Ciertamente, las diferencias y distanciamientos políticos e ideológicos son más notables cuando quienes forman parte de la Generación de 1837 empiezan a transitar los años de madurez política e intelectual. Sin embargo, para quienes ocupan posiciones más periféricas o menos centrales dentro de este colectivo intelectual generacional, la pertenencia a la Generación de 1837 es un capital social, es decir, un conjunto de las relaciones sociales que dispone un individuo o un grupo que le costó trabajo adquirir y mantener (Bourdieu, 1980: 2-3), del que se puede sacar provecho para tener algún tipo de influencia en el campo político y cultural entre 1850 y 1880.
Una sociabilidad no implica siempre relaciones de amistad, aunque entre los miembros de la Generación de 1837 sí las hubo. Algunas de ellas nacieron de encuentros fortuitos entre niños que compartían sueños y gustos como Alberdi y Cané mientras que otras se basaron en la complementariedad de personalidades diferentes, cuando no opuestas. Tal fue el caso de Aberastain con Sarmiento, y los pocos momentos de su vida en los que este último tuvo una relación de cierta fraternidad elegida con Alberdi.29 Por ello, se puede decir que la explicación que da Émile Durkheim (2016: 149-150) en La División del trabajo social de las formas en que surge la amistad, se aplica bastante bien a este caso:
Todo el mundo sabe que amamos a quien se nos parece, a quienquiera piense y sienta como nosotros. Pero el fenómeno contrario no se encuentra con menos frecuencia. Ocurre muy a menudo que nos sentimos atraídos hacia personas que no se nos parecen, precisamente porque no se nos parecen. Estos hechos son en apariencia tan contradictorios que, en todos los tiempos, los moralistas han dudado acerca de la verdadera amistad y la han derivado tanto de una causa como de otra causa.
Quizás por rasgos de personalidad, solían ser más conciliadores, Frías y Gutiérrez,30 quienes tuvieron más amigos entre los miembros de la Generación de 1837, aunque ambos estuvieron severamente enfrentados cuando el gobernador de Santa Fe entre 1865-1868, Nicasio Oroño, promueve en una legislación que favorece la laicidad del estado provincial que el primero rechaza y el segundo aprueba. Pero, además de este rasgo subjetivo, Gutiérrez fue, junto con V. F. López, quien cambió más de lugar de exilio en la década de 1840 y, por eso, se ocupó de mantener contactos epistolares fluidos con gran parte de los integrantes de esta red social. En los momentos de mayor tensión política, por ejemplo, en los conflictos entre Buenos Aires y la Confederación, o cuando Alberdi (2002a: 21, 159-161, 195, 200-201, 215, 226-227, 263, 281, 323) hace una crítica demoledora de las presidencias de Mitre y Sarmiento, Gutiérrez les escribe a todos para recordarles el valor de aquella fraternidad que los unió. Por ello, Gutiérrez31 fue el amigo que compartían los miembros de la Generación de 1837 en los momentos en que se sentían más distanciados entre sí por controversias políticas e intelectuales. Y, en un sentido más teórico pero no menos ligado a la emoción, también lo fue Alexis de Tocqueville, a quien leyeron tempranamente pero cuyas enseñanzas no renunciaron ni al final de sus trayectorias intelectuales.
4. El sentido común tocquevilliano de la Generación de 1837
Al comienzo del capítulo se distinguió analíticamente entre tres tipos acepciones de sociabilidad: como categoría o herramienta heurística de la historia política, como término nativo del lenguaje político de la Generación de 1837 y como articuladora de una semántica política-conceptual. Aunque ahora hayamos priorizado la primera significación, la sociabilidad es un término plurívoco y sus sentidos se refuerzan o tensionan entre sí como veremos a lo largo del libro.
En este capítulo presentamos a los miembros de la Generación de 1837 más como agentes sociales que como individuos singulares, que participan de espacios más o menos formalizados institucionalmente como asociaciones o sociedades y que se relacionan entre sí a través de vínculos afectivos, a veces más emotivamente arraigados a veces pragmáticos o utilitarios que permiten acceder a determinadas jerarquías del orden social. Al ser una sociabilidad política e intelectual, la Generación de 1837 interviene en el proceso construcción de la sociedad argentina moderna, requisito indispensable para la realización de su propio proyecto de nación, que tiene en la concepción tocquevilliana de democracia como estado social un axioma político fundamental. Por ello, de aquí en adelante la Teoría Política, construida con elementos de filosofía política, la historia del pensamiento político, la sociología política y la semántica conceptual, tomará la palabra.
A pesar de las diferencias políticas, culturales y hasta personales entre los miembros de la Generación de 1837, hay una notable convergencia que los mantuvo unidos a lo largo de los años: la concepción de la democracia como estado social. Esta interpretación de la democracia moderna más como forma de sociedad que como régimen político está inspirada en sus lecturas juveniles y sus relecturas maduras del primer tomo de La Democracia en América de Alexis de Tocqueville publicado el 21 de enero de 1835. En la introducción se afirma que el desarrollo gradual de la igualdad de condiciones es un hecho de la providencia, universal, durable y que los seres humanos no pueden controlar: va a suceder lo querramos o no (Tocqueville, 1961 I: 4).
Un testimonio clave de la consciencia que tenía la Generación de 1837 de esta afinidad con la interpretación tocquevilliana de la democracia moderna se encuentra encuentra en el Dogma Socialista (Echeverría, 1940: 199), documento fundacional de la Generación de 1837: “que el desenvolvimiento gradual de la igualdad de clases, es ley de la Providencia, pues reviste sus principales caracteres; es universal, es durable, se substrae de día en día al poder humano y todos los acontecimientos, todos los hombres conspiran sin saber á [sic] extenderla y afianzarla”. Esta cita no precisa, como era común en la época, ni la página ni el libro del que fue extraída pero sí menciona a su autor, Tocqueville. Y está colocada en el comienzo de la palabra simbólica titulada “Organización de la patria sobre la base democrática”. La ruptura con el orden colonial implicó, por un lado, la guerra, y, por el otro, una democratización de las relaciones sociales que no tuvo correlato en la conformación de un orden político estable e institucionalizado hasta la sanción de la Constitución de 1853. Incluso entre ese año y la incorporación de Buenos Aires a la República Argentina en 1860 no hubo una única unidad política.
En 1840, dos años después del Juramento del credo que incluía esta palabra simbólica, Juan Bautista Alberdi publicó en Montevideo un fragmento del primer tomo De la Democratie en Amérique traducido en español con el objetivo de justificar, a partir de los argumentos culturalistas de Tocqueville, por qué el liberalismo constitucional era imposible en el Río de la Plata (Myers, 2004: 171).
En octubre de 1846, meses después de la publicación de la Ojeada Retrospectiva que Esteban Echeverría agrega al Dogma, el poeta confiesa a Juan María Gutiérrez y a Juan Bautista Alberdi que está escribiendo una obra que lleva por título La democracia en el Plata (Echeverría, 1940: 437). Este texto quedó interrumpido con la muerte de Echeverría en 1851, pero da cuenta que los otros miembros de la Generación de 1837 estaban dispuestos a cumplir con la tarea de analizar la sociabilidad de las repúblicas sudamericanas y su impacto en la revolución democrática desencadenada por los procesos de emancipación política de la década de 1810-1820.
Muchos años después, en 1887, Bartolomé Mitre, cuando ya había sido presidente (1862-68) y había roto su vínculo político-personal con muchos de sus amigos de las década de 1840-50, publica su Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana, donde el héroe es un epifenómeno de una revolución democrática que lo trasciende y encuentra en él la figura representativa de la pasión de un pueblo por la igualdad:
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