Marcos Pereda - Periquismo

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En 1983, el ciclismo español se encontraba en un coma profundo: la secreta línea de continuidad que llevaba de Trueba a Fuente y Ocaña, pasando por Berrendero, Ruiz, Loroño, Bahamontes o Jiménez, se había roto. Con la retirada del conquense y del asturiano, con la decadencia del legendario Kas, con la ausencia cada vez más notable de ciclistas hispanos en las carreteras del Tour, una de las tradiciones más ricas de este deporte se había quebrado. Evidentemente, hubo excepciones. Pero, en general, todo era un páramo. Un larguísimo túnel del cual Pedro Delgado salió como una centella.
"¿Qué se te ha perdido a ti en el Tour? —le preguntaban a José Miguel Echavarri, director deportivo, en las vísperas de julio de 1983—. Si allí no tienes nada que ganar, si no vais a terminar ninguno". Y Echavarri callaba. Sonreía.
Esta es la historia de un ciclista diferente, de una figura irrepetible, carismática, imperfecta y genial. Es la semblanza de un momento en la historia de España, de un instante en el que todo un país aspira a imaginarse otro, en el que tantas personas se dejaron seducir por un deportista de sonrisa fácil y gesto carismático. Una leyenda.

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En 1984, Laurent Fignon, el rubito parisino que había vencido doce meses antes, se disfrazó de divinidad en el Tour de Francia y empezó a hacer cosas que estaban fuera del alcance de los demás. Igual que más tarde Michael Jordan contra los Celtics, Fignon no era, sencillamente, de este mundo. Dominó en todos los terrenos, de manera titánica, apoyado por un equipo agresivo y en forma estratosférica, y bajo la dirección del gran Cyrille Guimard, lo que en aquellos años era garantía de éxito. Y, además, tuvo enfrente a Hinault.

Bernard Hinault no era el mismo. Después de machacarse la rodilla en la Vuelta y tener que recomponerla, cachito a cachito, en un quirófano, las fuerzas del bretón están maltrechas. No así su fiereza, claro. Y es que Hinault era de esos que devuelven los golpes, de los que pueden parecer muy sosegados cuando están tranquilos, pero se revuelven violentamente cuando se los molesta. En otras palabras, Hinault es siempre más agresivo cuando marcha mal, porque busca castigar a aquellos que antes lo han castigado a él. Hacerles sufrir como él lo hizo. Y en aquel Tour lo iba a probar más que nunca. Superado por Fignon en todos los terrenos, perdiendo un goteo incansable de segundos y minutos en cada etapa importante (prólogo aparte), sólo el orgullo seguía sirviendo de acicate al viejo campeón. Orgullo con sabor a sal, a Atlántico furioso, a palabras masculladas en Ar Brezhoneg saltarín y anguloso. Porque para Hinault el dolor no era lo peor, lo era la rendición. Y esa no se negociaba. Así que atacó, atacó en cada recoveco, en cada esquina de aquel Tour inolvidable. Y fue siempre, siempre, remachado por Laurent Fignon, por el parisino que acabó encontrando en la oposición enconada, terca, del antiguo campeón la mejor forma de motivarse para alcanzar la belleza. Y así, quienes fueron enemigos, acérrimos, devienen hoy en inseparables, seguramente necesarios. Complementarios. Todo sea por lograr la inmortalidad, que es una de las pocas aspiraciones que en verdad merecen la pena.

Alrededor de ellos giraba el resto del pelotón, incapaz de hacer frente a esa descarga de genio y agonía que iban poniendo sobre la carretera ambos franceses. Estaba LeMond, claro, y los colombianos, y Arroyo, y Millar, y también Delgado. Delgado ascendiendo puestos en cada etapa de montaña. Delgado, que llegaba al día de Morzine, a la subida a la Joux Plane, con posibilidades de dar un buen salto en la clasificación. Y entonces ocurrió. La segunda imagen de Perico.

Por delante del pelotón de los favoritos marcha Ángel Arroyo, el abulense que un año antes hizo segundo en París por detrás de Fignon, y que ese julio estaba brillando menos. La etapa parece asegurada, éxito para Reynolds, día de fiesta, en la cena champán. Y Pedro, siempre imprevisible, decide sumarse a la exhibición.

En aquel momento, Delgado era octavo en la general, aunque con serias posibilidades de subir hasta el quinto o cuarto puesto. Luchaba, además, por el maillot a puntos rojos de Rey de la Montaña, que llevaba entonces Robert Millar (figura recurrente, némesis, sombra al fondo). Ambos objetivos eran alcanzables, quizá más el primero, por lo que Perico salta, sin pensárselo, casi en la cima de Joux Plane, dispuesto a recortar un puñado de segundos a los favoritos y, de paso, completar el festival de su equipo. Ya se veía entrando en meta con el brazo en alto, saludando a Arroyo, sonriente. Que todos lo vieran, que se fijaran las cámaras de televisión. Habían vuelto.

La bajada de Joux Plane tiene fama de ser una de las más complicadas y traicioneras de Francia. Asfalto rugoso, en algunas curvas derretido por el calor. Virajes que se van cerrando y cerrando, que dejan al ciclista vencido si ha entrado demasiado rápido. Sombras por doquier que disimulan baches, que esconden peligros. Pendiente y mucha, mucha velocidad.

La segunda imagen de Perico en sus primeros años es la sangre. Sangre que mana por debajo de la manga derecha de su maillot. Gesto de dolor, casi lágrimas en los ojos. Una rueda que se va, gravilla en el piso, un cuerpo al suelo. Delgado lo nota desde el primer momento. Su clavícula se ha roto. No habrá doblete en Morzine, no habrá cuarto puesto en la general, ni ilusiones, ni París. Nada de eso existe ya. Sólo dolor, sangre y dolor. Jamás le gustará a Pedro la bajada de Joux Plane. Allí se dejó la piel en 1984, allí se le escapará un poco del Tour tres años después.

La segunda imagen de Pedro Delgado es la sangre.

Tercera imagen. Invierno

Invierno en primavera, oscuridad, frío y lluvia. Nieve en las cumbres, desconcierto en los valles, caras ateridas, mejillas gélidas. Y la sorpresa, claro. La tercera imagen de Perico Delgado es la más particular, la que mejor define, seguramente, toda su trayectoria como ciclista. Sí, más que Luxemburgo…

Robert Millar era un ciclista pequeñito y fibroso. De pocas palabras, algo arisco con los periodistas, un hombre hecho a sí mismo que tuvo que emigrar muy joven a Francia desde su Escocia natal para cumplir el sueño de hacerse corredor. Eso curte, seguramente, hace que madures antes, que cultives una cierta independencia.

Robert Millar era, además, un tipo pintoresco. Al menos para esa España pacata y aún desperezándose que saludaba los primeros meses de 1985. Porque olviden la Movida, los grupos de música y todas esas cosas que hoy en día nos han querido vender… Eso fue, claro, Madrid, o Vigo, o Barcelona, o alguna ciudad más o menos grande. Pero España era, sobre todo, un espacio rural, un inmenso mar interior que entraba poco a poco en la modernidad. Apenas un par de años antes Laurent Fignon hablaba de las incomodidades casi decimonónicas que tenían algunos alojamientos de la Vuelta en pequeños pueblos de los Pirineos o la cordillera Cantábrica. Sitios legañosos, casi detenidos en el tiempo. Eso.

Y allí, claro, Robert Millar era un personaje distinto. Diferente. También incómodo. Porque tenía el pelo rizado, porque su estilo era atildado, porque no hablaba con los periodistas más que con monosílabos, apenas dos palabras con sus compañeros. Educado y cortés, pero distante.

Cómo no iba a pasar lo que acabó pasando.

Pero hasta llegar a eso asistimos a una prueba distinta, apasionante, con continuas alternativas y comportamientos oscuros por parte de algunos de sus protagonistas. Entre ellos, claro, Pedro Delgado.

Visto con el paso de los años aquella fue una Vuelta extraordinariamente simbólica. Por lo que pasó, por sus intérpretes, por aquel país que cambiaba. Fue, por ejemplo, la última ronda antes de que España entrase en la Unión Europea. La primera ganada por quien habría de ser el ciclista español más popular de siempre. La inicial gran victoria de Perico. Y una muestra perfecta de lo que la leyenda, el desconocimiento y los susurros pueden hacerle a una carrera. Ni más ni menos que engrandecerla hasta no distinguir realidad de ficción.

El maillot, lo primero es el maillot, el que viste Delgado. Ahora es de color azul con ribetes blancos. Orbea, pone, y también MG. El gran cambio, el definitivo salto a la cultura popular, seguramente.

Al final de la temporada anterior Perico Delgado decide aceptar la oferta de Txomin Perurena, y abandona el navarro Reynolds para fichar por el vasco Orbea. La vieja firma de armas, de munición, aquella que había nacido en el siglo xix en Eibar y que había tenido que reconvertirse tras el final de la Primera Guerra Mundial, encontrando la solución en los tubos, los cuadros, las bicicletas. Una de las marcas señeras, que vio como su producción caía en picado en los años sesenta y tuvo que integrarse en la Cooperativa Mondragón y trasladar su sede a la vizcaína localidad de Mallavia. Historia y tradición, representación, también, de una determinada forma de hacer las cosas, de un carácter, de un estilo. Y muchos millones.

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