– Nick…
– ¿Sí?
– Nada -preguntarle a un hombre por qué la había besado era absurdo. Y si lo hacía le demostraría cierto interés por su parte.
– Cassie, esto no es… es decir, yo no soy…
– ¿Qué? ¿Qué te pasa, Nick? ¿No te basta con una sola mujer?
– Nick… -era la voz de Verónica, que no podía esperar, al parecer.
– Mejor que no la hagas esperar. Parece que has conseguido tu objetivo con ella.
– ¡Maldita sea, Cassie!
– Cuidado. Puede oírte -Cassie le dio los platos calientes-. Ve antes de que se enfríe el pollo.
– ¿Y el arroz?
– Vas a tener que venir a buscarlo. A no ser que tengas tres manos.
– Con dos mujeres a quienes contentar, me harían falta, ¿no te parece?
No tenía dos mujeres, pensó ella, furiosa. Pero no pudo decírselo. Ya se había marchado.
Cuando él volvió a buscar el arroz, ella no levantó la vista de las fresas y la nata.
¿Qué pasaba que él la ponía tan nerviosa? Ella era una mujer ocupada, tenía una profesión. ¿Qué más quería? Ella se había jurado no volver a caer con un hombre, y menos con uno como Nick Jefferson.
Cassie intentó no oír el murmullo de voces ahogadas por la música de Mozart. No quería imaginarse qué estaría diciendo o haciendo Nick.
Le molestaba sudar como una esclava encima de un horno para otra mujer. Pero no necesitaba un hombre para sentirse completa. Y menos un hombre como Nick Jefferson.
Ella se secó una lágrima y agregó tazas de café a la bandeja, junto con la nata y el azúcar. Nick había comprado una caja de bombones caros. Como se sentía tremendamente infeliz la abrió, y se comió dos. No la ayudaron en nada, y los espacios que dejaron en la caja la señalaron acusadoramente. Entonces puso los bombones en un plato pequeño que encontró en el armario. Y como Verónica no habría comido chocolate en su vida y no lo iba a echar de menos, se comió otro bombón. Eso la hizo sentir peor.
En ese momento oyó movimientos en el comedor. Como estaba harta de esconderse en la despensa, corrió al aseo. Por lo menos allí podría sentarse y llorar, si quería. Pero no lo iba a hacer, se dijo firmemente, moqueando lo más silenciosamente posible.
Idiota, murmuró, mirándose al espejo.
Se sonó la nariz con papel higiénico haciendo el menor ruido posible, se lavó la cara con agua fría y se dijo firmemente que dos besos no eran nada para un hombre como Nick Jefferson. Era un hobby para él. Algunos hombres jugaban al críquet, o pescaban. Él besaba. a las mujeres. Los rumores decían que las prefería altas y rubias, pero al parecer, se conformaba con bastante menos a veces.
Cuando finalmente salió del cobertizo, Nick y Verónica habían terminado las fresas y el café. Era hora de marcharse. El tobillo, que gracias a los analgésicos y la venda le había dolido de manera soportable, empezaba a molestarle. Decidió llamar por teléfono para pedir un taxi. El número estaba pegado en un pequeño bloc amarillo colgado de la pared. El rato que tardaron en atender el teléfono le pareció interminable.
– Venga -se dijo.
Al no estar allí, dejaría de pensar en Nick y en Verónica. De ese modo podría engañarse pensando que Verónica llamaría a un taxi y se iría a una hora respetable. Aunque no fuera cierto.
– Melchester Taxis -contestó una voz.
Pidió un taxi y le dijeron que estaban todos ocupados, que tardarían unos veinte minutos en recogerla. Ella estaba furiosa consigo misma por no haber pensado cuánto tiempo le iba a llevar conseguir un taxi. Pero no podía hacer otra cosa que esperar.
Cassie decidió que sería mejor esperar fuera de la casa en lugar de soportar un segundo más en la cocina, mientras Nick cortejaba a otra mujer.
El cerrojo de la puerta de atrás era viejo y estaba duro. Ella se inclinó para hacer más fuerza, moviéndolo hacia arriba y hacia abajo. Todavía estaba intentando que el cerrojo cediera cuando oyó los tacones de Verónica a través del suelo de cerámica de la cocina.
– Claro que te ayudaré a fregar-dijo.
La oyó tan cerca que le pareció que estaba en el cobertizo con ella.
– Es lo menos que puedo hacer después de una cena tan maravillosa.
– No hace falta, de verdad -Nick protestó-. Tengo una persona que viene a limpiar. Lo hará mañana por la mañana
– Eso es desagradable. Sólo un hombre sería capaz de dejar los platos sucios de la noche para que los lave otra persona. Esto se friega en un momento.
Se oyó el ruido del agua corriendo.
– Empiezas tú, Nick. Iré un momento al aseo. Luego si quieres, secaré los platos que hayas lavado.
Al menos no sería ella la que se ensuciaría con los platos y el detergente, pensó Cassie.
La idea dé ver a Nick con la camisa remangada la divirtió.
Cassie se puso erguida. Si Verónica se iba arriba, podría marcharse.
– Dime dónde está-dijo Verónica.
– Por allí.
¿Por dónde le habría indicado?, se preguntó Cassie. Al oír la puerta del cobertizo tuvo la respuesta.
¡Oh! ¡Dios bendito! ¡Él creía que ella ya se había ido!
Cassie, desesperada, volvió a forzar el cerrojo. Hizo ruido, pero no pudo abrir.
¿La habría oído Verónica? Aparentemente, no. Pero Nick debía de haberla oído, porque lo oyó moverse rápidamente a través de la cocina.
– Ése es un cuarto de baño un poco pequeño -dijo-. Quizás estés más cómoda en el de arriba, Verónica.
Verónica se rió.
– ¡Por Dios, Nick! No tiene importancia. Un aseo pequeño es suficiente.
– Quizás no haya toalla -improvisó él-. O jabón. Será mejor que vaya a ver.
– ¡Cielos, Nick! ¡Cualquiera diría que tienes alguien escondido allí! Esqueletos en los armarios o algo así…
Nick rió forzadamente su broma.
– ¿No tienes un chef escondido ahí, por casualidad? -¿Un chef? -Nick pudo reír, aunque le costó un gran esfuerzo-. ¡Qué desconfiada eres, Verónica!- Si eso es lo que piensas, será mejor que vayas a verlo tú misma.
En ese momento, Cassie dejó de escuchar tras la puerta y tomó la única salida posible. Se quitó los zapatos, abrió la puerta hacia las escaleras y, haciendo caso omiso al dolor de su tobillo, las subió corriendo.
NICK estaba de pie en la cocina, contemplando un fregadero lleno de platos sucios, preguntándose cuánto tardaría en convencer a su invitada, a quien ya no deseaba en su casa, de que se marchase. De pronto tuvo una idea.
Después de una llamada oyó un ruido arriba. Había alguien. ¿Sería Cassie?
Él había pensado que Cassie se había marchado hacía mucho tiempo. Había dejado muy claro que se marcharía en cuanto tuviera oportunidad.
¿La habría oído Verónica también?, se preguntó él.
– ¿Hay dos escaleras, Nick? -preguntó Verónica. Su cara jamás expresaba lo que pensaba. Al contrario que Cassie, cuya mirada la traicionaba.
– Sí. Una para subir, y otra para bajar. Originalmente había más escaleras. Una para cada uno de los pequeños chalés. Ésta la dejó una pareja que vivió aquí para que los niños no entrasen con barro a la casa.
– Buena idea. ¿Puedo ir arriba? Como me has dicho que podía echar un vistazo…
El se encogió de hombros. Su cerebro parecía estar funcionando con lentitud, como si inconscientemente se negase a encontrar una excusa razonable para detenerla.
– Claro. Te mostraré la parte de arriba cuando hayamos fregado los platos.
– Eso nos llevará un rato. Ven -ella le extendió la mano. Nick miró la mano, la sonrisa burlona que dibujaba la comisura de la boca de Verónica.
Una semana antes él habría aceptado aquella invitación sin dudarlo un instante. Pero ahora descubría que prefería la frialdad y la distancia de Verónica:
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