Me siento en el sillón, arrinconándolo todo lo que puedo hacia la ventana. Meto la mano en el bolsillo de la camisa y saco la bola de pelos de Camila. Parece paja o el pelo de mis muñecas Barbie viejas, cuando mi hermana y yo jugábamos a que era día de piscina y las bañábamos con jabón Rey en un balde lleno de agua. Con los dedos, lentamente, voy desarmando la bola de pelos, voy sacando mechones y los voy estirando sobre mis piernas. No sé por qué. Eso es lo que imagino. A las tres de la tarde llega mi familia. Hago como que no oigo que me llaman, los obligo, con mi indiferencia, a que vengan hacia mí. Oigo cómo arriman tres sillas y las ubican a mi alrededor. Oigo, pero no me volteo a mirarlos aún. La mamá debe tener los ojos llorosos, deben estar pensando que hoy es un mal día.
Cojo cada uno de los mechones de pelo y los enrollo en bolitas más pequeñas que la original. Y una a una, voy metiendo las bolitas de pelo de Camila por debajo del cojín de mi sillón verde. Solo cuando termino volteo a mirarlos a ellos. No son tres, son cuatro. Esto no es lo que usualmente imagino. Además de mis padres y mi hermana, hay una doctora, nueva, que nunca he visto. Tiene el pelo crespo y muy corto y una sonrisa distante. Me entrega un papel, me da de alta. La mamá efectivamente está llorando, el papá un poco también. Mi hermana en cambio sigue impávida, mirándome sin parpadear, me reta. Suelo imaginar que estoy loca, suelo preguntarme cómo sería la vida en un asilo, tranquila, con tiempo, sin autonomía. A veces pienso que mi problema es saber qué hacer con mi autonomía. Pero esto no lo he imaginado nunca, no puedo prever qué va a pasar ahora, porque no sé si está pasando siquiera. Sin bajarle la mirada a mi hermana, meto los dedos por debajo del cojín del sillón y rescato una de las bolitas de pelo que acabo de sembrar. Me aferro a ella como a un amuleto, la siento crujir entre las yemas de mis dedos. Al fondo, en la estación de enfermeras, está la enfermera que sabe desenredarme el pelo sin jalarme. Ha vuelto. Está revisando historias médicas. Me levanto del sofá. Me levanto de la cama. Me duelen los dedos por pasar toda la noche escribiendo en mi libreta.
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