Mucho problema no se hizo, ya estaba muy cansado y en un lugar desconocido, con las últimas luces del día fue a un pequeño Almacén a comprar algo para cenar y desayunar al día siguiente. Fue allí cuando se encontró con una mujercita muy bella y seductora que lo dejó como un tonto enamorado. Era Priscila, la hija del dueño del Almacén.
Esa noche soñó hermosamente con ella, ni se acordaba de sus padres, de su hermano y eso que le daba temor viajar a la gran ciudad como él la llamaba.
A la mañana siguiente, una brisa agradable con el sonido del canto de los pájaros y el batir del agua se levantó sintiendo una paz indescifrablemente encantadora, tan encantadora como Priscila que estaba pasando dirigiéndose hacia el lado contrario del almacén. Saltó de la silla y salió a saludarla, a lo que ella respondió con una sonrisa y con la pregunta si ya había ido al río. Rápidamente Braian se preguntó para sí mismo ¿río?, pero como no se daba cuenta contestó que todavía estaba desayunando. Ella se fue diciéndole chau, te veo después, no demores.
Braian desayunó tranquilamente mientras pensaba en la palabra río. Al salir y observar el lugar a pleno sol, sin duda entendió. Muy cerca había un río y no muy lejos del Bar había ido Priscila seguramente a nadar o a tomar sol.
Al salir casi pisa dos paquetes de regalo con una tarjeta, uno para para Peggy y otro para Julián. Como cosa de niño agarró una lapicera que encontró e impulsivamente pensando en Priscila, agregó a la tarjeta de Julián: PARA MI AMOR, quedando entonces en la tarjeta el escrito: "Para mi amor Julián".
Luego Braian se dirigió hacia el río siguiendo los pasos de Priscila. Se encontró con aguas maravillosas, serenas y una vegetación que hacía del lugar un sitio paradisíaco.
No vio a Priscila, pero sí a un hermoso velero.
Se sentó en el pasto dejando ir muy lejos su mirada, hasta que llegó un momento en que todo se desvaneció. Fue justo en ese instante que en su interior se preguntó por su hermano, pensando qué diablos hacía él en ese lugar, sobreviniéndole una terrible angustia, no se hallaba cómodo con él mismo. Pero en ese mismo momento observó que el velero se acercaba, regresaba y como bien curioso quiso saber si Priscila se bajaría de él o tal vez ella estuviera en otro lugar.
Realmente fue Priscila la que descendió, y sola, nadie la acompañaba.
Ella al verlo levantó la mano saludándolo con mucha alegría. Al encontrarse le comentó que era el velero de su familia y desde chica estaba acostumbrada a navegar, ahora ya lo podía hacer sola y consideraba que era una buena manera de empezar el día.
Braian al verla tan seductora, tan transparente y a su vez sintiéndola inocente, se apoderaron de él unos deseos desconocidos. Sólo la había visto dos veces y había hablado muy poco con ella. De repente se convirtió en una fiera desbocada olvidándose de todo y de todos, sólo valoró el momento. Y ella, tan jovencita se presentaba como una niña curiosa por descubrir aquello que todavía no había sentido.
Regresaron caminando tranquilamente y quedaron en dar un paseo más a la tardecita y así ocurrió.
Priscila lo pasó a buscar, estaba extremadamente preciosa, delicada, sensual, parecía confundirse con el paradisíaco paisaje. Sumamente bella. Caminaron juntos bastante tiempo hasta que no dejaron pasar un instante ni un leve pensamiento coherente por sus mentes que sus cuerpos se fundieron plenamente.
Ya ninguno de los dos eran los mismos, se puede decir que el sentimiento, las sensaciones y la emoción del momento los transformaron. Salieron de sí hasta que después de mucho tiempo recuperaron el aliento de todos los días y cada uno se dio cuenta de cuánto habían sentido, cuánto se gustaban, pero sin entender el cómo llegaron a tanta pasión.
PINTADO POR ANA MARÍA
El silencio de ambos y sus miradas fueron la despedida. Braian se durmió enseguida como si estuviera flotando en una nube que lo acunaba, pero al levantarse dudó de lo ocurrido, preguntándose si habrá sido un sueño de muchacho joven. Al mismo tiempo se dijo joven y descocado. Se puso la ropa como pudo, cerró, tomó la moto celeste y se fue. ¿A dónde iría? ¿Qué pasaría por su cabeza?
Capítulo vii
Cuando Braian todavía no había llegado al bar
El día que Su Ann había llegado a Ezeiza, lo hizo después de haber estado llorando casi toda la noche durante el vuelo. En esas interminables horas pasaban muchos recuerdos por su cabeza. Hasta se podría decir que los veía. El Bar del Tigre, ahora de Peggy y Julián, en un principio perteneció a la familia de Su Ann, sin que esto lo supiera Peggy. Con el tiempo la propiedad se vendió en varias oportunidades. Sus padres habían decidido venderla para que con ese dinero ella tuviera suficiente para sus viajes y para las primeras necesidades. Justo en ese lugar, el Bar en El Tigre, fue donde se despidieron de la propiedad que durante tantos años habían mantenido albergando recuerdos inolvidables. De allí a Ezeiza, se saludaron y nunca más se vieron ni se verían ya que sus padres fallecerían en un trágico accidente. Esa noche durante el vuelo esos pensamientos rumoreaban una y otra vez en su mente por lo que cuando descendió ni se acordó de Peggy, sólo quería ir al Bar. Una vez que el Autobús de Tienda de León la dejó en la Central de ellos, tomó un taxi hasta el Tigre, luego una embarcación y así llegó a aquel antiguo Bar que algún día también le había pertenecido. Conocedora de cómo entrar y salir, ingresó en él sintiendo el reencuentro con sus padres y su vida pasada, y así se quedó dormida en el hermoso sillón que encontró. Al día siguiente recorrió el lugar llevando en sus manos una hermosa cajita, ya que ella pensaba que sería el contenedor de aquellas cosas producto de la naturaleza que más recuerdos le traían y así pasaría a ser su caja mágica, su caja de la suerte.
Después de mucho tiempo, había regresado a la que un día fuera de su propiedad y al ir al baño encontró el perfume que Peggy siempre había usado. Abrió con cuidado el pequeño envase y recordó todo lo vivido con Peggy hasta que su lento reaccionar, tal vez por el cansancio o el shock de las emociones, se dio cuenta que se había puesto de acuerdo con Peggy que la iría a buscar a Ezeiza y la hospedaría en su nueva casa. Se agarró la cabeza repitiendo una y otra vez lo desconsiderada que había sido, irrespetuosa, no tenía perdón lo que había hecho, olvidarse así de su fiel amiga. Muy enojada con ella misma, agarró sus valijas y bolso de mano y se fue, sin darse cuenta que de los regalos que traía, justamente el de Peggy y el de Julián se le habían caído del bolso de mano que no llegó a cerrarlo de lo apurada que estaba para irse.
Tan enloquecida estaba que no pensó que caminando con tacones, llevando maletas y demás, no llegaría lejos, aunque pudo acercarse hasta el Almacén del padre de Priscila que se compadeció ante lo contado por Su Ann y colaboró llevándola hasta el embarcadero mientras Priscila se quedaba a cargo del negocio, ya que solamente vivían ellos dos. Su mamá había fallecido cuando ella nació.
Agradeciendo al señor, por fin tomó la embarcación y llegó al otro lado del río. Al levantar la mano, de inmediato un taxi se detuvo, mientras tanto llamaba a su amiga para poder darle la dirección exacta al taxista, que sería donde tendría que llevarla. Al tomar el celular lo encontró sin carga eléctrica. Se le sumó otra cosa más, entonces decidida y con rapidez le dijo al chofer que la lleve a Palermo Viejo –que era la zona que ella mejor conocía– y que la acercara a un bonito Café. Su Ann tenía pensado quedarse tomando algo mientras cargaba el celular y así podría llamar a su amiga.
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