Liz Fielding - Cena para Dos

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Había dos cosas a las que Nick Jefferson no podía resistirse: un desafío y una mujer rubia. Así que, cuando se encontró con la última de sus rubias y ésta lo desafió a que preparase una cena romántica para ambos, no pudo negarse. Pero, lamentablemente, Nick era incapaz de freír un huevo, y tuvo que pedir ayuda a Cassie Cornwell.
Cassie no era el tipo de Nick. Para empezar, era morena y, además, la primera mujer que lo había rechazado, aunque no muy convencida. Su primer matrimonio la había vuelto muy desconfiada, pero eso no la salvó de la decepción que sintió al saber que Nick la había llamado para que le preparara una escena de seducción, en lugar de querer compartir la cena con ella…

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– Tal vez no vea mucho la televisión. Pero Nick ha sido muy amable. Ha arriesgado su vida trepando a una pared sólo para comprobar que me encontraba bien. De no haber sido por él, podría haberme quedado tirada en el suelo de la cocina hasta mañana, que viene una mujer a limpiar la casa.

– Bueno, ¿está segura? -parecía dudar el policía-. Nosotros no podemos hacer nada si no…

– Lo sé.

– ¿Y no necesita que la lleven a urgencias, realmente?

– No necesito que me lleven a urgencias. Gracias -se sintió aliviada al ver que el oficial cerraba su bloc de notas y se lo metía en el bolsillo-. Y gracias por venir tan rápido. Podría haber necesitado su ayuda, realmente. Debería agradecérselo a quien los haya llamado.

– Fue una de sus vecinas. Una tal señora Duggan, ¿puede ser?

– ¡Oh, sí! -la vecina que le había pedido la escalera. Era una casualidad del destino-. Es reconfortante saber que la gente se preocupa.

– Al parecer, usted no tiene problemas en ese sentido, señorita Cornwell.

– Es cierto.

Finalmente el policía se había convencido y se había marchado después de desearle buenas noches.

Cassie se había apoyado nuevamente en el cojín y había dejado escapar un suspiro de alivio.

– Eso te enseñará a no jugar con la ley -dijo Nick.

Cassie se dio la vuelta. Nick estaba apoyado contra el quicio de la puerta, con los brazos cruzados.

– Ha sido culpa tuya -le contestó ella-. No me habría pasado nada si tú no me hubieras llamado «cariño». ¿Por qué diablos me has llamado así?

– Me pareció buena idea hacerles creer que estábamos juntos. Ha sido un error por mi parte. El oficial me ha hecho marchar para averiguar si te había pegado, ¿no es cierto? -ella no le contestó, pero su gesto fue una confirmación-. Me lo he imaginado. De todos modos, al menos sirvió para algo.

Ella había estado a punto de pedirle perdón por poner riesgo su buen nombre, pero preguntó:

– ¿Sirvió para algo? -preguntó ella.

– Al menos para oírte decir que yo había sido muy amable. Y con esa sinceridad.

– Casi lloro de la emoción… Este accidente ha sido por tu culpa. lo sabes.

– ¿De verdad? -él atravesó la habitación, recogió la silla y la puso debajo de la mesa, luego apoyó la puerta del armario en la pared-. ¿No te sientes ni un poquito responsable? ¡Sólo a ti se te ocurre subirte a una silla tambaleante!

– No es tambaleante.

Nick golpeó el suelo con la silla para demostrar su opinión.

– Es el suelo el que está mal. Y yo no habría subido a una silla si tú no hubieras decidido poner la comida en el estante de arriba. Además, hasta que te has puesto a gritar por el caldo de pollo no me había pasado nada…

– Un error por el que te pido perdón. Lo estaba pasando muy mal con la receta en aquel momento. Con una de tus recetas.

– Ocurre a veces.

– ¿A ti?.

– A todo el mundo. Afortunadamente poca gente me llama por teléfono para echarme la culpa de ello. ¿Cuál era el problema?

– El problema era que no sabía qué estaba haciendo -admitió él-. ¿Puedes ayudarme, Cassie?

Ella no podía creerlo.

– Llévala a cenar fuera, Nick. De ese modo tendrás la posibilidad de disfrutar de un rato agradable.

– No puedo. No se trata de disfrutar.

– ¿No?

Él negó con la cabeza.

– Se trata de ganar -él se sentó en el borde del sofá y levantó el paquete de judías del tobillo de Cassie-. ¿Qué tal está?

– Soportable. ¿Siempre tienes que ganar?

– Soy un Jefferson. En mi familia o ganamos o morimos. Vas a tener que estar en reposo un día o dos dijo, y empezó a enrollar una venda alrededor de su tobillo-. No te conviene subir y bajar escaleras.

– Las escaleras no me preocupan tanto como otras cosas. Pasado mañana iba a llevar de campamento a tres niños rebosantes de energía.

– Tendrás que postergarlo.

– No puedo -alzó la vista. Vio que Nick fruncía el ceño-. Se lo he prometido a los muchachos.

– Bueno, no puedes irte sola. No estás en condiciones.

– Mike me ayudará -dijo con más convencimiento del que realmente sentía. Mike no había parecido muy entusiasmado cuando habían hablado del viaje. -¿Mike?

– El mayor de mis sobrinos.

– ¿Cuántos años tiene? No podrás conducir, ya sabes.

– Le pediré prestado el coche a mi cuñado. Tiene uno automático -dijo rápidamente ella.

– Bien, inténtalo, Cassie. Pero es el tobillo derecho el que te has torcido.

– ¿Has comido ya? -dijo ella, intentando cambiar de tema.

– No. Mi comida la ha arruinado un cocinero incompetente. ¿Y tú? -ella negó con la cabeza-. ¿Quieres que llame para que nos traigan comida hecha?

– No seas tonto. Tengo una nevera llena de comida…

– Y un tobillo mal -le dijo él.

– ¡Oh! Pero si te voy diciendo qué tienes que hacer…

– Ya he estropeado una cocina. ¿Qué prefieres? ¿Comida india? ¿China? ¿Una pizza?

– Lo que sea -nunca nadie le llevaba comida. Siempre esperaban a que cocinara ella, y de pronto se sintió halagada con aquel gesto.

– China. Hay una botella de vino tinto en la nevera. Me gustaría beber algo-dijo ella.

– No sé si es buena idea. ¿Y si has tenido un shock, o una conmoción cerebral?

– Te repito que no me he golpeado la cabeza. ¿Por qué no me crees?

– No sé por qué será. ¿Saca-corchos?

– En el primer cajón.

– ¿Copas?

– En el armario encima del fregadero.

– ¿Por qué no le gustan los hombres a tu gato?

Su pregunta la tomó completamente por sorpresa, y no supo qué contestarle. Después de un momento se le ocurrió decir.

– Tiene buen gusto, supongo.

– ¿No es un macho acaso?

– Técnicamente, no.

– ¡Ah!

– Por lo visto tú no has tenido nunca un gato macho -contestó ella-. O sabrías que es imposible vivir con ellos.

– Eso me han dicho.

Cassie respiró profundamente, luego intentó que su gato se acercase a ellos.

– Ven, Dem. Nick no te hará nada.

– ¿Dem?

– Demerara, como el azúcar -el gato salió de su escondite y saltó al sofá con ella. Su pelo dorado brilló con la luz.

– ¡Oh! Ya comprendo, por el color del pelo. Hace años mi hermana tenía un gato que se llamaba Miel. ¡Oh! ¡Maldita sea! Me acabo de acordar de algo… -le dio a Cassie una copa de vino-. ¿Puedo usar tus teléfono?

– Por supuesto.

Él marcó un número de teléfono, pero se encontró con un contestador automático. Hablar con su madre era como hablar con el primer ministro.

– Soy Nick. Graham me ha dicho que había hablado contigo para que te quedases con los niños de Helen, mamá. Mira, sé que estás ocupada, pero…

– Nick, cariño -dijo su madre levantando el receptor.

– ¡Oh! Me alegro de que estés aquí. Creí que te habías ido fuera.

– Me marcho en cinco minutos. Me voy a una conferencia a Nairobi. Lamento estropear tus planes, Nick. Otra vez será, cuando tenga más tiempo.

– Nunca tienes tiempo -le recordó él agriamente-. Y esta semana es el cumpleaños de Helen.

– Lo sé. El otro día he ido al pueblo y le he comprado el nuevo libro de cocina de Cassandra Cornwell, firmado por ella.

– Yo he hecho lo mismo.

– ¿En serio? ¡Oh, cariño! ¡Qué penal Además se lo he dado hoy porque no iba a estar aquí el día de su cumpleaños. Tendrás que pensar en otra cosa.

– No le habrás organizado un viaje a París también, ¿no es cierto?

– Por supuesto que no. Le he dado un cheque para que se compre lo que quiera.

– ¡Genial!

– Pareció contenta. Tú debiste hacer lo mismo. Habría sido más sencillo. Para todos.

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