Lina María Parra Ochoa - Malas posturas

Здесь есть возможность читать онлайн «Lina María Parra Ochoa - Malas posturas» — ознакомительный отрывок электронной книги совершенно бесплатно, а после прочтения отрывка купить полную версию. В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: unrecognised, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

Malas posturas: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «Malas posturas»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

Mirar. Ser visto. Ahondar en el conflicto de cuáles son los ojos y las razones desde las que se observa cuando el mirar y el ser visto están inscritos en el mundo patriarcal antioqueño. En la dialéctica de esta constitución de la realidad está en juego buena parte de la narrativa que Lina María Parra Ochoa ofrece a los lectores. En una medida u otra, los cuentos de Malas posturas construyen un universo en torno a la conciencia de la incorporación feminista. No es el feminismo declarado y constituido. Es una afiliación lenta y paulatina; una educación y una comprensión moral, lo que hace que sea una conquista sólida; una impugnación airosa al entorno sociocultural.

Malas posturas — читать онлайн ознакомительный отрывок

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «Malas posturas», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

La mona los guía por calles que se hacen desconocidas para los jóvenes, calles que no están pavimentadas, calles que no tienen ni nombre ni número, calles que no son calles. El joven de la pipa mira para atrás buscando a su amigo, está incómodo. Esto no es lo que esperaba. La mona, aunque mona y ojiverde y de piel blanca con venas azules, es pobre. La mona se para enfrente de un jardín que huele a mango maduro, más allá hay una casa con piso de tierra. El joven sigue hablándole pero ya no puede disimular el desagrado. Desde atrás el amigo lo llama y los dos se alejan un momento a discutir, mientras las dos mujeres quedan paradas junto a la verja del jardín. No hablan pero intentan sonreírse. En la casa se enciende la luz de una vela y la puerta se abre. Las dos mujeres ven cómo un hombre sale con un candil en la mano. Es el hermano mayor de la mona, viene derecho hacia ella a recriminarle la hora tan tarde en la que llega. Las dos mujeres retroceden por instinto. Al mismo tiempo, el joven y su amigo regresan.

El joven tira a los pies de la mona el pañuelo bordado. Esto no es lo que él se esperaba, la acusa de haberlo engañado, de quererlo engatusar, de arribista, de mentirosa. Es como si no viera al hermano. Pero la ofensa está hecha, el pañuelo queda en el suelo y el hermano se lanza contra el joven y de un puñetazo le tumba la pipa. Las mujeres ven cómo la pipa cae y se resquebraja la madera.

Ya la ofensa está hecha.

***

Mi abuela vuelve a sobarse el dedo meñique de la mano derecha sin notarlo. Habla rápido y entrecortado, como si no tuviera permiso de hacerlo. Me cuenta que todo pasó en un instante, en un parpadeo. Que ella apenas vio la pipa del doctor Saldarriaga caer al suelo, cuando oyó las navajas entrar en la panza del hermano de la rubia que había estado bailando toda la noche con el doctor. En ese entonces aún no le decían así, apenas era un estudiante de Derecho, con ideas de grandeza, de merecimientos. Aún era amigo de mi abuelo a pesar de que él no estudiaba en ninguna universidad, sino que trabajaba de operario en la fábrica de cerámicas. Allá, entre los hornos y las máquinas que pintaban los platos, lo conoció mi abuela, allá la enamoró y la convenció de casarse a escondidas de su familia. Meses después estaban frente al jardín de los mangos, con el cuerpo del hermano en el suelo, apuñalado quién sabe cuántas veces. Mi abuela dice que no tuvo tiempo de contar.

Todos se quedaron viendo al hombre en el suelo sembrado de mangos maduros, junto al pañuelo y a la pipa. Se quedaron viéndolo hasta que dejó de respirar. Entonces, mi abuelo y el doctor Saldarriaga lo tomaron de las piernas y lo metieron en la casa vacía. La mona no dijo nada pero los siguió adentro, lloraba ahogándose en silencio. El doctor se dirigió hacia ella, limpiando la sangre de la navaja con la manga de su camisa, y le susurró al oído, igual que antes, que no se le ocurriera ir a decir nada, que él venía de familia de abogados, que a él nunca lo iban a meter a la cárcel, que quién le iba a creer a ella, una mujer arribista y mentirosa que ni para piso tenía.

Mis abuelos se quedaron en la casa con la mona y el hermano muerto mientras el doctor Saldarriaga iba por su carro. Lo esperaron casi hasta el amanecer. Justo antes de que el cielo aclarara entre los dos hombres arrastraron el cuerpo y lo metieron en la silla de atrás. A mi abuela le tocó irse sentada allí y contener el llanto, con las piernas del muerto sobre las suyas. Mi abuelo iba adelante manejando y el doctor Saldarriaga en el asiento del copiloto miraba su pipa rota.

***

Carlos se voltea a mirarme, me pide ayuda con los ojos. Yo saco el celular, le bajo el volumen y finjo recibir una llamada urgente. Mientras tanto el doctor Saldarriaga saca una pipa del bolsillo de su chaqueta, la pule con un pañuelo, le pone un poco de tabaco y la enciende. Así es como se fuma, buen hombre, le dice a Carlos mientras le da palmadas en la espalda. Vea, esta es la mismísima pipa que me robé del escritorio de mi difunto padre, tanto me ha durado. Ese comentario me molesta. Esa no es la pipa, no sea mentiroso doctor, quiero decirle, pero no digo nada. Eso del silencio es hereditario. Me acerco y le digo a Carlos que me llamaron, que nos tenemos que ir. Mucho gusto doctor, muy buena la conversada, pero con mucha pena nos despedimos.

Cierro la puerta de mi carro, me siento y por el espejo retrovisor veo al doctor Saldarriaga que intenta abrir el suyo mientras agarra la pipa con los dientes, pero las llaves se le caen al pie de sus zapatos de cuero gastado. Y algo siento en mi estómago, como un chuzón o una puñalada.

Día de visitas

Suelo imaginar que estoy loca. Que me evalúan varios médicos de rostros comprensivos y que, luego de escribir en sus libretas, me diagnostican algún desorden mental y me internan en un asilo. El asilo es blanco, calmado, las enfermeras y los enfermeros visten uniformes color crema y se pasean en silencio, o hablan en susurros. Se oyen solamente el viento afuera de las ventanas y el chirriar modesto de las rueditas de las camillas y de las sillas de ruedas por los corredores. Los locos están tranquilos, son gentiles o estúpidos, y todos viven sedados.

Me imagino entre ellos. Vestida con una bata de algún color claro, el pelo revuelto porque la enfermera que sabe peinármelo sin jalarme no ha venido esta semana. Está enferma. Pienso en ella mientras miro por la ventana desde el sillón verde donde estoy sentada, leyendo. He pedido que por favor ubiquen el sillón junto a la ventana de la sala común, donde los otros internos pretenden hacer cosas en las que no se concentran mucho. Juegan dominó o parqués, leen historietas que los enfermeros les recortan del periódico, babean algunos, otros conversan con personas invisibles para mí. Junto al sillón puse una mesita redonda de madera, donde tengo un morrito de libros para leer y un cuaderno en donde esporádicamente escribo.

Imagino las visitas de mis padres, viejos, ya resignados a mi condición. Son ellos quienes me traen los libros que leo, los presentan primero para evaluación ante los doctores quienes determinan qué está bien y qué es mejor no darme porque me podría alterar. Mi padre, de vez en cuando, me trae un libro de contrabando, lo esconde bajo su camisa y luego, mientras mi madre molesta a los enfermeros porque a veces se les pasa la mano con mis drogas y me dejan tan ida que no puedo ni leer, él mete el libro entre los otros que están en la mesita. Son buenos mis padres, pero sé que verme los deja tristes varios días. Aun así nos hemos acostumbrado a la cotidianidad de la locura, a las conversaciones frágiles sobre nada, a los abrazos largos, a los libros de contrabando y a tomar aromáticas sin sabor porque el café me está prohibido.

Mi hermana viene a visitarme con menos frecuencia, porque trabaja mucho y porque no le gusta verme así, ella dice que no estoy loca, que me estoy haciendo. Imagino que la veo caminar hacia el asilo por el sendero de grava que cruza el jardín. Tiene los brazos quemados por el sol, hace casi seis meses que no viene, trabaja en la selva. El sol ha hecho que su cara se vea más pecosa, le ha bronceado los brazos y la nariz, se ve más vieja, como si fuera mayor que yo. Me dan permiso de salir con ella a caminar por el jardín, de lejos un enfermero nos vigila mientras se pasa los niveles de un jueguito en su celular. No hablamos casi, imagino el sonido de la grava bajo nuestros pies. Imagino los ojos amarillos de mi hermana mirándome. La visita no dura mucho pero antes de irse ella me abraza y me pregunta al oído que cuándo voy a dejar de ser tan irresponsable. Ni en mi imaginación se me ocurre qué responderle. No me molesta que me obliguen a tomar drogas, es bueno dormir después de tantos años de insomnio. Pero en general soy una paciente tan tranquila que a veces los mismos enfermeros deciden no darme todos los medicamentos. Imagino que somos amigos, ellos y yo, que tengo entre los pacientes un estatus superior porque todos saben que en realidad no estoy loca, que, como dice mi hermana, me estoy haciendo. Los doctores les dijeron a mis padres que tal vez lo mío es más problemático que la locura; que fingirla, desearla es, en su opinión, mucho peor.

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «Malas posturas»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «Malas posturas» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Отзывы о книге «Malas posturas»

Обсуждение, отзывы о книге «Malas posturas» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.

x