Celina Plasencia - ¿Por qué el diablo se convirtió en diablo?

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¿Por qué el diablo se convirtió en diablo?: краткое содержание, описание и аннотация

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Te sorprendería saber que lo que no se ha dicho sobre el diablo durante siglos podría ser más importante que lo que sí. Esta es una historia novelada sobre la vida del diablo narrada desde una visión distinta: la de su propia perspectiva. Es la visión de Lorcan, en primera persona, para quienes buscan conocerlo de verdad, para quienes se formulen preguntas.¿Qué es lo que lo mueve? ¿Es tan oscuro y tenebroso como nos han hecho creer? ¿Quién es en realidad el diablo? ¿Cómo llegó a ser lo que dicen que es? En definitiva, estas páginas han sido escritas para aquellos que sienten, piensan y se cuestionan los misterios de la vida, los que cruzan la línea y deciden asomarse y ver más allá. Si deseas tener un encuentro más cercano con él, te invito a que te adentras en esta historia, en la que encontrarás respuestas insospechadas y te plantearás nuevas preguntas.Eso sí, si eliges entrar, debes despojarte del miedo, pues te estoy invitando a conocer al verdadero diablo, ¡sin poses, sin filtros… en directo! Este paseo por su vida te ofrecerá una posibilidad para descubrir lo que quizá nunca te has imaginado sobre él: su origen. Sentirás, inclusive, que lo has tenido muy cerca de ti o que has sido parte de él sin ni siquiera haberlo notado… algo que solo tú podrás saber. ¿Te atreves?

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Caminando un poco hacia abajo, encontré un pequeño agujero debajo de unos árboles, hecho de las mismas raíces, y pensé que podía ser un poco más seguro para mí. Entre las ramas hice un poco de espacio hasta que pude sentarme y ahí me oculté.

Cubrí mis pantalones con ramas para camuflarme ante los animales que pudieran pasar y tapé un poco la entrada también con unas cuantas ramas grandes que conseguí ahí mismo.

Pero ¡eso no fue suficiente!

Era inaudito, me encontraron unos sapos marrones, grandes y babosos que saltaban entre las hojas y ¡croaban casi encima de mí!

No pude quedarme más ¡en aquel refugio que me había inventado!

Los sapos reclamaban su espacio, sus sonidos eran fuertes.

No alcancé a ver a todos, apenas observé unos cuatro, muy cerca, y decidí que no me quedaría a averiguar si venían con el resto de su familia. Enseguida me levanté con un gran esfuerzo, me sentía demasiado cansado, hambriento, con frío y con la ropa mojada, entre sudor y esas otras cosas —más vergonzosas que les pasan a las personas— ¡cuando se asustan bastante!

Tenía mucho miedo, no puedo negarlo, ni pudiera haberlo negado entonces, y esa emoción tan movilizadora me había permitido comprender lo que decía mi padre acerca de que era peligroso estar fuera de casa de noche, sobre todo en épocas invernales de nieblas espesas como esta, era verdad.

¡Qué razón tenía!

Estando ahí, en esa cueva improvisada de raíces y ramas, sentado, con los pantalones mojados y fríos, con hambre, sin energía y con tanto en qué pensar, lo único que me venía a la mente eran las peores cosas.

Parecía hecho a propósito, no me llegaban memorias de nada que no sumara a mi confusión.

Hubo apenas unos segundos de calma, los primeros que me sentí a salvo.

Luego recordé las historias que contaban en el mercado acerca de los ritos que hacían los famosos hechiceros druidas en esas regiones, los sacrificios de los que siempre hablaban y de los muertos de las guerras entre tribus, cuyos fantasmas pululaban en esas montañas, y de ellos se comentaba que salían de noche a dar paseos por la oscuridad.

Llegaron a mi mente todas las otras, las que contaban de ranas ponzoñosas que lanzan lamentos horribles cuando se sienten amenazadas; las de esas inmensas arañas escorpión con aguijones y enormes patas verdes peludas en forma de tenazas, que medían más de diez centímetros y pueden morderte, encajarte su aguijón y envenenarte o cortarte con sus tenazas si no estás atento al camino. Con todo eso que me llenaba la cabeza, no era posible conseguir la calma, sabiéndome en sus reinos, en los dominios de la montaña misteriosa, sentado ahí, vulnerable, entre ramas, raíces y hojas húmedas.

¡Todo eso era escalofriante!

Al imaginarme rodeado y sin alternativas, ¡entraba en pánico otra vez!

No podía más que correr de nuevo y salir de ahí, pero ¿cómo? ¡Sin ser capaz de ver más allá de mis propias manos!, todo tan oscuro y resbaladizo, ¡no tenía oportunidad!

«¿Y qué hago ahora?», me repetía cada minuto.

Solo pensaba en el gran error que había cometido al haberme escapado así de casa, hallarme en esa situación y preocupar a mi padre por mi ausencia.

Únicamente me restaba permanecer ahí, ponerme tan a salvo como pudiera.

Pero ahora, ¡mi realidad era estar expuesto a todo eso tan temible, con todos mis miedos juntos y con tanta tristeza a la vez!

Recuerdo que, en el lugar donde me había ocultado, pedía a los dioses, de quienes tanto había escuchado en la aldea, para que me llevaran junto a mi madre. No sabía cómo orar ni a quién dirigirme en los cielos. Era consciente de que existían dioses, pero ignoraba a cuál de ellos podía pedir un milagro para que me trajera a mi madre de regreso…

No podía creer que todo se había terminado para ella y que se había ido sin despedirse de mí, ¡sin abrazarme una última vez!

¿Cómo podría seguir viviendo de ese modo?

¡Todo esto es demasiado triste!

Y como suele suceder cuando esperas algo, la marcha se hacía lenta, como esta noche de espanto, una memorable noche… ¡que se estaba tornando eterna!

Y, así, en algún momento de inconsciencia, caí exhausto y me quedé dormido profundamente, como hipnotizado de cansancio, del dolor, del miedo de estar tanto rato expuesto al peligro, extenuado de mi propia mente, acorralado por mis sentimientos y con mi corazón arrepentido, lleno de culpa y avergonzado.

Cuando abrí mis ojos de nuevo ¡ya había amanecido! Me había salvado, ¡sobreviví! Y adivinen, no supe cómo había sucedido, cómo había llegado hasta allí, pero estaba en mi casa, metido en mi cama, envuelto en mantas calientes, literalmente, ¡cubierto hasta la cabeza!

Mi padre, cuando notó que me había marchado, junto a otros hombres salió a buscarme muy preocupado, porque era muy tarde, había pasado muchas horas fuera de casa y era peligroso que pasara la noche desprotegido del frío y de los animales que rondaban la montaña, además, había una de esas capas de neblina densa y, si no me encontraban, podía perderme o enfermarme solo de recibir esa temperatura tan baja.

Hasta que dieron conmigo, como por obra de los dioses, y me encontraron ahí, acurrucado y fulminado con el frío. Me trajeron de inmediato a casa para calentarme, el cuerpo se había puesto muy gélido.

Ya habiendo tomado consciencia, dentro de lo que cabía en mi consciencia de niño, sentía que mi mundo había cambiado radicalmente, y era para mal, así como el de mi familia, a un punto donde no hay retorno.

Comí, dormí bien y me había recuperado a mitad de la tarde. Me embargaban mis pensamientos, me llenaba de desesperación, de culpa, de tristeza, de vergüenza y del mayor desaliento que puede sentir alguien.

La casa se sentía vacía.

El tiempo se detuvo, se congeló todo a mi alrededor; en mi mente, el mundo se había parado.

Nadie emitía ni una palabra, solo se escuchaba el rugir del viento, que parecía amenazarnos permanentemente con su silbido penetrante, y hasta Indi estaba en duelo, no se levantaba del suelo junto a mí, sentía la ausencia de nuestra madre, igual que todos.

Ese silencio llenaba el espacio más de lo que se imaginan, y no es algo que podamos medir, pero, sin duda, se había extendido, había penetrado cada milímetro de nuestro hogar, que ahora se sentía tan hueco, y que apenas el día anterior se llenaba con los gritos y juegos de dos niños incansables y su mascota.

Recuerdo que todo estaba en negro para mí.

En mis recuerdos de esas horas desafortunadamente memorables, no veía futuro para mi mente de niño —que había crecido de golpe—, estaba en un paréntesis, sin nada en medio de ellos.

En verdad, no quería estar ahí, solo correr una vez más, huir… ¡hasta donde me llevaran mis piernas y mis fuerzas!

Mi padre, en la casa, con esa pesadumbre propia de su corazón adolorido, con su cabeza apoyada entre sus manos, sin fuerzas, peleaba con su propia tristeza como podía, intentando ocultar su fragilidad ante nosotros para que no nos derrumbáramos también, pero era tarde. Únicamente mi hermanito estaba en su propio mundo, no tenía comprensión de qué ocurría. Mi padre le decía que mamá había ido al cielo con los dioses, ¡pero nada más!

Yo sentía que mi padre moría también un poco esos días, como yo, pero por razones distintas. Él, debido al estruendoso silencio que producía la ausencia de mi madre. Yo, a consecuencia de mi remordimiento.

Se disponía a visitar la necrópolis en donde se hallaban los restos de los miembros de la familia que ya partieron al más allá para iniciar los preparativos del banquete funerario y de incineración del cuerpo en la pira que se disponía para tales fines.

Buscaba en la habitación lo que fueron sus objetos de valor, sus joyas y pertenencias más imperecederas, porque en ese tiempo creíamos que, al poner junto a sus cenizas el mejor ajuar y las más valiosas pertenencias materiales que logró acumular el difunto mientras estuvo en vida, su espíritu llegaría más rápidamente con los dioses.

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