voz baja.

− Acabo de conversar con la embajadora de Suecia y está dispuesta a que te vayas a la embajada. Hablaremos más tarde para afinar los detalles.

− Muchas gracias, Margot, pero me resulta todo tan repentino. En verdad estoy muy confuso.

− No te compliques. Ella es una persona muy cálida y lo mismo su familia, a quienes conozco hace tiempo. Por último, te quedas ahí unos pocos días hasta que el panorama esté más claro y puedas tomar una decisión más definitiva. Greta me aseguró que te va a acoger. Ya ha recibido varias solicitudes, pero tú tendrás un lugar asegurado. Y ahí no entrará nadie a buscarte. Te darán una visa de cortesía si es que optas por un exilio en Suecia.

− No sé qué decirte−. Juan Pablo expresaba sus dudas en el rostro, pero quizás no tanto por el hecho de irse del país como porque dejaría de ver a Margot, quizás por cuánto tiempo.

− ¡Nada, hombre! Ya, vamos al desayuno que nos espera.

− Hay otra cosa que me preocupa. Es Simón. ¿Habrá posibilidades de que también se vaya a la embajada sueca? Yo creo que su vida peligra más que la mía.

− ¡Uf, qué complicado! Pero tienes razón. Volveremos a hablar más tarde y le diré.

Se incorporaron a la mesa del desayuno. Ricardo comentaba su sueño de la noche.

− Fue extraño−, dijo−. Me encontraba en una casa de playa con otra gente y de pronto vi un animal muy raro. Tenía el tamaño de un perro ,pero no era perro. Tenía unas especies de crestas puntiagudas sobre el lomo. Los perros verdaderos que había alrededor le ladraban furiosos, con sus pelos erizados de terror.

− Eso es un dragón, un dragón del tamaño de un perro−, comentó Benjamín.

− ¡Eso es!−, exclamó Ricardo−. Precisamente, era un dragón, pero pequeño y no tenía cola. Tampoco echaba fuego.

− El dragón es una de las figuras terribles del Apocalipsis−, aportó Juan Pablo−. Representa al demonio.

− Es un sueño muy realista−, mencionó Simón, que ya había bajado con Gloria y alcanzó a escuchar el relato de Ricardo−. El demonio ya está entre nosotros y tiene un nombre. Ayer lo mostró la televisión, sentado, con anteojos muy oscuros y cara de perro. Y es un demonio que nos ha traído el apocalipsis.

− Ya saliste con la tuya−, se mofó Benjamín−. Andas viendo demonios por todas partes. ¡Si fue un sueño, nada más! Y tú, ¿qué soñaste?−, se dirigió a Simón−. Cuenta, algo habrás soñado.

− Yo no sueño nada−, contestó el aludido, molesto.

− Ya, a relajarse, que tenemos un largo día por delante y muchas cosas en qué pensar−, sugirió Margot que temía un nuevo enfrentamiento verbal entre su hermano y Simón−. Además, no dejemos que estos huevos se enfríen, así es que ¡a servirse lo que más les apetezca!. No hay mucho pan, pero aquí hay unas galletas.

Ricardo propuso encender una radio para conocer las últimas noticias. Transmitían música folklórica chilena de Los Quincheros y Los Cuatro Huasos, el folklore de los dueños de fundos, como le decían los intérpretes de la nueva canción chilena.

− ¡Por favor, corten esa radio!−, pidió Simón−. No estamos para el “agüita de mi tierra, que corre fresca y serena”1. ¿Fresca y serena?

El mal humor se había asentado de nuevo en Simón y contagió el ambiente.

− ¡Estos huevos revueltos están exquisitos!-comentó Juan Pablo, más para tratar de cambiar el tema y alivianar la atmósfera, que amenazaba ponerse densa. Saboreaba una porción sobre su pan mientras se servía un café amargo.

Llegaron los niños y pidieron sus desayunos. Gloria se levantó a prepararles un té con leche. Con su algarabía llenaron el ambiente y relajaron las tensiones que amenazaban reaparecer entre los adultos.

1 − ¡Por favor, corten esa radio!−, pidió Simón−. No estamos para el “agüita de mi tierra, que corre fresca y serena”1. ¿Fresca y serena? El mal humor se había asentado de nuevo en Simón y contagió el ambiente. − ¡Estos huevos revueltos están exquisitos!-comentó Juan Pablo, más para tratar de cambiar el tema y alivianar la atmósfera, que amenazaba ponerse densa. Saboreaba una porción sobre su pan mientras se servía un café amargo. Llegaron los niños y pidieron sus desayunos. Gloria se levantó a prepararles un té con leche. Con su algarabía llenaron el ambiente y relajaron las tensiones que amenazaban reaparecer entre los adultos. 1 Frase de una popular tonada chilena. Frase de una popular tonada chilena.

7

Tan pronto terminaron el desayuno Margot llamó a Simón aparte. Salieron al jardín.

− Simón, existe una posibilidad de que te asiles en la embajada de Suecia. La representante es amiga mía, vive cerca y Juan Pablo se irá a esa embajada.

− ¡Ah, no! Te lo agradezco, Margot, pero no me voy a asilar. Tengo un compromiso. Yo me quedo aquí, en Chile. De hecho, hablé por teléfono con un compañero que me pasará a buscar al término del toque de queda.

− Pero, ¿qué pasará con tu mujer y tus hijos?

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