– Por teléfono, Slade me dijo algo sobre que Randi podría no superarlo.
– Siempre existe esa posibilidad cuando hay lesiones tan graves como las que tiene tu hermana -habían llegado a las puertas de la Unidad de Cuidados Intensivos y ella, recordándose que tenía que comportarse como una profesional en todo momento, alzó la cabeza para mirarlo a esos ojos color acero-. Pero es joven y fuerte y está recibiendo el mejor cuidado que podemos darle, así que no hay necesidad de mostrar vuestras preocupaciones delante de vuestra hermana. Es cierto que está en coma, pero no sabemos lo que oye o siente.
»Por favor, por su bien, guárdate tus preocupaciones y dudas -él pareció estar a punto de protestar y, movida por el instinto, Nicole se acercó y le tocó la mano. Sus dedos se toparon con una piel que era dura y sorprendentemente encallecida-. Estamos haciendo todo lo que podemos, Thorne -dijo, pensando que él se apartaría-. Tu hermana está luchando por su vida. Sé que quieres lo que sea mejor para ella, así que cuando estés a su lado, quiero que seas positivo, que le des fuerzas y apoyo, ¿vale?
Él asintió, pero con los labios ligeramente apretados. No estaba acostumbrado a recibir órdenes ni consejos… de nadie.
– ¿Tienes alguna pregunta?
– Sólo una.
– ¿Qué?
– Mi hermana es importante para mí, muy importante. Eso lo sabes. Así que quiero que me aseguren que está recibiendo el mejor cuidado médico que se pueda pagar. Eso significa el mejor hospital, el mejor personal y, sobre todo, el mejor médico.
Al darse cuenta de que seguía dándole la mano, la soltó y sintió cómo la invadía una sensación de decepción. No era la primera vez que su aptitud había sido cuestionada y seguro que no sería la última, pero por alguna razón se había esperado que Thorne McCafferty confiara en ella y en su dedicación.
– ¿Qué intentas decir? -le preguntó.
– Tengo que saber que la gente que hay aquí, los médicos que le han sido asignados a Randi, son los mejores del país… o si hace falta, del mundo entero.
«Bastardo rico y engreído».
– Eso es lo que todo el mundo quiere para sus seres queridos, Thorne.
– La diferencia es -dijo- que yo puedo permitírmelo.
Se le cayó el alma a los pies. ¿Por qué le había parecido ver algo de ternura en sus ojos? Estúpida. Estúpida mujer idealista.
– Soy un buen médico, Thorne, y también lo son el resto de los que están aquí. Este hospital ha ganado premios, es pequeño, pero atrae a los mejores. Eso puedo asegurártelo personalmente. Médicos que han ejercido en ciudades importantes desde Atlanta a Seattle, Nueva York o Los Angeles, han acabado aquí porque estaban cansados de esa carrera de ratas… -dejó que las palabras quedaran claras y después deseó haberse mordido la lengua. Thorne podía pensar lo que le diera la gana.
»Vamos dentro. Ahora recuerda mostrarte positivo y, cuando te diga que se ha acabado el tiempo, no discutas. Márchate y punto. Puedes volver a verla mañana -esperó, pero él ni respondió ni protestó, simplemente se quedó apretando los dientes con una excesiva fuerza.
»¿Entendido? -preguntó ella.
– Entendido.
– Entonces nos llevaremos bien -dijo, aunque no lo creyó ni por un minuto. Había cosas que nunca cambiaban y Thorne McCafferty y ella eran como el aceite y el agua, nunca se mezclarían, nunca estarían de acuerdo.
Pulsó un botón y puso la cara contra la ventana para que una enfermera que estaba dentro pudiera verla. Después, esperó hasta que los dejaron pasar. Mientras las puertas eléctricas se abrían, sintió la mirada de Thorne posada en su nuca. Sin decir nada, la siguió y ella se preguntó hasta cuándo obedecería las normas del hospital y del médico.
La respuesta, sabía, era sencillísima.
No lo haría durante mucho tiempo.
Thorne McCafferty no había cambiado. Era la clase de hombre que jugaba según sus propias reglas.
¡No, ésa no podía ser Randi! Thorne bajó la vista hacia la pequeña figura inmóvil tendida sobre la cama y se sintió mareado, débil. Tubos y cables salían de su cuerpo y lo conectaban a unos monitores y a máquinas con indicadores y lecturas digitales que no entendía. Tenía la cabeza envuelta en una venda, el cuerpo cubierto con sábanas esterilizadas, una pierna alzada y rodeada parcialmente por un yeso. Las partes de cara que podía verle estaban magulladas e hinchadas.
Se le hizo un nudo en la garganta al verse allí, de pie, en ese diminuto cubículo delimitado por cortinas que se abrían a los pies de la cama y que daba al mostrador de las enfermeras. Cerró los puños con impotencia y una silenciosa furia ardió en su alma. ¿Cómo podía haber pasado algo así? ¿Qué estaba haciendo en Glacier Park? ¿Por qué su coche se había salido de la carretera?
El monitor del corazón pitaba suavemente y de forma constante, aunque eso no le reconfortaba al ver a esa extraña tendida en la cama que se suponía que era su hermanastra. Decenas de recuerdos le recorrieron la mente y aunque en un tiempo, cuando ella nació, había sentido envidia y rencor hacia la única hija de su padre, en el fondo siempre la había querido.
Randi había sido tan extrovertida y vital… Sus ojos brillaban cuando hacía alguna travesura, su risa era contagiosa, una niña que mostraba sus sentimientos. Sin ninguna malicia y creyendo que tenía todo el derecho a ser el ojito derecho de su padre, Randi Penelope McCafferty había arrasado en la vida. Del mismo modo, se había colado en el corazón de cualquiera con quien se había topado, incluyendo a sus renuentes y malvados hermanastros que habían jurado despreciar al bebé que, según veían sus jóvenes ojos, era la razón por la que sus padres se habían separado de una forma tan amarga.
Ahora, veintiséis años después, Thorne sentía vergüenza por esa hostilidad que había mostrado. Tenía trece años cuando su hermanastra había cometido la desfachatez de llegar a este mundo, con la cara colorada y llorando. Thorne se había mostrado terriblemente indignado al pensar en su padre y en la joven con la que se había casado y engendrado a esa niña. Y peor todavía era el escándalo que había rodeado la fecha del nacimiento, apenas seis meses después de la segunda boda de J. Randall. Había resultado demasiado humillante pensar en ello y le había supuesto muchas burlas por parte de sus compañeros de clase que, después de haber tenido siempre envidia al nombre, a la riqueza y a la reputación de los McCafferty, le habían encontrado mucha gracia a la situación.
¡Vaya! Había pasado mucho tiempo y ahora allí, en esa sala del hospital con pacientes cuya vida pendía de un hilo y con su hermana conectada a máquinas que la ayudaran a sobrevivir, Thorne se sentía un estúpido. Toda la vergüenza que había sentido ante el nacimiento de Randi había desaparecido en el mismo momento en que había contemplado ese pequeño e inocente rostro.
Al mirar dentro de esa cuna cubierta de encaje en el dormitorio principal del rancho, Thorne se había preparado para odiar al bebé. Después de todo, durante cinco o seis meses ella había sido la fuente de toda su furia y humillación. Pero al instante había quedado atrapado por la pequeña de cabello oscuro y ojos brillantes que no dejaba de agitar los puños. Parecía no querer estar allí, tanto como él había sentido que ella había perturbado su vida. La niña había llorado y montado un jaleo impresionante y el sonido que había salido de su diminuta laringe, como el de un puma herido, le había atravesado el corazón.
Él había ocultado sus sentimientos, se había reservado la fascinación que sentía por el bebé y se había asegurado de que nadie, y mucho menos sus hermanos y su padre, se enteraran de lo que sentía en realidad por la niña, de que lo había engatusado desde los primeros momentos de su vida.
Читать дальше