Lina María Parra Ochoa - Malas posturas

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Mirar. Ser visto. Ahondar en el conflicto de cuáles son los ojos y las razones desde las que se observa cuando el mirar y el ser visto están inscritos en el mundo patriarcal antioqueño. En la dialéctica de esta constitución de la realidad está en juego buena parte de la narrativa que Lina María Parra Ochoa ofrece a los lectores. En una medida u otra, los cuentos de Malas posturas construyen un universo en torno a la conciencia de la incorporación feminista. No es el feminismo declarado y constituido. Es una afiliación lenta y paulatina; una educación y una comprensión moral, lo que hace que sea una conquista sólida; una impugnación airosa al entorno sociocultural.

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Carlos termina el cigarrillo pero el doctor Saldarriaga sigue hablando, ya le sacó a Carlos demasiada información como para soltarlo. Sabe que es bisnieto de uno de los abogados más importantes de la historia de la ciudad, sabe que viene de una familia con dinero, como solía ser la suya, sabe que está hablando con un descendiente directo de las estirpes españolas asentadas en Medellín hace tiempo. Y no va a dejarlo ir. Carlos no sabe qué hacer con el cigarrillo, veo que le da pena tirarlo al suelo en frente de un profesor tan viejo, tan encachacado, y se queda con la colilla en la mano. Se limita a responder en monosílabos pero el doctor Saldarriaga no necesita de nadie más para conversar. Le dice buen hombre y le pone la mano en la espalda, le insiste sobre las virtudes de fumar pipa, que es una herramienta indispensable del quehacer intelectual. Estamos parados en la mitad del parqueadero, y yo me resigno y me recuesto contra mi carro a esperar. De lejos miro al doctor Saldarriaga pero él no se da cuenta.

Mi abuelo no sabe que trabajo en la facultad de Derecho, si lo supiera me preguntaría por su amigo, pero es que mi abuelo no sabe nada de mí, es mejor así. La primera vez que publiqué un cuento y fui a mostrárselo, en lugar de felicitarme me dijo que por qué no estudiaba Ingeniería de Sistemas, que eso sí daba plata. Desde entonces no hablamos mucho y aprendí que son más seguros la distancia y el desconocimiento. Pero sí sé que hace muchas décadas no habla casi con el doctor Saldarriaga. Desde que estaban jóvenes, tiempo después de que uno de ellos entró a estudiar Derecho en la Universidad de Antioquia y el otro entró a trabajar de operario en una fábrica de cerámicas. Sé que además hubo una pelea, unas navajas de por medio y un muerto, pero de eso no digo nada, solamente miro al doctor Saldarriaga, casi disfrutando de saber que él no sabe que yo sé algo que él cree olvidado para siempre. Si dijera cualquier cosa le dejarían de decir doctor, lo sacarían de la universidad y, quién sabe, hasta lo meterían a la cárcel. Pero no estoy segura, me evade el conocimiento de la ley cuando un crimen fue cometido hace tanto tiempo y por un señor lleno de amigos abogados.

***

Mientras esculco los cajones de la máquina de coser de mi abuela, ella entra en silencio y se sienta en la cama. Nada suena, ni la tela de su vestido ni las tablas de la cama ni el colchón ni la suela de sus zapatos. Mi abuela es un suspiro que se disimula en la casa, que se esconde en su cuarto, que cocina, cose y reza. Sé, sin que nadie me lo dijera, que el silencio es para esconderse de mi abuelo, para pasar desapercibida, sé que él la zarandea, que la insulta, pero mi abuela no corre a buscar ayuda a la casa de nadie, porque de esas cosas no se habla. Su cuarto está atrás, junto a la cocina, tiene una cama sencilla y una repisa de madera donde solo hay una cruz y un portarretratos pequeño con una foto mía de la infancia. Tiene más nietos, pero solo una foto mía de la infancia.

Le pregunto que dónde puso las tijeras, y me dice que las escondió, que para qué las necesito. No insisto porque intuyo la razón de esconderlas. Le cuento que esa mañana me entrevistó el doctor Saldarriaga, el de las historias del abuelo, que me cayó gordo porque insistía en que le dijeran doctor y porque tenía unos zapatos de cuero negro, muy brillantes y embetunados, pero viejos, con el cuero ajado y blandito por el tiempo. Mi abuela sigue en silencio, pero puedo ver que algo está pensando, tiene los ojos entrecerrados y se soba frenética el dedo meñique de la mano derecha que le quedó para siempre torcido después de que se lo quebrara y se lo inmovilizaran mal. Siempre que está asustada se soba el dedo meñique de la mano derecha: cuando mi abuelo nota que la comida está fría, cuando mi abuelo nota que una de mis tías no llega temprano, cuando mi abuelo nota que mi abuela no alcanza a contestar el teléfono, cuando mi abuelo nota que mi abuela se soba el dedo meñique de la mano derecha.

Es que el doctor Saldarriaga hace tiempo que no tiene mujer. De pronto por eso anda con los zapatos tan viejos. Mi abuela dice como excusándolo, como si él fuera a oírla. A la esposa que desbarataba a golpes cada fin de semana, la que llegaba arrastrándose hasta donde mi abuela, se la llevó un ataque extraño de epilepsia. Temblores repentinos empezaron a asediarla, echaba baba por la boca, se paralizaba como una estatua retorcida. Hasta que un día se murió. Mi abuela dice que para entonces ya mi abuelo y el doctor Saldarriaga no se hablaban, pero que ella sí fue al velorio; dice que la mujer en el cajón se veía feliz. El doctor Saldarriaga no lloró ni en la velación ni en el entierro, pero dice mi abuela que se encerró en su casa por un mes. Un mes sin salir, sin ir a la universidad, un mes sin que de la casa se oyera el más mínimo ruido. Luego, un día cualquiera, tal vez un miércoles, el doctor Saldarriaga salió encachacado, de maletín en mano, rumbo a la universidad. Y la esposa quedó en el olvido.

Mi abuela deja de sobarse el dedo y me dice que ella es la única que aún se acuerda de esa pobre mujer. Le miro los brazos y en ellos veo unas marcas leves pero aún perceptibles, como dedos. Entre mujeres como ellas se entienden. Nos quedamos calladas. El silencio de mi abuela está siempre alerta, es un silencio que escucha, que atiende a cada sonido sospechoso, es receloso, tensionado. Pero no hay nada en la casa, ni nadie. Entonces mi abuela me cuenta todo, me cuenta de cuando mi abuelo y el doctor Saldarriaga eran amigos, me cuenta de uno de los últimos días cuando salieron juntos, me cuenta de las navajas y del altercado.

***

El joven mira con determinación a todas las mujeres del lugar. Las mira con detenimiento, con atención de académico en ciernes. Y elige a una. No es la más bonita pero no está mal, le gusta porque tiene el pelo rubio y la piel blanca. La más bonita es morena y eso a él no le parece digno. Saca a bailar a la rubia, a la mona ojiverde, que tal vez no tiene el vestido más elegante ni la pose más refinada, pero es blanca, y se le ven las venas azulosas en las muñecas. Mientras baila con ella le susurra que le gusta su piel, que es como si pudiera desvanecerse en cualquier momento. La mona no responde, apenas si puede bailar siguiéndole el paso, pero sonríe, ella supone que lo que él le dice es un cumplido. Hay otro joven que los mira desde una mesa. Él no va a buscar a nadie porque ya viene acompañado, pero no quiere bailar. Toma aguardiente e ignora a su mujer, quien, aunque se gastó la tarde entera poniéndose rulos en el pelo para quedar lista para el baile, sabe que no saldrá a la pista.

Son las once de la noche y el joven acompaña a la mona a su casa, seguido de cerca por su amigo y su mujer. La pareja de adelante habla pasito, para ellos nada más, mientras que la de atrás camina en silencio, el silencio de los recién casados que saben que han cometido un error. Escuchan los tacones de sus zapatos contra la calle, escuchan la conversación de los de adelante. El joven saca una pipa de su bolsillo, le da brillo con el pañuelo que le ha pedido a la mona como prenda, le pone un poco de tabaco y procede a encenderla, en la noche tranquila y sin viento no tiene problema. La mona tose un poco, y se arregla el pelo. La mujer de atrás la mira y siente un golpe en las tripas, es como verse a sí misma en un espejo, verse unos meses atrás, cuando aún no era una mujer casada y el joven a su lado todavía la miraba con deseo y la sacaba a bailar. Siente algo en la garganta, un grito de advertencia para la mona, que se vaya, que corra, que no se deje cortejar, que no se arregle para los bailes, que no se case. Pero no dice nada, porque ella es un suspiro que se disimula en la calle, porque le han enseñado que de esas cosas no se habla.

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