– Cinco años.
– ¿Y no ha habido nadie en todo ese tiempo?
– Ella dice que es un cisne. Al parecer los cisnes se emparejan para toda la vida. Así que si no quieres algo serio, Nick, déjala sola -le advirtió-. Por favor -le había dicho Beth.
Ahora que viajaban en su minibús, Cassie parecía absorta en sus pensamientos. A él le habría gustado saber en qué pensaba.
– Vamos a salir de la autopista muy pronto -dijo él.
Ella lo miró. Había algo oscuro en su dulce mirada. Algo que le daba un aire de tristeza. Él hubiera parado el minibús para estrecharla en sus brazos, y para asegurarle que no dejaría que nada ni nadie le hiciera daño, porque él la amaba, y moriría por ella si hiciera falta. Pero no se atrevió a decirle nada. La idea de siete niños como público no le gustaba.
Antes de declararle su amor debía ganarse su confianza. Debía demostrarle que podía creerle. Le daba igual cuánto tiempo le llevase.
– ¿Tienes el mapa a mano? -le preguntó Nick.
MORGAN'S Landing era asombrosamente bonito. Una suave colina cubierta de hierba bajaba hacia un lago donde había un pequeño embarcadero de madera. A poca distancia, una isla brillaba en el calor de la tarde, rodeada de montañas que parecían poder tocarse con las manos.
Cassie descubrió que sus sospechas acerca de la falta de servicios eran infundadas, puesto que había un edificio que tenía un par de duchas y baños.
– Tenemos suerte de tener este sitio para nosotros en esta época del año -dijo Nick, mirando alrededor.
– Creo que Matt lo sabía. Conoce al dueño.
– ¡Oh! Ya veo -Nick asintió-. ¿Qué pasa con el bote de goma? ¿Podemos usarlo?
– Matt lo ha alquilado pensando en que iba a venir él con los niños. Supongo que se habrá olvidado de cancelar la reserva.
– ¿Tú no navegas normalmente?
Ella negó con la cabeza.
– ¿Y tú Mike?
– Yo he navegado un poco -dijo el niño, mirando el bote con interés-. Papá dijo que iba a enseñarme un poco -pateó la hierba-. Es un buen marinero. Ha ganado algunas copas incluso.
– Bueno, no creo que pueda igualarlo, pero haré lo que pueda.
– A mí me gustaría aprender, tío Nick -dijo Sadie muy interesada, lo que le valió una mirada desdeñosa por parte de Mike.
– Yo también. Yo también -gritaron los niños más pequeños, rodeándolo con excitación.
– Bueno, así dejaremos tranquila a Cassie -dijo él, pensando en que ella lo quería lejos.
Se miraron un instante por encima de las cabezas de los niños.
– Pero lo primero que tenemos que hacer es poner esta tienda de campaña y acomodar las cosas. Si todos colaboramos un poco, no tardaremos mucho.
En pocos minutos los niños estaban descargando el minibús. Mike se había unido a ellos en el entusiasmo. Cassie estaba mirando a Nick cuando éste se giró hacia ella y la miró.
– Parece que hemos encontrado el modo de que las cosas vayan mejor, ¿no?
– Sí. No sé qué habría hecho sin ti, Nick.
– Me alegro de que pienses eso -dijo él.
Ella se puso seria, como si se hubiera arrepentido de lo que acababa de decir.
¿O estaría pensando en cómo habrían sido las cosas si su marido no se hubiera muerto?
Pero el modo en que ella había respondido a él, la forma en que se había entregado a su abrazo…
Nick sonrió.
– Parece que vas a quedarte con nosotros mientras dure la guerra… -dijo ella-. Espero que no te arrepientas.
– No, en… ¡George! ¡Ésa, no! Es demasiado… -Nick vio al niño tambalearse con una caja de huevos, pero no logró llegar a tiempo-…pesada -terminó de decir Nick cuando la caja se cayó al suelo.
El niño empezó a llorar. Antes de que Cassie fuera a consolarlo, una de las niñas le había puesto el brazo en el hombro, lo había abrazado y le había empezado a ayudar a recoger las provisiones desparramadas.
Después de cuatro días de espléndido sol, el último día completo que iban a pasar allí empezó a llover durante la hora del almuerzo. Bajó notablemente la temperatura, y el lago, que hasta ese momento había sido un amable estanque en donde Nick se había pasado el tiempo enseñando a navegar a los niños, se había puesto gris.
– Podemos recoger las cosas ya -sugirió Nick, cuando estaban comiendo en una de las tiendas más grandes.
– Hasta mañana, no… -dijeron Mike y Sadie, y los más pequeños los secundaron.
– El pronóstico ha dicho que la lluvia pasará -agregó Sadie, como para convencerlos-. Lo he oído en mi radio.
– Es cierto-dijo Mike.
– ¿De verdad? -Nick miró a los dos niños-. ¿Habéis estado compartiendo los auriculares?
Mike se puso colorado y contestó:
– ¡Por supuesto que no! -miró a Sadie-. ¡Ella me lo ha dicho!
– Cassie, ¿tú qué opinas?
– Bueno, yo había planeado una especie de fiesta en el campamento. Supongo que sería una pena que nos la perdiéramos.
– Lo que tú digas -dijo Nick.
Nick se estaba comportando amablemente, con estricta cortesía, pensó Cassie. Aquello inexplicablemente la ponía triste, inexplicablemente. Cuatro días de tanta cordialidad y cortesía le estaban helando el corazón.
Pero no podía quejarse. Él había hecho mucho más de lo que ella le hubiera pedido.
Había puesto la tienda, había organizado el campamento, había solucionado el problema de las avispas, las arañas, y otros insectos sin quejarse. Había llevado a los niños a buscar leña y había mantenido encendido el fuego durante la noche cuando se reunían a beber un chocolate con leche. Había sido un tío perfecto tanto para los niños como para las niñas. Y un absoluto caballero con ella.
Ya no le había vuelto a robar besos.
Y la única vez que la había tocado había sido cuando habían caminado hasta la granja para ir a buscar huevos y leche.
Normalmente Mike y Sadie se ocupaban de esa tarea, pero la perra de la granja había tenido cachorros y entonces habían invitado a los más pequeños a ir a verlos.
En lo alto del terreno había una cerca. Nick había ayudado a los niños a saltarla, ayudándolos a trepar y bajándolos al suelo. Cuando le había tocado el turno a ella la había ayudado a no perder estabilidad al subir, y luego le había dado las manos para ayudarla a bajar. Su pie se había resentido, y había estado a punto de caerse, de no ser por los brazos de Nick, que la habían sujetado. Entonces su corazón se había acelerado al tenerlo tan cerca.
El corazón de Nick también había parecido latir más deprisa. Cuando por fin ella se había atrevido a mirarlo, había tenido la sensación de que él iba a besarla, ahí mismo, frente a los niños. Pero en cambio le había tomado el brazo y había caminado con ella por la cuesta hasta la granja.
Un perfecto caballero.
Pero a partir de entonces, ella había estado deseando no sólo los besos robados sino aquéllos que le habría dado gustosa.
Sin embargo la única señal de que él podría haber estado deseando lo mismo la había tenido en un momento dado, cuando ella, cansada de no poder dormirse, había ido hasta el lago, inmediatamente después del amanecer, y lo había visto nadando a lo lejos.
Ella debió de estar loca al aceptar quedarse después de haber tenido la oportunidad marcharse. Cuanto antes se fuera a casa y volviera a la realidad, sería mejor.
– ¿Qué vais a hacer esta tarde si sigue lloviendo? -preguntó Cassie.
– Ya pensaremos en algo -dijo Sadie, riéndose tontamente-. Venid todos a la otra tienda. Se me ha ocurrido una idea.
– ¿No se te olvida fregar los platos? -le recordó Nick.
– Déjalos marchar. Es el último día -Cassie empezó a recoger las tazas y los platos.
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