Nell encontró una mesa cerca de la puerta y se sentó para observar cómo Suze se abría paso entre la multitud hacia la barra, haciendo que los hombres la miraran dos veces cuando pasaba pero sin que ella los notara. Nell miró a su alrededor, con la esperanza de divisar a Riley, y se paralizó cuando llegó a la barra. Allí, un hombre que se parecía mucho a Gabe estaba conversando con una morocha muy atractiva que se parecía mucho al Almuerzo Caliente. Entrecerró los ojos para ver mejor a través del humo. Sí, Gabe y Gina. Sintió náuseas un momento, como si le hubieran pegado en el estómago, y después miró para otro lado. Si Riley había armado esto para que ella se pusiera celosa y regresara, iba a lastimarlo. Y si no era así… Gina Taggart, pensó. ¿Acaso Gabe era estúpido? Él, más que nadie, sabía cómo era ella.
Por supuesto que si no estaba buscando una relación permanente, las características de Gina eran probablemente lo que él quería.
Hombres.
Nell se reclinó contra el respaldo, derrotada, y dejó que la oscuridad y la música la cubrieran. La música era bastante mala pero la oscuridad estaba bien. Ocultaba el hecho de que no le importaba dónde estaba Riley y que le importaba desesperadamente qué estaba haciendo Gabe con Gina. Miró hacia la barra, pero se habían ido. Eso le dolió mucho más de lo que debería haberle dolido. Miró su reloj. Sólo eran las nueve menos cuarto. Gabe se movía rápido. Pero eso ella lo sabía.
– ¿Entonces qué tienes para mostrarme, niña? -dijo Riley, tomando la silla que estaba a su lado y sobresaltándola.
– ¿Qué? Oh, yo también me alegro de verte. -Nell tuvo dificultades para abrir la cartera, tratando de olvidarse de Gabe y Gina-. Esto. -Le pasó el boletín y señaló la foto-. Esos son Stewart y su secretaria.
Riley entrecerró los ojos para ver la foto.
– Y si hubiera luz aquí, yo tal vez podría verlos.
– Su secretaria era Lynnie Mason -dijo Nell, y Riley dejó de actuar como un ser superior.
– Jesús. ¿Lynnie y Stewart?
Nell asintió.
– Si estabas preguntándote quién planeó lo de la estafa, fue Lynnie. Ella me dijo que era hábil con el dinero, y no cabe duda de que hizo un buen trabajo en tu empresa.
– A Gabe le gustaría ver esto -dijo Riley, mirando a su alrededor.
– Se fue con Gina Taggart -dijo Nell, tratando de no sonar patética.
– Él no es tan tonto. -Riley la estudió a través de la penumbra-. ¿Estás bien?
– Sí. No tienes que salvarme otra vez de mi destruida vida amorosa.
– Yo no te salvé la primera vez. Fuiste tú misma. Yo sólo aporté una distracción.
– Bueno, gracias por eso -dijo Nell y, siguiendo un impulso, se inclinó hacia adelante y le dio un beso en la mejilla-. Eres especial, ¿sabías?
– ¿Yo? No -dijo Riley, pero se veía confundido y complacido. Después miró más allá y frunció el entrecejo-: Oh, mierda. -Le pasó el boletín-. Quédate aquí.
Nell dirigió la vista hacia donde él había estado mirando y vio a Suze atrapada contra la barra por un tipo alto.
– Ella puede cuidarse sola -comenzó a decir y entonces el tipo se inclinó hacia adelante y se dio cuenta de quién se trataba-. Ve -dijo, y Riley fue.
Suze había ido a la barra a pedir dos Coca-Cola Diet y mientras esperaba recorrió el salón en busca de Riley. El lugar estaba atestado, pero Riley no se veía por ningún lado. Las Cocas estaban tardando, y cuando las pagó y se volvió a buscar a Nell, se encontró con un tipo alto que la miraba con furia.
– Permiso -dijo ella cuando él la examinó más cuidadosamente. Excelente, justo lo que necesito, una conquista-. Mira, no estoy interesada, ¿de acuerdo? No te ofendas, pero…
– Ya me parecía -dijo el hombre, arrastrando un poco las palabras-. Fue difícil darme cuenta desde el otro lado del salón, pero ya me parecía.
– ¿En serio? -dijo Suze, tratando de esquivarlo-. Te felicito. Ahora, si me permites…
– Tú robaste a mi perra -dijo el hombre y se aproximó más, y Suze pensó: Farnsworth , y retrocedió un paso y chocó contra la barra.
– No sé de qué estás hablando -dijo ella, buscando al camarero. Seguramente había personal de seguridad en ese bar. El tipo estaba ebrio.
– Voy a hacer que te arresten. Tú robaste a mi perra.
A ambos lados unos hombres se volvieron para contemplarla con gestos de apreciación, pero ninguno parecía inclinado a interferir. Grandioso , pensó Suze, tratando de deslizarse por la barra. Ya nadie quiere ser un héroe.
Farnsworth golpeó la barra con la mano, bloqueándole la salida; se acercó un poco más, casi tocándola, y dijo:
– No vas a ninguna parte…
– Oh, sí que se va -dijo Riley a sus espaldas, y él giró con el entrecejo fruncido, mientras Suze se deslizaba en otra dirección y se apartaba de la barra.
– ¿Tú quién eres? -dijo Farnsworth.
– Estoy con ella -dijo Riley con calma-. Deja de intentar conquistar a mi mujer.
Suze perdió interés en Farnsworth por completo.
– ¿Conquistarla? -rió Farnsworth-. Ella robó a mi perra.
– No, no lo hizo -dijo Riley, poniendo el hombro entre Suze y Farnsworth. Tenía unos hombros magníficos.
– Sí, ella…
– No -dijo Riley-. No lo hizo.
Sí, pensó Suze a sus espaldas. No nos provoques.
Farnsworth bufó:
– Un tipo duro.
– En realidad no -dijo Riley-. Pero me pongo tenso cuando molestan a la rubia. Vete.
– Ella me robó… -comenzó a decir Farnsworth, y esta vez Riley se acercó más, empujándolo contra la barra.
– Déjame decírtelo de otra manera -lo encaró Riley con la voz tranquila-. No la conoces, jamás la viste y jamás volverás a verla.
Farnsworth abrió la boca nuevamente y entonces miró la cara de Riley. Suze no pudo ver lo que el otro percibió porque Riley estaba de espaldas a ella, pero sí vio que el entrecejo de Farnsworth ya no estaba fruncido.
– Estoy seguro de que si la examinas con atención -dijo Riley en un tono razonable-, te darás cuenta de que nunca la habías visto. Hay muchas rubias de treinta y pico de años en esta ciudad.
– No como ella -dijo Farnsworth, mirando a Suze por encima del hombro de Riley.
– Las venden de a diez centavos la docena -dijo Riley, ahora con un inconfundible tono de amenaza-. Has cometido un error, eso es todo.
Farnsworth miró a Riley, a Suze y otra vez a Riley.
– De todas formas no me gustaba esa maldita perra -dijo y se apartó de la barra, y Suze exhaló.
– Ni se te ocurra recriminarme lo de diez centavos la docena -dijo Riley, volviéndose a ella.
– Creo que eres maravilloso -dijo Suze.
– Oh. -Parecía desconcertado, pero también sólido y cuerdo y honesto y de su lado.
– Y no sólo por él -dijo Suze-. Gracias por darme lo de Becca.
– Bueno, vas a hacerlo bien -dijo Riley, todavía intimidado-. Te necesitamos.
– Y por tratarme como una adulta. -Se arriesgó-: Una compañera.
Riley la miró con el entrecejo fruncido.
– Bueno, diablos, Suze…
– Y por mirarme como soy ahora y no pensar en mí con el uniforme de animadora ni decirme «Ya no eres joven, niña».
– ¿Qué? -dijo Riley.
– Vi las fotos que tomaste -dijo ella, sin mirarlo porque era vergonzoso-. Vi con quién se casó Jack y por qué me dejó.
– Oh -dijo Riley-. Sí, eras bonita.
Suze hizo una mueca.
– Pero nada que ver con la actualidad -dijo él, y la certeza de su voz le hizo levantar la cabeza a Suze-. Y nada que ver con cómo serás mañana. Tú tienes una de esas caras que se vuelven más nítidas y brillantes día a día. Cuando tengas ochenta años, la gente va a tener que usar anteojos de sol para mirarte.
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