Liz Fielding - Cena para Dos

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Cena para Dos: краткое содержание, описание и аннотация

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Había dos cosas a las que Nick Jefferson no podía resistirse: un desafío y una mujer rubia. Así que, cuando se encontró con la última de sus rubias y ésta lo desafió a que preparase una cena romántica para ambos, no pudo negarse. Pero, lamentablemente, Nick era incapaz de freír un huevo, y tuvo que pedir ayuda a Cassie Cornwell.
Cassie no era el tipo de Nick. Para empezar, era morena y, además, la primera mujer que lo había rechazado, aunque no muy convencida. Su primer matrimonio la había vuelto muy desconfiada, pero eso no la salvó de la decepción que sintió al saber que Nick la había llamado para que le preparara una escena de seducción, en lugar de querer compartir la cena con ella…

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Él tomó una botella de Chardonnay del frigorífico y le quitó el precinto. Luego miró ansiosamente la cazuela, recordando lo que le había pasado cuando había intentado preparar él solo el plato. Cassie seguramente pensaría que era despreciable, pero no se habría atrevido a marcharse, ¿no?

– ¿Cassie? -la puerta de la despensa se abrió un centímetro, y ella espió por ella. Estaba un poco colorada, y se había despeinado un poco. Al contrario que Verónica, que jamás tenía un pelo fuera de su sitio.

– ¿Qué diablos estás haciendo ahí?

– ¿Tú qué crees? -le preguntó ella en un susurro furioso-. Escondiéndome de tu chica.

– ¿Mi qué?

– Casi me rompí el cuello al entrar aquí. ¿No podrías haberme silbado para avisarme de que venías?

– Supongo que Verónica hubiera sospechado algo si hago eso, ¿no te parece? -él tenía el presentimiento de que Verónica desconfiaba, de todos modos-. Además, estaba solo.

– Yo no sabía eso.

– Puedes mirar a través de los agujeros para ventilación… -él miró hacia la puerta, que tenía tres agujeros pequeños arriba-. Si te subes a una silla -añadió al ver la altura.

– ¿Nick? -era la voz de Verónica por el corredor.

– Estoy en la cocina -contestó Nick. Le sonrió a Cassie. Ella seguía de su parte, aunque lo hiciera de mala gana-. Si no quieres que te descubra vuelve a hacer tu acto de desaparición -le advirtió él.

Cassie lo miró y dijo:

– Pon el limón. Ahora -y se metió nuevamente en la despensa.

Verónica apareció en la puerta de la cocina.

– ¡Dios mío! ¡Qué cocina más grande! -exclamó Verónica al entrar en la cocina-. ¿Puedo hacer algo?

– Si quieres. Encontrarás un par de platos de salmón ahumado en el frigorífico. Puedes llevarlos al comedor mientras abro el vino.

– ¿Salmón ahumado? -Verónica abrió el frigorífico-. Y fresas, también. ¡Qué encantador!

– ¿Y qué fácil?

– No he querido decir eso.

– No, pero lo has pensado -le dijo él, mientras terminaba de abrir el vino y de servirlo en dos copas.

Cassie acercó la cabeza a la puerta.

– ¿Se ha marchado?

– Sí, pero vuelve enseguida.

– Rápido, pon el romero, y remuévelo un poco.

Él hizo lo que ella le indicó.

– ¿Y ahora qué?

– ¿Y ahora qué, qué? -preguntó Verónica.

Nick se dio la vuelta. Verónica estaba apoyada en el mostrador central, bebiendo su copa. Nick tuvo que hacer un gran esfuerzo por no mirar a la despensa nuevamente.

– Mmm… Estaba hablando solo. Acabo de poner el romero, pero no me acuerdo qué tengo que poner luego, ¿el caldo o la nata líquida? -sonrió y luego como si se le acabara de ocurrir dijo-: El caldo -la jarra con la medida de caldo estaba al lado del guiso. Volcó el caldo en él, e improvisando, le dio varias vueltas.

– ¿Qué es? -preguntó Verónica inclinándose sobre el guiso-. ¡Oh! Pollo. Huele muy bien.

– Esperemos que sepa bien -dijo él, irguiéndose y tomando la copa.

– ¿No lo sabes? -le preguntó Verónica, mirándolo como si fuera un gato mirando su presa. Nick recordó haberse sentido del mismo modo hacía unos días, en la sala de reuniones.

– No, en realidad, no. Es la primera vez… eh… que hago este plato.

– Y pan casero también -dijo ella.

– ¿Pan? -Nick recordó los panecillos de repente-. ¡Oh! Sí. Pero no es casero. No he llegado a tanto -dejó su copa y sacó los panes del horno, echándolos rápidamente en una cesta que había aparecido mágicamente-. Éstos son sólo panes para hornear -continuó, maravillándose de que Cassie estuviera en todos los detalles. Era una profesional-. Pero dame tiempo, y verás.

Detrás de Verónica, alrededor de la puerta de la despensa vio la mano de Cassie moverse frenéticamente, haciéndole señas de que se fuera de la cocina.

– Le daré la vuelta a esto y podremos irnos y empezar a comer, si tienes hambre.

– Bueno. Había pensado pararme a comer una hamburguesa por el camino, por si acaso. Realmente no pensé que fueras capaz de hacer esto -miró alrededor, como si todavía no pudiera convencerse.

– ¿No? -la invitó a ir al comedor-. Espera, y verás.

No has visto nada aún -y con esas palabras, miró hacia la despensa y guiñó el ojo.

Cassie tenía ganas de gritar, pero como no podía hacerlo, simplemente volvió a la cocina con el pulso acelerado.

Puso el arroz lavado en un plato, listo para meterlo en el microondas y resistió la tentación de acomodar todo y limpiar mientras esperaba que la tetera hirviera. Ella era la cocinera, no la friegaplatos. Además, pondría a Nick en un aprieto si tenía que explicarle a Verónica cómo se había colocado todo solo.

Desde la despensa había podido echar una buena ojeada a la rubia de Nick. No parecía el tipo de mujer dispuesta a creer en cuentos de hadas.

Cassie pinchó el pollo para ver si estaba tierno. Le faltaba muy poco. Le debería haber recordado a Nick que volviera pronto a la cocina mientras su invitada estuviera ocupada con el salmón ahumado.

Si Verónica sospechaba algo, lo seguiría a la cocina constantemente. Y se daría cuenta de que el pollo había desaparecido mágicamente del fuego. La tetera comenzó a silbar muy fuerte. Se alegró de ello, porque haría acudir a Nick.

– No, tú no te molestes, Verónica. Come tranquilamente. No tardaré nada -oyó a Nick.

– ¿Qué diablos es eso? -preguntó al llegar a la cocina.

– La tetera. La has puesto antes. ¿No te acuerdas? Es el momento de poner el arroz -dijo ella mientras volcaba el agua hirviendo y ponía el microondas-. Haz algo. Nick. Quita el pollo del fuego y ponlo en un plato. Nick pinchó la carne y la puso en un plato.

– ¡Maldita sea! -exclamó al mancharse la camisa con la salsa.

Cassie le dio un trapo de cocina sin decir nada.

– No te preocupes. Te dará credibilidad -dijo ella con la mejor de las sonrisas.

– ¿Estás seguro de que no puedo ayudarte en nada, Nick? -gritó Verónica.

– No. Simplemente relájate. Enseguida estoy contigo -gritó él, evitando mirar a Cassie-. ¡Oh! ¡Dios! Esto es una pesadilla. Parezco mi madre en la Nochebuena.

– Mientras no te dé por cantar villancicos… -dijo Cassie subiendo el fuego de la salsa-. Vete. Llevas demasiado tiempo aquí. ¿Quieres que venga a buscarte?

Tal vez quisiera que fuera así. Tal vez fuera posible que sintiera cargo de conciencia.

– No quiero que me encuentre, Nick.

Él recogió la botella de vino de la encimera. Luego se inclinó y le dio un beso a Cassie en la mejilla.

– Gracias, Cassie.

Ella se quedó perpleja y se volvió hacia él. Se quedaron mirándose un momento. Entonces él la besó nuevamente, pero esta vez en la boca.

Ella se quedó sin palabras, demasiado impresionada para poder decirle algo. Él desapareció por la puerta de la cocina.

¿Cómo se atrevía a besarla cuando se tomaba semejantes molestias para seducir a otra mujer?

Alzó la mano y se limpió la boca con ella. Pero sus labios se quedaron temblando. ¡Maldita sea! ¡Qué arrogante! Le estaría bien empleado dejarlo solo y que terminase él de cocinar.

Pero no fue capaz. preparó una docena de uvas y las picó, quitándoles las pepitas primero.

Nick apareció con los platos sucios.

– No te preocupes. Verónica está mirando los compact-discs.- Tenemos un minuto.

Ella lo miró.

– Entonces será mejor que veas cómo está el arroz, mientras yo termino con el pollo.

Ella se apartó de él, y se concentró en el pollo con salsa de uvas.

– El arroz está hecho -dijo él, sobresaltándola-. Lo pondré en una fuente, ¿te parece?

Ella se dio la vuelta y le dijo:

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