Liz Fielding - Cena para Dos

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Había dos cosas a las que Nick Jefferson no podía resistirse: un desafío y una mujer rubia. Así que, cuando se encontró con la última de sus rubias y ésta lo desafió a que preparase una cena romántica para ambos, no pudo negarse. Pero, lamentablemente, Nick era incapaz de freír un huevo, y tuvo que pedir ayuda a Cassie Cornwell.
Cassie no era el tipo de Nick. Para empezar, era morena y, además, la primera mujer que lo había rechazado, aunque no muy convencida. Su primer matrimonio la había vuelto muy desconfiada, pero eso no la salvó de la decepción que sintió al saber que Nick la había llamado para que le preparara una escena de seducción, en lugar de querer compartir la cena con ella…

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– ¿Me ha visto?

– Dos veces. Una vez cuando se escondió en la despensa, y otra, hace un momento, cuando subió las escaleras corriendo.

No tenía sentido negarlo.

– Me he torcido el tobillo. No puedo correr rápido.

Verónica se volvió hacia Nick y dijo:

– Es una vergüenza por tu parte, Nick, que esta mujer se tome tantas molestias, cuando está lesionada.

A Cassie le entró una duda y preguntó:

– ¿Sabía que yo estaba aquí, durante todo el tiempo que ha estado en la habitación?

Verónica se encogió de hombros elegantemente y contestó:

– Bueno, había algo sosteniendo la puerta la primera vez que empujé para entrar. Y en cambio, la segunda vez, no. Podrían haber sido los esfuerzos combinados de las ratas, los ratones, y los escarabajos… -dijo irónicamente.

Entonces la pantomima del horror a los roedores había sido una representación para ella, y para tomar el pelo a Nick.

El timbre volvió a sonar.

– En realidad, ése es mi taxi -intervino Cassie-. Nick tiene razón, tardan mucho en venir aquí. Si me permiten…

– ¿Le importaría mucho si lo tomo -le preguntó Verónica-. La cena estuvo perfecta, pero realmente es hora de que me vaya -le extendió la mano a Cassie-. No sabía que usted seguía preparando comidas para particulares, señorita Cornwell. Había pensado hacer una pequeña reunión con unos compañeros de trabajo, pero soy un desastre en la cocina. Me gustaría mucho contar con usted, ¿me ayudaría a organizarla? -no esperó la respuesta. Se volvió hacia Nick y dijo-: Nick, gracias. Hacía mucho que no pasaba una velada tan entretenida -le dio dos golpecitos suaves en la mejilla-. Lo que más me ha gustado ha sido lo de los escarabajos -y con un guiño a Cassie, abandonó la habitación.

Nick la miró desesperado y corrió detrás de Verónica. Cassie apenas pudo contener la risa; se tiró en la cama y enterró su cara para ahogar sus carcajadas en el edredón negro.

– ¡Verónica!

La encontró en el cobertizo poniéndose los zapatos.

– Siento no poder fregar los platos, Nick -sonrió y se dirigió a la cocina.

– Soy yo quien debe disculparse. Lo siento. Ha sido estúpido por mi parte.

– Pero predecible -recogió su bolso del comedor y se volvió hacia él-. ¿Sabes? No había ninguna mujer en la oficina que arriesgase un centavo por la posibilidad de que fuera cierto que fueras a cocinar tú mismo. Dime, Nick. ¿No está un poco mal de la cabeza la señorita Cornwell?

– Verónica, por favor… Cassie no quería hacer esto. Sólo lo ha hecho para ayudarme a preparar la comida porque… ¡Oh! Es muy complicado de explicar. Pero debes saber que no es…

– Sí. Pero supongo que tendrás algún modo de convencerla para que prepare la comida para mi fiesta. Quiero decir, supongo que no querrás que las mujeres de la oficina se enteren de que tenían razón, ¿no es verdad?

– Sinceramente, Verónica, en lo que a mí respecta, puedes contarle al mundo entero lo que ha pasado, escribir un informe y pegarlo en el tablón de anuncios, si quieres -abrió la puerta de entrada-. No merezco otra cosa por ser tan idiota. Pero Cassie no tiene la culpa de esto, así que me temo que tendrás que buscar otro cocinero para tu reunión.

Nick se acercó al taxista y le dio un billete de diez libras. Abrió la puerta y esperó a que Verónica entrase. No se estaba comportando incorrectamente. Sólo quería que se marchase para aclarar las cosas con Cassie.

Pero Verónica no parecía tener apuro. Se quedó mirándolo un momento y le dijo:

– Tienes razón, Nick, eres un idiota -luego se inclinó y le dio un beso en la mejilla-. Y ahora, ¿no sería mejor que entrases y que le dijeras a esa mujer lo que sientes por ella?

– ¿Cassie? -Nick estaba de pie en la puerta de su dormitorio, mirándola, mientras ella intentaba sentarse. secándose los ojos llorosos de risa-. ¿Por qué estás aquí todavía?

– Lo siento, Nick -tuvo que reprimir otra serie de risas-. Sinceramente. Debe de haber sido…

– ¿Embarazoso?

– Decepcionante. ¡Después de tantas molestias!

– ¿Lo has hecho a propósito? -le preguntó él-. Me refiero al sabotaje.

Cassie se puso colorada.

– Por supuesto que no. ¿Por qué iba a querer estropear tu noche después de haberme tomado la molestia de ayudarte tanto? Es que no he podido abrir la puerta de atrás y entonces he decidido usar el aseo del cobertizo para esconderme, y entonces… Bueno… No me ha quedado más remedio que subir.

Nick no dijo nada.

– Además, ella ya me había visto. ¿Estaba muy enfadada?

– Creo que se ha divertido más de lo que se ha enfadado.

– Lo siento.

– No lo sientas. No ha sido culpa tuya. No debí dejar que sucediera nada de esto.

– Y yo no debí ayudarte a engañarla.

– Te has visto en la obligación.

– ¿Va a suponer algún problema para ti?

Él se quedó pensando un momento.

– No. No lo creo. Aunque me ha presionado para que prepares la comida de una reunión que va a…

– ¡Oh, no!

– Eso es lo que le he dicho yo. No te preocupes por ello.

– No. Será mejor que llame a un taxi.

– No te preocupes. Yo reservé un taxi para Verónica -se aflojó la corbata y se sentó al borde de la cama-. Relájate, Cassie. No apoyes el peso sobre el tobillo -dijo él al verla moverse-. El taxi tardará veinte minutos, por lo menos.

Nick siguió su propio consejo y se estiró en la cama al lado de ella. El peso de su cuerpo se hundió en la cama e hizo que ella se fuera contra él.

Cassie se sintió confusa al sentir que su cuerpo chocaba con el de Nick. Las suaves curvas de su cuerpo femenino se amoldaron contra él, el pelo de Cassie le rozó las mejillas y el cuello.

Él no había pensado en aquello cuando se había echado. ¿O se estaba engañando a sí mismo?

Había deseado deshacerse de Verónica, pero no había pensado más allá de eso. A pesar del consejo que ésta le había dado, tenía que pensar antes de hablar con Cassie. Pero cuando ella empezó a levantarse, se dio cuenta de que Cassie era exactamente lo que quería.

Y no la iba a dejar escapar.

– Relájate, Cassie -repitió, deslizando un brazo por debajo de ella.

Cassie hizo un nuevo movimiento para levantarse, pero entonces él le sujetó la muñeca y le dijo:

– Tengo que hablar contigo.

– ¿Hablar?

– Sí, sólo hablar. Confía en mí, Cassie.

– Ni lo sueñes.

Pero el problema no era él. Nick no era el tipo de hombre que pudiera abalanzarse sobre una mujer si ésta decía que no. El problema era ella, confiar en sí misma.

No había saboteado la noche de Nick, pero le habría gastado hacerlo. Había sentido unos celos terribles. Y eso también le molestaba.

Había rechazado a todos los hombres que habían querido salir con ella, y ahora se dejaba impresionar por un Don Juan. Ella, que era un cisne fiel.

Y en ese momento él le estaba rodeando la cintura, y ella estaba tumbada a su lado, con la cabeza echada en su hombro, la muñeca sujeta por la mano de Nick; debía pararlo, escapar de esa situación. Pero no le era fácil. Hacía mucho que no la abrazaba un hombre… Y ahora que tenía la cabeza contra sus costillas, y que oía el latido de su corazón, tenía la sensación de haber vuelto al hogar.

Aquel pensamiento la turbó.

Alzó la cabeza para mirarlo. Su cara parecía expresar el mismo asombro de ella. Él dejó de acariciarle la muñeca. Sonrió, le tomó la mano, y comenzó a darle suaves besos desde la muñeca hasta el codo. Era un poco turbador, pero delicioso a la vez.

Su cuerpo respondió al tacto de Nick. El sentido común le decía que debía parar, irse de allí en ese mismo momento, antes de que fuera demasiado tarde. Pero el sentido común no sabía lo que era el deseo, ¿Sabría lo que era el amor?

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