Nick quitó el brazo que la rodeaba. Puso una almohada debajo de la cabeza de Cassie. Ella echó hacia atrás la cabeza. Él se apoyó sobre un codo para mirarla, mientras le acariciaba la mejilla con el dorso de la mano. Ella se estremeció y se relamió nerviosamente los labios secos. Hacía años… Era una locura… Cerró los ojos.
No ocurrió nada, y después de un momento, los volvió a abrir. En ese momento, él la besó. Pero no fue el delicado beso de la librería, ni el tierno beso que le había dado en la cocina.
Aquél era un beso de verdad, caliente, el beso de un adulto, un beso que no fingía ser otra cosa, una ola de deseo que subía la temperatura de su cuerpo, que la excitaba peligrosamente, que le quitaba la voluntad y la arrastraba a la rendición. Cuando él paró, la cabeza de ella pareció quedarse dando vueltas, su corazón latía sin cesar, y todo su cuerpo se quedó temblando por aquella sensación de temor y éxtasis al mismo tiempo.
Él debió ver todo aquello en su cara, porque la volvió a besar, suavemente, tiernamente, murmurándole palabras al oído para tranquilizarla, mientras le abría el primer botón de su camisa.
Ella echó hacia atrás la cabeza, invitándolo a probar su piel. Él le dio un cálido beso en el cuello mientras seguía abriendo botones. La besó entre los dos pechos, en su vientre, y sólo paró al encontrarse con la cintura de sus vaqueros. Cuando él traspasó esa barrera, ella gimió, y dejó que la lengua de él jugase con su ombligo.
– Te deseo, Cassie -dijo Nick.
Aquellas palabras no expresaban compromiso alguno, pensó Cassie. La deseaba. Deseaba su cuerpo. No lo disfrazaba con nada romántico. “Te deseo”. Y todo lo que deseaba un Jefferson lo conseguía. Ganar o morir. ¿Sólo significaba eso ella para él? ¿Otro desafío?
Verónica se había marchado, pero ella seguía allí, a mano para engrosar la lista de deseos cumplidos. Entonces, repentinamente dijo él:
– Creo que me estoy enamorando de ti…
– ¡Oh, no!
Podía creer que fuera deseo. Pera no amor. Era una palabra que podía usar cuando todo lo demás hubiera fracasado para conseguirla. ¡Y él mentía con tanta facilidad!
Cassie, que había estado momentáneamente enajenada por aquellos besos, pareció verlo todo claro. Apartó el pecho de Nick y se giró para levantarse de la cama.
Y mientras él se quedó intentando imaginar qué habla ocurrido, ella corrió hacia la puerta, subiéndose los vaqueros, haciendo caso omiso al dolor del tobillo.
Cassie descubrió que las escaleras principales estaban cerca de allí. Si las hubiera encontrado antes no habría pasado nada de todo aquello.
“¡Maldita sea!”, pensó, mientras se abrochaba el botón del pantalón. Bajó las escaleras y se dirigió a la cocina, a llamar por teléfono.
– ¿Qué diablos ha ocurrido? -preguntó Nick cuando ella estaba marcando el número.
Se dio la vuelta, y extendió las manos como desafiándolo a no acercarse. Luego, al darse cuenta de que tenía la blusa abierta, se la cerró con las manos.
– “Confía en mí”, me has dicho. Y luego… ¿Cómo has podido? Hace menos de media hora estabas pensando en llevar a Verónica a tu cama…
– No es cierto.
– Pero ella se dio cuenta de cómo eres. Bueno, yo también. Un poco tarde, puede ser, pero no tengo demasiada experiencia en este tipo de cosas. Aunque la poca que tengo debería haberme puesto en guardia.
– ¿De verdad? -los ojos de Nick brillaron peligrosamente-. ¿Y de qué me acusas, Cassie?
– No has pedido un taxi, ¿verdad, Nick? Verónica se había marchado, pero como estaba yo, no hacía falta cambiar de planes.
– ¿Has terminado? -él se movió hacia ella.
– ¡No! -luego dijo menos vehementemente-: Sí. ¿Qué más hace falta decir? -después frunció el ceño al oír una voz en el teléfono.
– Taxis Melchester, ¿qué desea?
– ¡Ah! Sí, ¿puede enviarme un taxi a Avonlea Cottage, Little Wickham?
– ¿Avonlea Cottage? Espere un momento, por favor -Nick y Cassie se quedaron mirándose-. Hemos enviado un taxi a esa dirección hace unos diez minutos. Debe de estar a punto de llegar.
– No, ese taxi ya se ha ido… -la voz de Cassie se fue apagando al oír el timbre de la puerta. Se dio la vuelta lentamente, y a través de la ventana de la cocina vio una luz reluciente con la palabra “Taxi” en un coche que esperaba a la puerta-. ¡Oh! -exclamó avergonzada.
– ¿Señorita?
Cassie negó con la cabeza. No podía hablar; Nick tomó el receptor para disculparse por la confusión y colgó.
– ¿Qué estabas diciendo, Cassie? le preguntó Nick. Se apoyó en el frigorífico, cruzó los brazos y la miró intensamente, como esperando una explicación.
¿Qué podía decir ella? ¿Que lo sentía? ¿Que no se le daba muy bien lo de las relaciones y que por eso hacía lo que podía por evitarlas?
Pero no creía que él estuviera dispuesto a escuchar sus historias de fracasos. Así que se abrochó cuidadosamente los botones de la blusa.
– Será mejor que me vaya. Adiós, Nick.
Cuando estaba a medio camino de la cocina le dijo Nick:
– ¿No se te olvida algo, Cassie?
Ella recogió su cesta inmediatamente.
– Yo me refería a los zapatos -agregó él, y se rió.
¡Maldita sea! Se reía de ella.
– Cuélgalos en la pared, como recuerdo -dijo ella sin darse la vuelta. Y se fue directamente al taxi.
Ella había creído que él iba a seguirla con los zapatos en la mano, pero la puerta se cerró a sus espaldas y no volvió a abrirse.
– A College Close -le dijo al taxista.
Sólo miró atrás una vez. Pero en ese momento Nick estaba muy ocupado haciendo la primera de varias llamadas telefónicas, y no pudo verla.
CASSIE apenas durmió esa noche. Por momentos pensaba que tenía todo lo que necesitaba. Prefería pensar en cualquier cosa con tal de no pensar en lo que había pasado.
El bajar las escaleras de la casa de Nick a toda prisa no le había hecho ningún bien a su tobillo, y estaba claro que había perdido la posibilidad de contar con la ayuda de alguien que condujese hasta el campamento y que le pusiera la tienda de campaña.
Pero aquél no era ningún problema comparado con la forma en que había respondido a Nick. Su propio deseo la había aterrorizado.
Se prometió no volver a dejarse llevar por su corazón. A partir de ese momento sería su cabeza quien le dictase su vida. Por otra parte, como ella no servía para tener una aventura, siempre había pensado que una parte de su ser había muerto con Jonathan. Y en cierto modo había sido así. Porque nunca más había podido creer en la palabra de un hombre cuando la miraba a los ojos y le prometía la luna.
Desde entonces se había volcado en su profesión. Y a fuerza de esfuerzo y mucha suerte había logrado llegar a lo más alto en su trabajo. Ella amaba su profesión. Y hasta aquel momento le había bastado con eso. Pero aquel día había deseado a Nick, tanto como para tirar por la borda todos aquellos años de precaución. Pero no tenía sentido. Que ella se hubiera equivocado en lo del taxi no cambiaba nada. A Nick le valía más una chica en sus manos que varias rubias no disponibles. Nick Jefferson no era un hombre en quien se pudiera confiar.
Pero al parecer sus hormonas no comprendían esas cosas. Y parecían hacerla reaccionar como a una adolescente deseosa de diversión y libertad, que se negaba a entrar en razón.
Se levantó en cuanto el cielo empezó a clarear. Se había acostado automáticamente, por costumbre, aun a sabiendas de que iba a ser un tiempo perdido, y se alegró de que saliera el sol y la rescatase de su desdicha.
Preparó café, y salió al pequeño jardín a observar el comienzo de un nuevo día. Dem la acompañó, haciéndose un ovillo en la otra silla y dándole una sensación de menor vacío.
Читать дальше