Liz Fielding - Cena para Dos

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Había dos cosas a las que Nick Jefferson no podía resistirse: un desafío y una mujer rubia. Así que, cuando se encontró con la última de sus rubias y ésta lo desafió a que preparase una cena romántica para ambos, no pudo negarse. Pero, lamentablemente, Nick era incapaz de freír un huevo, y tuvo que pedir ayuda a Cassie Cornwell.
Cassie no era el tipo de Nick. Para empezar, era morena y, además, la primera mujer que lo había rechazado, aunque no muy convencida. Su primer matrimonio la había vuelto muy desconfiada, pero eso no la salvó de la decepción que sintió al saber que Nick la había llamado para que le preparara una escena de seducción, en lugar de querer compartir la cena con ella…

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– Pensé intentar arreglar el jardín. Pero no tengo mucho tiempo -dijo él al ver la expresión de ella.

– Bueno, al menos podré salir sin que me vea tu invitada -dijo Cassie, abriendo una puerta que daba a un aseo. Una segunda puerta daba a unas escaleras-. Será mejor que me vaya de aquí antes de que aparezca tu invitada.

– ¡Cassie!

– ¿Qué?

– Esas son las escaleras de atrás. La escalera principal está… -él se dio cuenta de que ella había estado bromeando y no siguió.

– Son las dependencias del servicio -dijo ella-. Muy apropiado.

El pareció sonrojarse, probablemente por primera vez desde su adolescencia, pensó ella.

– No te preocupes, Nick, en cuanto sirvas la cena me iré de aquí -sabía qué pasaría después de la cena, y no quería ver confirmadas sus sospechas-. ¿Has pedido un taxi para mí?

– Sí. Pero no estaba seguro a qué hora acordar que te recogiera. No tienes más que llamar por teléfono cuando estés lista. Ya está pagado -hizo una pausa y dijo-: No te he agradecido tu ayuda suficientemente, Cassie.

– No te preocupes. Estoy segura de que tu joven empleado lo hará por ti, eficientemente. Y ahora, ¿no te parece que deberías ir a arreglarte antes de que aparezca la chica con la que tienes la cita? -le dijo con dulzura fingida-. Tienes que arreglarte un poco después de haber estado tanto tiempo al lado de un horno caliente. No querrás que Verónica piense que no te has molestado suficientemente, ¿no es verdad?

Verónica no era una chica con la que tenía una cita. Era un desafío. Pero Nick sabía que si lo decía no iba a mejorar la opinión de Cassie sobre él. La verdad era que tampoco él tenía una gran opinión sobre sí mismo. Verónica era una brillante profesional del marketing, y si estropeaba su relación laboral por una estúpida apuesta… Beth tenía razón. Era hora de crecer. Y aquel era un buen momento para empezar.

Verónica se había invitado a cenar. Y la cena era lo único que le iba a dar. En cuanto a Cassie, bueno, tenía que pensar por qué su opinión le importaba tanto.

– ¿Puedo ofrecerte una copa antes de que me vaya?

– Sólo los cocineros varones de la televisión pueden beber mientras trabajan, Nick -respondió ella.

Era una pena. Aunque estaba segura de que una o dos copas no la ayudarían en absoluto en lo que le quedaba de noche.

CAPÍTULO 8

ELLA NO veía la hora de que Nick la dejara sola en la cocina. Pero en el momento en que se marchó, Cassie lo echó de menos. Lo que era una tontería. Ella no le importaba en lo más mínimo. En realidad a él no le importaba nadie, pensó Cassie, mientras colocaba salmón ahumado y gambas en una bandeja. Para decorarlas añadió dos rodajas de limón, y pepino. Pero Nick no le había mentido. Había preparado aquella cena para otra mujer. Una de esas rubias que él encontraba tan atractivas.

Cuando estaba preparando la mayonesa con especias apareció él.

– ¿Está todo bajo control? -preguntó Nick, poniéndole una mano en el hombro. Se inclinó sobre la mezcla y la probó con un dedo-. Le hace falta más mostaza.

Ella, irritada, le pegó en la mano con una cuchara.

– ¿Quién está cocinando?

– Yo. Al menos, en teoría. Y definitivamente le pondría más mostaza -él le ofreció el dedo para que ella lo lamiera. Tenía dedos largos con una yema muy sensible. Ella tragó y le puso otra cucharada de mostaza.

– De acuerdo -dijo ella, mezclando la mayonesa con más fuerza de la necesaria.

La otra mano de Nick seguía apoyada en su hombro y ella se giró levemente para mirar el reloj. Tenía una muñeca gruesa cuyo vello brillaba con el sol. Era la muñeca de un hombre que jugaba al tenis o al golf. Cualquier mujer disfrutaría frotando su mejilla contra ella, pensó Cassie.

Cassie cerró los ojos. ¿Qué diablos le estaba pasando? En cinco años no había sentido la más mínima tentación, y ahora, a partir de un beso de Nick Jefferson, la asaltaban los recuerdos de lo que sentía cuando la abrazaban, cuando la tocaban, qué sentía al ser besada, amada…

– ¿A qué hora va a venir Verónica?

– En cualquier momento.

– Entonces empecemos ahora. Supongo que querrás que ella huela algo en la cocina cuando llegue, si no pensará que sólo lo has calentado en el microondas. Enciende el horno -ella se bajó de la banqueta e hizo un gesto de dolor al apoyar el pie, entonces sacó de la cesta unos panecillos listos para poner en el horno y se los dio a él.

– Normalmente, también hago yo el pan. Pero sinceramente he pensado que eso sería demasiado para ti, y que podría hacerla desconfiar de tanta perfección. Pon éstos en una bandeja y luego los metes al horno. Le dará a la casa olor a hogar, Nick. En el paquete pone a qué temperatura.

Nick no se movió.

– ¿Qué pasa? -preguntó ella.

– No estoy seguro de que pueda hacer esto -hizo un gesto, señalando todo lo que lo rodeaba-. Voy a tener que decírselo.

¿Después de todas las molestias que se había tomado por él?, pensó Cassie.

– ¡Oh, venga, Nick. No finjas que de pronto te ha asaltado el cargo de conciencia. No vas a impresionarme con eso -sonó el timbre-. ¿No es mejor que vayas a abrir? Puedes preocuparte por tu conciencia… y por el riesgo de chantaje, mañana por la mañana. Estoy segura de que entonces valdrá la pena.

– ¿Chantaje? -él siguió sin moverse.

– Ve -dijo ella-. Sólo estaba bromeando. No le diré nada a nadie. Tengo que pensar en mi reputación, ya sabes. La prensa amarilla tendrían mucho trabajo si se enterasen de esto. Y como no creo que tú tengas conciencia…

– ¿Estás bromeando otra vez? -la interrumpió con una mirada cálida.

Ella lo miró sorprendida de que se ofendiese.

– Supongo que no he podido evitarlo… -dijo ella. Pero no se iba a disculpar por ello-. Ahora, si no te importa, intenta que tu invitada no se acerque a la cocina…

Él la seguía mirando. ¿Estaría tan enfadado?

– Estoy segura de que sabrás c8mo entretenerla -agregó Cassie distraídamente.

– Estoy seguro de que puedo hacerlo -contestó Nick.

Al sonar nuevamente el timbre, Nick se dio la vuelta y salió de la cocina.

Bueno, eso era lo que ella quería, ¿no?

Cassie cerró sus oídos a los ruidos que venían de la entrada y encendió el fuego debajo de la sartén. En media hora se iría de allí, se prometió. Y también se prometió que jamás volvería a hacer algo como aquello.

– Verónica, ¡cuánto me alegro de verte! -Nick puso una voz especialmente cálida al hablar, por si Cassie lo oía. Aunque no creía que estuviera escuchando. Había dejado muy claro que él era un ser casi despreciable para ella.

– ¡Oh! No me habría perdido esto por nada del mundo, Nick -dijo Verónica al entrar en el vestíbulo, mirando todo alrededor.

Nick le quitó el chal y la condujo al salón.

– Tienes una casa muy bonita -dijo Verónica.

A él no le parecía tanto. Había demasiada piel y poca comodidad.

– Necesita bastantes arreglos.

No se molestó en contarle que no había elegido él la decoración. En realidad no le importaba nada lo que Verónica pensara de él. De hecho no veía la hora de desembarazarse de ella.

– ¿Quieres una copa?

– Una copa de vino, por favor. Vino blanco o algo seco.

– No hay problema. Ponte cómoda.

Ella se quedó de pie.

– ¿Puedo echar un vistazo?

Nick recordó la advertencia de Cassie de que Verónica podría querer verlo todo.

– Por supuesto. Te traeré una copa y veré cómo van las cosas en la cocina.

Él abrió la puerta, pero la cocina estaba vacía. Sólo se oía el ruido de la carne en la cazuela, que le aseguraba que Cassie estaba en algún sitio.

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