Bueno, avancé hasta la ventana, desde donde se pueden ver el jardín y el cielo. El firmamento estaba estrellado y muy bonito, pero no había luna. Me fijé en una linda estrella, más grande que las otras. Era un gran lucero como de color azul. Mi mamá me había enseñado a pedir deseos a las estrellas. Sobre todo a esas que corren y a las que llaman meteoritos, que son pedazos de otros mundos que se murieron.
Miré fijamente la estrella y deseé que aquella niña grande del colegio que me molestaba mucho fuese mi amiga, o por lo menos que no fastidiase... Fue un deseo lanzado al cielo.
De pronto, la estrella se agrandó y su luz se hizo más intensa y empezó a bajar girando sobre sí misma. Sentí tanto miedo que lo único que se me ocurrió fue correr y meterme en la cama debajo de las mantas. ¡Estaba temblando!
Como pasó un buen rato sin que nada especial ocurriera, bajé un poquito las sábanas para poder ver algo, y como todo parecía normal –porque hasta la luminosidad había desaparecido–, me relajé y suspiré. Entonces sentí que algo pesado se sentaba en la cama; creí que era mi gatito «Chuchi», que había subido para hacerme compañía.
«Chuchi» es un gato de pelaje rubio y blanco de tres años. Es tuerto de un ojo y camina mal porque tiene dañadas las patas traseras. Lo encontramos en la calle cuando era muy pequeño. Al parecer lo había atropellado un coche o lo había maltratado un perro. Mi mami lo quiere mucho por ser minusválido; creo que se dice así. Mamá me ha explicado que, cuando a uno se le limita en un aspecto, su capacidad se incrementa en otros… Y sí que es cierto porque «Chuchio» es un gato muy inteligente y engreído.
Encendí mi lámpara de la mesa de noche para coger a «Chuchi» entre las manos y meterlo en la cama conmigo, pero no estaba. Me asusté y fui a ocultarme en la cama de mi hermana. Ella, como tiene el sueño muy pesado, ni siquiera se enteró, pero por la mañana yo tenía su largo y abundante pelo metido en los ojos y las orejas.
Durante el desayuno les conté a mis padres lo que me había pasado y ellos me preguntaron por qué no los había llamado. Me daba pena molestarlos sabiendo que trabajan tanto y se acuestan muy cansados. Por otro lado, mi hermana se reía ante mis quejas de que casi me había asfixiado con su cabellera.
Cuando le pregunté a mi papá qué podía haber sido eso, dejó su periódico y, mirándome mientras sonreía, me preguntó si no me habría confundido con algún planeta cuya luz y tamaño suelen hacer que se vean más grandes que las estrellas.
–¡No!... Se movía y giraba –dije yo.
–Era un avión. Por aquí pasan muchos –dijo Yaya.
–¡No! Yo sé que no lo era –repliqué molesta.
–Bueno, bueno... no te enfades, Tanis –intervino mi papá–. A veces en el cielo se pueden observar extraños objetos a los que los científicos llaman «OVNIS» (Objetos Voladores No Identificados). Estos objetos pueden ser basura espacial, restos de cohetes y satélites terrestres que se han quedado dando vueltas alrededor de la Tierra y luego se caen; también podrían ser aerolitos, reflejos de luces de carretera o de la ciudad en las nubes, nubes caprichosas, fenómenos atmosféricos, espejismos, armas secretas, y también...
–¿También qué, papá? –pregunté insistiéndole para que continuara.
–Por qué no, naves espaciales de otros mundos y civilizaciones más avanzadas que nosotros interesadas en observarnos. Pero no es tan fácil poder distinguir a los OVNIS a menos que el avistamiento sea cercano y el objeto observado se comporte de una forma totalmente diferente a todo lo que conocemos, y sobre todo de manera inteligente.
Mi padre había terminado su café con leche y se puso a ordenar las páginas del periódico. Me bajé de la silla llevando mi taza con sumo cuidado a la cocina, y luego regresé y me paré a su lado y le pregunté:
–¿Entonces hay otros planetas como la Tierra?
–En verdad ¡hay muchísimos mundos! Más que arena del mar... –contestó él, dejando el periódico a un lado y alzándome con sus fuertes y cálidos brazos, y colocándome entre sus piernas. Me estrechó en su pecho y yo estaba tan a gusto allí que no quería que terminara ese momento.
–Pero, ¿como la Tierra? –insistí.
–Es muy probable –contestó él, siempre prudente.
–¿Y habrá vida allí? –volví a cuestionar.
–Tiene que haberla, y algún día lo sabremos... –dijo mi papá–. El universo es demasiado grande y el amor de Dios es inmenso, de tal manera que el milagro de la vida debe ser algo muy común. Hace poco los científicos descubrieron que hay peces, cangrejos y hasta algas que viven en total oscuridad en las profundidades del mar, donde pareciera imposible la vida, y el calor que sale de las chimeneas submarinas o de las grietas con lava volcánica del fondo de la Tierra les basta.
–¡Sí!, me acuerdo de que en un dibujo animado aparecían unos peces a los que les salía del cuerpo como una lamparita que iluminaba el fondo del océano. Pero eran horribles y grandes –comentó Yaya.
–Además –continuó mi papá–, los científicos han descubierto que en el espacio está el principio de la vida; las moléculas orgánicas, que son como semillas, se encuentran en grandes cantidades flotando con el polvo cósmico entre las galaxias. Los meteoritos arrastran esas pequeñas partículas de vida y bombardean los mundos trayendo y llevando la vida de un lado a otro. Como el viento entre las islas del mar, transportando las simientes de los árboles y las plantas.
Yo entendía poco, pero qué agradable era ver y escuchar a mi papá hablando con palabras tan grandes, esforzándose por que yo entendiera de la forma más sencilla cosas tan complicadas.
–¡Además! –dijo mi mamá, que venía desde la cocina secándose las manos con una toalla–, hasta hace pocos siglos se pensaba que la Tierra era el centro del universo, que su forma era plana, y se desconocía que América existía.
Ella había estado escuchando atenta nuestra conversación y quiso participar.
«¡Qué tremendo! ¿Cómo es posible que la gente mayor creyera semejantes cosas hasta hace tan poco tiempo?» me pregunté en silencio.
Sea lo que fuera, lo que había visto aquella noche me había pegado un buen susto.
Volví al colegio ese nuevo día, y tras algunas horas de clase, salimos al patio. Allí vi a aquella niña con la que tenía problemas. Estaba al lado de una columna, sola; una profesora la había reñido por agredir a una compañera. Las demás niñas de la clase también la rechazaban y le tenían miedo por su forma de ser, abusiva y peleona. Recordé mi visión nocturna de la estrella e imaginé que algún día sería posible acercarme a ella y ayudarla a cambiar.
Por la noche, mientras mi mamá me terminaba de arropar en la cama le pregunté qué debía hacer si aparecía nuevamente la luz. Me juntó las manos y, tomándolas entre las suyas, hizo una pequeña oración al Ángel de la Guarda, un ser de luz –según ella– que cuida por encargo de Dios a los niños y a las personas buenas. Al terminar esa plegaria me miró a los ojos y dijo que como habíamos orado con mucho amor y fe nada malo podía pasarme y que, si volvía a aparecer, sería una luz buena y nada debía temer.
Aquella noche no ocurrió nada especial, ni tampoco durante todo ese mes. Pero estuve soñando bastante con seres luminosos que me llamaban por mi nombre y me daban la mano para que los acompañara; y, según lo que recuerdo, me llevaban a lugares maravillosos y coloridos donde había muchos otros niños a los que se les estaban enseñando cosas muy importantes, ¡pero al aire libre!
Llegué a pensar entonces:
–¡Qué lata, hasta en sueños voy al colegio!
* * *
Al mes siguiente, una noche en que me encontraba acostada abrazada a mi peluche, al que llamo «Cotito» –es un ratón de color marrón grande–, un ruido muy intenso me despertó. Era como un enjambre de abejas que hubiesen entrado juntas en mi habitación. Al incorporarme y sentarme en la cama vi una luz redonda que se balanceaba detrás de la cortina del lado exterior de la ventana. No era muy grande, sino como del tamaño de la pelota de voleibol de mi hermana. A ella no le gusta prestármela, pero como no puede jugar sola, lo hacemos juntas en el jardín de la casa. Yaya juega muy bien; está en el equipo del colegio.
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