– Al parecer, engañó a todo el mundo. ¿Qué pasó con su familia?
– Vivían fuera del país, en Sudáfrica. Me prometió que iríamos a verla en una larga luna de miel, cuando no estuviera tan ocupado. Eso al menos fue verdad. Recibí una carta encantadora de su madre cuando él murió, agradeciéndome haberlo hecho tan feliz en sus últimas semanas de vida, e invitándome a visitarlos.
– ¿No sabían ellos cómo era Jonathan?
– Tal vez, sí. Tal vez estuvieran fingiendo no saberlo, como yo frente a ellos -lo miró. Tenía los ojos llenos de lluvia o lágrimas, el pelo pegado a la frente-. Lo primero que me alertó de que algo iba mal fue una llamada del banco para preguntarme si yo quería un crédito para cubrir el saldo deudor de mi cuenta. Hasta ese momento yo no sabía que tenía un descubierto en el banco. Pero él había sacado todo el dinero de mi cuenta del banco, de nuestra cuenta. Yo había puesto la cuenta a nombre de los dos al casarnos. Claro que él tuvo una excusa muy verosímil para justificarlo, diciéndome que lo había hecho para cubrir el coste de la compra de un caballo hasta que pudiera cobrar el cheque del nuevo dueño. Pero cuando llamé al banco para arreglar las cosas con ellos, descubrí que había sacado el título de propiedad de la casa de la caja fuerte.
– Pero no podía vender la casa sin que te enterases.
– No podía venderla. Pero necesitaba las escrituras para cubrir una deuda con un corredor de apuestas profesional. Entonces fue cuando su farsa llegó a su fin. Estaba esperando que llegase a casa para acusarlo por lo que había hecho, pero él no esperó a que sucediera eso. El corredor de apuestas le había dicho que no alcanzaba con las escrituras. Quería su dinero.
– ¿Y qué pasó con las escrituras?
– Está en manos de un administrador a nuestro nombre. Si quisiéramos venderla, tendríamos que ponernos de acuerdo todos, Lauren, los fideicomisarios y yo.
“Entonces Jonathan le había dicho la verdad. Que no tenía trabajo, que jugaba y que a veces perdía. Le había dicho que ella no le importaba en absoluto, que su intenso romance había sido provocado por su urgente necesidad de dinero. Y más concretamente por su casa, que usaría como garantía para cubrir una deuda. Si ella no convencía a su hermana y a los fideicomisarios de que debían vender la casa, él iría a prisión.
– ¿Y tú dijiste que no?
– Fue como una revelación para mí. Empecé a ver quién era en realidad: un desgraciado envuelto en un hermoso cuerpo y descubrí que el amor a primera vista podía ser un engaño. No me fue difícil decir que no.
Así había sido como Doctor Jekyll se había convertido en Mister Hyde, y éste le habría pegado, de no ser por Dem, que al verlo levantar el brazo se le había tirado y lo había arañado. Jonathan había tirado al gato al medio de la habitación y se había marchado. Dos días más tarde la policía había llamado para decirle que había tenido un accidente contra un puente de una autopista de Yorkshire.
– ¿Fue un suicidio?
– No lo sé. El veredicto fue muerte accidental, pero el día de su funeral, echaron las escrituras en el buzón en un sobre marrón. A veces me pregunto si decidieron usarlo como ejemplo para otros como él.
Nick dijo algo breve.
– No me extraña que tu familia haya temido por tu salud mental.
– ¿Es cierto eso?
– Beth me dijo que lo único que había impedido que te volvieras loca había sido tu trabajo.
– La herencia de Jonathan fueron un montón de deudas, Nick. Las deudas por juego mueren con el jugador, pero las compañías de tarjetas de crédito no se guían por el mismo principio. No trabajé duro para olvidar. Trabajé duro para no hundirme hasta el cuello.
– Ahora comprendo por qué te cuesta tanto confiar en alguien nuevamente.
– ¿Realmente crees que ése es el problema? ¿No te das cuenta, Nick? Yo creí que estaba enamorada de Jonathan. Me casé con él, ¡Por el amor de Dios! Pero si de verdad hubiera estado enamorada de él, me habría quedado a su lado, habría hecho cualquier cosa para ayudarlo. No soy particularmente inteligente, pero es lo que hacen las mujeres enamoradas. Pero yo no quería seguir a su lado. Yo sólo quería que él saliera de mi vida.
– Eso es un sentimiento de culpa.
– Es posible. Yo no le deseaba la muerte, sólo que se marchase, pero no lo lamenté… sólo sentí alivio.
– No debes ser tan dura contigo misma. Él no tuvo ningún reparo en destruirte. Y si dejas que él te arrebate la posibilidad de una vida feliz, en cierto modo ha podido contigo.
– Él no me arrebata nada -era cierto. Se acababa de dar cuenta-. Yo lo he estado culpando por ello todo el tiempo, diciéndome que no podría volver a confiar en un hombre, pero no es cierto -se tocó las mejillas-. ¡Oh! ¿Cómo he podido ser tan tonta? El motivo por el que no puedo tener otra relación es porque tengo miedo a volver a equivocarme. Yo creía que estaba enamorada… -lo miró a los ojos-. ¿Lo comprendes? No podría volver a creer en mi juicio.
– No volverás a cometer el mismo error dos veces.
– ¿Estás seguro? ¿Realmente quieres arriesgarte conmigo?
El extendió la mano y le tocó la mejilla.
– Ahora mismo asumo ese riesgo, Cassie. Pero yo no soy quien necesita que lo convenzan.
– No creo que pueda estar segura nunca…
– Sí. Un día cualquiera. Ya te darás cuenta -él se puso de pie, le tomó la mano y tiró de ella hacia él-. Ven. Será mejor que vayamos a ver qué están haciendo los niños.
– ¿Cassie? ¿Cassie? -Era la voz de Bethan. Llevaba dormida unos segundos, o eso fue lo que le pareció a ella.
Abrió un ojo.
– ¿Ha vuelto Sadie?
– ¿Sadie? -repitió ella atontada-. ¿Ha ido al servicio? Pensó que la niña se estaba haciendo más valiente, si había sido capaz de atravesar el campo en la oscuridad. Cassie se sentó, completamente despierta ya, y buscó la linterna.
– ¿Quieres ir tú, cariño? Espera que encuentre mi chaqueta.
– Sadie no ha ido al servicio, Cassie. Se ha ido a alguna parte con Mike, se lo he oído decir…
Las tres de la madrugada no era la mejor hora para pensar con claridad, pero la preocupación en la voz de la criatura la despertó como una ducha de agua fría.
Alumbró un instante los sacos de dormir, y confirmó sus temores. Sadie se había ido con su saco de dormir.
– Quédate ahí, Bethan.
Abrió la tienda. No estaba lloviendo exactamente, pero estaba muy húmedo, como si lloviznase casi imperceptiblemente.
Corrió hasta la otra tienda, la abrió e iluminó a los ocupantes. Eran sólo tres. No estaba Mike.
– ¡Nick! -susurró ansiosa.
Este se puso la mano en los ojos para no deslumbrarse con la luz de la linterna.
– ¿Qué diablos…? -exclamó Nick, sobresaltado.
– Se trata de Mike y Sadie. No están en las tiendas.
– BETHAN, cariño, intenta recordar. ¿Qué has oído decir a Mike exactamente?
– Dijo…dijo -la niña bostezó.
– Está medio dormida, Nick.
– Bethan. Es muy importante que nos digas lo que has oído.
– He oído a Mike. Ha dicho… que se iba a escapar y que se iba a ir a vivir a una isla -la niña sollozó.
– Pero, ¿por qué?
– Porque dice que le da dolor de cabeza a su madre. Y que cuando su madre tiene dolor de cabeza, su padre es desgraciado.
– Debí de suponerlo -dijo Cassie furiosa con su hermana por dejar que las cosas llegasen a ese extremo-. Él finge que nada le importa, pero no es así.
– ¿Y Sadie? -preguntó Nick-. ¿Por qué se ha ido?
– Sadie le dijo que si no la llevaba con él, lo contaría todo.
– Eso lo explica todo, señorita -se dirigió a Cassie y le dijo-: Acuéstala, Cassie. Iré hasta el bote a ver si están allí.
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