Con solo once años, había sido capaz de ignorar una petición tan importante de mi padre. Mi madre yacía enferma, mientras yo jugaba sin tenerlo en consideración. Únicamente tenía una tarea simple: buscar ese brebaje y llevarlo a tiempo para que ella pudiera sanarse.
Pero no, tenía que quedarme ahí, como un tonto, jugando a buscar gusanos, a competir y a ganarle a mis amigos, a desobedecer una petición urgente que mi padre, que nunca nos molestaba a mi hermano ni a mí, me hizo antes de salir de casa.
¡Solo me pidió que fuera al pueblo a traerle eso!
¡Por qué no lo hice!
¡Era tan fácil! Me entregó una receta que debía darle al curandero y traerlo a casa…, eso era todo.
En ese momento, y por mucho tiempo después, me recriminaba todo eso, cada día era una tortura, no podía perdonarme, ¡la culpa se había instalado en mi corazón!
¿Cómo pude ser tan irresponsable, tan cruel, tan descuidado?
Mi madre, el ser más maravilloso y dulce, el más alegre del mundo, ya no estaría más.
¡Por mi culpa!
Fui yo, Ojos Negros, el único responsable de su muerte.
Daba lo mismo que le hubiera enterrado una daga en su corazón o que le hubiera dado un sorbo de veneno, acabé con ella, sin ninguna razón, y no había nada que pudiera hacer para cambiarlo.
Pasaron algunas horas más desde que llegué a ese paraje, ya era de tarde y ni el frío ni el hambre habían podido hacerme olvidar ese dolor tan intenso, tampoco fui capaz de aclarar mi mente tan confundida, atormentada… Escuchaba sus voces en mi cabeza, ¡todas al mismo tiempo! Susurrando y gritando a la vez… en mi mente enloquecida…
«¡Mataste a tu madre!», clamaba mi padre.
Mientras, mi pobre hermano Aidan, sin percatarse de nada de lo que estaba ocurriendo a su alrededor, no reaccionaba, era aún tan pequeño, su inocencia lo protegía de la realidad.
En esos instantes, yo solo quería una cosa: ¡retroceder en el tiempo y deshacerlo todo!
Era tanto el dolor, el arrepentimiento por mis acciones, que, incluso siendo niño, sentía que estaba enloqueciendo.
Ya no quería vivir, no había razón para seguir.
Anhelaba morirme de frío, meterme en el río y ahogarme, o como fuera, pero no quería continuar con vida, no lo merecía, no era justo con ella. Pero era muy niño para quitarme la vida. Para eso, supongo, se necesitaba ¡más valentía de la que yo tenía!
Imagino que mi madre, desde el cielo, me estaba impidiendo que avanzara en mis deseos y me cuidaba de nuevo.
Las horas del día habían transcurrido mientras estuve ahí sentado.
Desde que llegué a estas piedras, en las primeras horas de la mañana, no tenía noción de cuánto había transcurrido, pero, sin duda, pasé todo el día en ese lugar. Estaba sudado, con la ropa humedecida por correr tanto rato, más el frío y la humedad que reinaba en el ambiente —era invierno—. El sol solo mostraba su luz, no obstante, su calor se escondía en algún lado, porque ¡no se notaba para nada!
Supongo que las nubes tan pesadas se lo roban todo o lo usan para poder ¡soltar sus chaparrones!, los que abundan mucho en esta temporada.
Fue hasta ese instante que me percaté de todo lo que recorrí en la mañana para llegar a donde estaba. Cuando corrí todo ese rato sin parar, había avanzado mucho en la falda de la montaña, justo donde están los sitios a los que mi padre se refería cuando nos decía que no debíamos venir solos. Había caídas de agua, por muchos lados, bajando de las partes más altas, mojando todo alrededor, y el suelo resbalaba, con huecos en los senderos por donde bajaba el agua y donde podría haberme precipitado. Las muchas y grandes raíces de los árboles sobresalían al piso, donde caer y romperse las rodillas resultaba muy fácil, además de algunas otras cosas propias de este lado más salvaje de mi mundo.
Estando ya bastante oscuro, la temperatura bajaba un poco más, y en medio de mi mente ya agotada de tanta intensidad comencé a escuchar sonidos que venían de la montaña, espeluznantes, parecía que habían salido algunos animales a cazar sus presas ahora que, prácticamente, no se ve nada.
¡Casi no puedo describirlos, solo recordarlos y se me eriza la piel!
Me empezaba a temblar un poco el cuerpo de miedo, los extraños ruidos de las lechuzas, esos que todos narraban en las historias de la aldea, que son aves de mal agüero, que acechan a todos en la montaña, que vuelan silenciosamente durante la noche y que hacen ruidos que parecen sonidos de duendes y espectros, como siseos tan fuertes, atemorizadores, que, en esos momentos, en vivo, yo presenciaba.
No sabía si era mi mente…
Pero los estaba escuchando todos, las lechuzas detuvieron sus ruidos por unos minutos, y, sin previo aviso, ¡me quedé paralizado, el pánico me tomó por completo!
Un zorro rojo, famoso por su sigilo para moverse en la noche sin ser notado, se hallaba a unos metros de mí, como observando, no podía ver claramente por la bruma de la niebla, pero estaba seguro de que era un zorro rojo, era el que más abundaba en la región, y los había visto con anterioridad, en la distancia, pero su fama de ferocidad ¡lo precedía!
Yo había pedido morir desde que llegué a ese lugar, pero ahora que me sentía amenazado, esa idea ya no me parecía tan importante, ahora, ¡me encontraba en peligro de verdad!
Se detuvo muy cerca de donde yo estaba, parecía merodear buscando su presa. Podía distinguir a medias su silueta, debido a que la espesura de la neblina no me permitía verlo nítidamente.
Pero, si me quedaban dudas de que fuera uno de ellos, se disiparon, deben creerlo, ¡cuando escuché su grito! ¡Por todos los cielos!
Fue corto, explosivo, ¡un chillido portentoso y escalofriante!, como el que podría emitir una persona a quien persiguieran, que tuviera mucho mucho miedo o quien estuviera en algún ¡grave apuro!
¡Nunca me había asustado tanto en mi vida!
Me sentí en pánico, ¡sudaba a mares!, el frío helaba el sudor, pero no podía parar de hacerlo, mi corazón estaba a mil por segundo. ¡Los hilos de sudor me corrían por todo el cuerpo! Es lo más terrorífico que hubiera presenciado en mis escasos once años.
No sabía qué hacer, si correr hacia abajo por las piedras o quedarme quieto donde estaba, si esconderme y meterme en el río, pero temía tanto que el ruido que yo pudiera provocar al moverme me pusiera en mayor riesgo y ¡que el zorro decidiera atacarme!
¡Qué indecisión! La cabeza me daba vueltas, no sabía qué hacer, ¡nunca había vivido algo parecido!
Tenía tanto miedo que sentía que el corazón se me iba a salir por la boca, ¡me parecía que el zorro escucharía mis latidos! Tenía que aguantar mi miedo, respirar o aguantar… ¡lo más que pudiera!
¡No supe cómo lo conseguí!, pero supongo que, por instinto, logré quedarme tan quieto como uno de esos árboles y me mantuve así por unos minutos ¡que se me hicieron eternos! Suponía que, si no me movía, el zorro no me vería bien y no se acercaría, eran apenas unos seis u ocho metros o algo así, pero la niebla y algunos arbustos me protegían de que diera conmigo, bueno, eso pensaba yo.
Pasaron pocos minutos en ese suspenso, en la mayor tensión de mi vida, cuando, por fin, ¡el zorro optó por irse! ¡Oooh!
¡Se había marchado!
¡No lo podía creer! Mi madre debió intervenir desde su nueva morada para que ese peligro pasara sin dañar a su primogénito.
Pude respirar de nuevo, continuaba sudando como loco y ¡me había mojado los pantalones del susto!
Cuando pude relajarme un poco, me moví de ahí, tenía que buscar un espacio donde guarecerme en las siguientes horas de la noche, protegerme del frío y de los animales que pudieran acercarse.
No sabía exactamente dónde estaba, había corrido mucho, sin pensar hacia dónde, y estaba un poco perdido, desubicado y aturdido entre todo lo que estaba sucediéndome, ¡sin contar ese gran susto que acababa de pasar!
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