Tiffany McDaniel - Betty

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Un coming-of-age lírico, espiritual y feminista ambientado en el Ohio rural de los años sesenta e inspirado en la historia familiar de la autora. Soy Betty Carpenter, nací en una bañera en 1954 y crecí en el pueblo de Breathed, Ohio. De mis ocho hermanos fui la única que heredé la piel oscura de mi papá Landon, que era cheroqui. De niña creía que ser cheroqui significaba estar atado a la luna. También quería ser una princesa con un vestido hecho de carcasas de cigarra y alas de violetas.¿Tú te has visto en el espejo?, me decía mi mamá Alka, que arrastraba tantas piedras del pasado como las que tenía mi hermanito Lint en la cabeza. Yo ofrendaba flores de cerezo y medias de nailon de mamá al río para quitarme el moreno, pero no funcionaba. Tampoco le funcionaba el río a mi hermana Flossie, que le mandaba cartas a Elvis en botellas que nunca recibían respuesta.Flossie nació para ser una estrella. Mi dulce hermana mayor Fraya, en cambio, lo hizo para cargar con las piedras malditas de las mujeres de la familia. Y yo nací, según papá, para ser la calabaza, la protectora de mis hermanas. Ese es tu cometido, Pequeña India. Él, con su magia ancestral y su infinita ternura, me enseñó que era poderosa.

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Los dos nos volvimos en dirección a un ruido sordo que venía de la oscuridad del bosque.

—¿Qué es eso?

Me levanté su sombrero en la frente para ver mejor.

—A lo mejor es uno de tus marcianos —dijo papá—. Será mejor que vayamos a la Rambler antes de que el extraterrestre nos encuentre y nos sonría.

Me bajó del árbol y me puso los pies en el suelo con cuidado.

—¿No vas a coger tu frasco de licor? —pregunté.

—No —contestó él—. Que se lo quede el marciano. Así se dormirá y no nos molestará el resto de la noche.

Le cogí la mano y atravesábamos el bosque. Él cojeaba a cada paso que daba. Habían transcurrido dos años desde el incidente de la mina, pero yo todavía lo tenía fresco en la memoria. El color de la sangre de papá. La carbonilla depositada en las arrugas de dolor de su cara. Me acordaba de que había dicho que le habían roto la rodilla como si fuese de cristal. Me preguntaba si, como el cristal, le cortaban los bordes afilados. Desde luego lo parecía por la forma en que caminaba. Decidí cojear también para que no estuviese solo. Él me miró y procuró no cojear tanto.

—¿Puedo dormir contigo en el capó, papá? —volví a preguntarle—. La Rambler está muy llena. Mamá sola abulta como un millón de personas. O sea, están Fraya, Flossie, Trustin, Lint, mamá y un millón de personas más. No puedes tener un cesto lleno de tarros sin que los cristales se peleen y hagan ruido. Tú lo dijiste una vez. ¿Te acuerdas?

—¿Ah, sí?

—Ajá. Sí que lo dijiste, papá. Entonces, ¿puedo dormir contigo en el capó?

—Tienes que prometerme que no cogerás frío, Betty.

—Lo prometo, lo prometo, lo prometo, lo prometo, lo prometo —repetí hasta que él levantó la mano y rio.

—Creo que hay sitio en el capó para un indio grande y una india pequeña —dijo.

Le apreté la mano mientras seguíamos cojeando uno al lado del otro. Cuando pasamos por delante de la Rambler, Flossie me sacó la lengua. Yo le devolví el gesto. A continuación, me dio las buenas noches, de modo que yo se las di a ella. Flossie y yo le deseamos buenas noches a Fraya a la vez.

—Buenas noches —dijo Fraya.

Papá me levantó y me puso sobre el capó con los pies por delante. Me entretuve jugando con la cola de mapache atada a la antena antes de ponerle encima el sombrero de papá mientras él subía al capó. Saludó con la mano a mamá, pero ella ya se había dormido dentro del coche, estirada en el asiento delantero con una pierna apoyada encima del volante. Sus ronquidos sonaban como animales buscando comida con el hocico en la tierra.

—Bueno, Betty. Aquí tienes tu camastro.

Papá dio unos golpecitos en el capó al tiempo que apoyaba la parte superior del cuerpo contra el parabrisas.

—¿Papá? —pregunté sentándome a su lado—. ¿Te ha gustado el cuento de los marcianos? La verdad.

—Mucho.

Antes de que pudiese continuar, oí que la puerta del coche se abría chirriando y se cerraba silenciosamente, y a continuación unos piececitos que caminaban despacio sobre las ramas del suelo.

—No tengo s-s-sueño.

Lint subió al capó por el lado de papá.

Se frotaba los ojos llorosos con el dorso de los puños. Sus bolsillos estaban repletos de las piedras que había cogido.

—Pues estás de suerte, hijo, porque tengo polvo de dormir en el bolsillo —dijo papá subiendo a Lint al capó y poniéndolo entre nosotros—. ¿Todavía te da miedo dormirte? —le preguntó.

Un par de semanas antes, Lint había hecho un dibujo en el que se veía un garabato negro encima de su cuerpo hecho con palitos. Entonces tenía cuatro años, de modo que el dibujo tenía menos sentido que la explicación que dio. Le dijo a papá que el garabato negro era la noche y que si se dormía, la noche le robaría el alma.

—El a-a-alma —había dicho Lint a la vez que ennegrecía el garabato—. La noche se la lleva, papá. Se la lleva para e-e-enterrarla. Al norte. En el f-f-frío.

Acordándome del dibujo de Lint, miré a la oscuridad que nos rodeaba mientras papá prometía a Lint que la noche no le robaría el alma.

—Yo no lo permitiré.

Papá abrazó a Lint.

—No puedes e-e-evitarlo, papá.

—Tu alma está aquí. —Papá le puso la mano con delicadeza sobre el puente de la nariz—. Te dejaré la mano aquí toda la noche mientras duermes. Cuando te despiertes por la mañana, tu alma seguirá en su sitio. Te lo prometo.

Mientras Lint apoyaba la cabeza en el pecho de papá, yo me acurruqué sola en el borde del capó.

5

¿Diste tú hermosas alas al pavo real?

Job 39, 13

BIENVENIDOS A BREATHED se hallaba pintado en rojo en un trozo astillado de madera de granero clavado a un plátano americano. Con el tiempo aprendería que, entre el cielo y el infierno, Breathed era un pedazo de tierra en medio de un dolor palpitante, donde las lagartijas morían aplastadas bajo las ruedas y la gente parecía hablar como un trueno que choca con otro. Allí, en el sur de Ohio, te despertabas con los ladridos de los perros callejeros y siempre tenías presente la sombra de los lobos grandes.

—¿Cómo se dice el nombre del pueblo? —preguntó Trustin—. ¿Breathed?

—No con el sonido de la i de brisa . —Papá miró a Trustin por el retrovisor—. Sino con el de la e de brezo , pero en lugar de la o del final, pronuncia una t .

Por todos lados, las colinas se alzaban como una gran exclamación del hombre al cielo. Conocido como las estribaciones de los Apalaches, el macizo de arenisca desprotegida formaba crestas, precipicios y cañones tallados y moldeados por el deshielo de los glaciares. Cubierta de una mezcla verde de musgo y liquen, la antigua arenisca recibía los nombres de las cosas a las que recordaba. Estaba la Mesita de Té del Diablo, el Ciervo Cojo y la Sombra del Gigante. Los nombres se transmitían a cada nueva generación como si su valor fuese comparable al de las joyas de una familia.

No había carreteras ni calles que cruzasen las colinas y atajasen por el terreno, sino caminos, como los llamaban los lugareños, como si para ellos las vías cubiertas de tierra no fuesen más que senderos ensanchados. En Main Lane, la vía principal, estaba la tienda de ropa Saint Sammy’s, la juguetería Moogie’s, la tienda de ropa Fancy’s y otros negocios. Main Lane se bifurcaba en caminos residenciales donde cada casa tenía una biblia familiar y una receta suculenta de pan. Más lejos, el terreno estaba ocupado por granjas. Bajo su forma más saludable, Breathed era una madre y esposa que no se olvidaba de colgar las banderas de la barandilla del porche cada Cuatro de Julio. Bajo su forma más siniestra, era el sitio en el que podías morir desangrado sin una sola herida abierta.

Papá entró en Breathed despacio, como alguien que pone cuidado donde pisa. Pronto apareció un hombre canoso con un globo amarillo en la mano. Se encontraba en el linde del límite forestal.

—Hola, viejo amigo —gritó papá por la ventanilla abierta saludando al hombre con la mano.

—¿Landon Carpenter? —El hombre le devolvió el saludo—. ¿Eres tú de verdad?

Papá respondió con un breve bocinazo, y seguimos avanzando.

—Ese era el viejo Cotton Whithers —nos dijo a los niños mientras mirábamos hacia atrás al hombre que todavía agitaba los dos brazos.

—Veo que no ha dejado de mandar cartas —observó mamá contemplando cómo el globo amarillo se elevaba en el cielo.

Centré mi atención en el pueblo. Ya habíamos vivido en parajes agrestes. Árboles de una altura de la que carecían los hombres. Prados de una belleza equivalente a la de las mujeres. Sin embargo, en Breathed había algo distinto. Ese sitio parecía inspirar y espirar como si no fuese un pueblo creado por el hombre, sino un lugar nacido de él. Tenía ganas de escribir un poema a Breathed. Rimaría las palabras si no me quedaba más remedio, pero las pronunciaría como si lanzase piedras a un río. Esa parecía la única forma de representar un lugar en el que los caminos de tierra parecían pitones pardas tendidas en el suelo, cuyas escamas reflejaban la luz del sol.

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