Liz Fielding - La Rosa del Desierto

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Al atraer la atención de los medios de comunicación internacionales sobre el secuestro de la conocida corresponsal extranjera Rose Fenton, el príncipe Hassan al Rashid salvó a su país de un golpe de estado. Pero su corazón había sido robado por la única mujer que nunca podría tener.
Secuestrada por Hassan, Rose descubrió que, debajo del traje elegante del playboy internacional, latía el corazón de un verdadero príncipe del desierto.
Poderoso e implacable, Hassan era todo lo que siempre había soñado encontrar en un hombre. Pero, ¿podría convencerlo de que era digna de su amor?

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– No, Hassan.

La voz sonó ronca con una necesidad similar a la que él sentía en su cuerpo, aunque dio la impresión de que también ella al fin había reconocido la necesidad, de luchar contra dicha atracción.

El emitió el tipo de sonidos amables que aplacarían a un caballo nervioso.

– Te oigo, Rose. Está bien. Lo entiendo. Pero ahora ven. El agua está demasiado fría.

O quizá solo se trataba del frío que atenazaba su corazón. Pero ella parecía incapaz de moverse, de modo que la alzó en vilo y la sacó del arroyo para recorrer el sendero pedregoso hasta la tienda. El lugar estaba vacío; sus hombres habían encontrado excusas para alejarse.

Nada podría haber indicado de manera más directa que aprobaban su elección. Los hombres mayores habían sido padres sustitutos para él, y le habían enseñado tal como se enseña a los hijos. Y sus hijos eran sus amigos de la infancia.

Habían visto en Rose las mismas cualidades que él admiraba: coraje, determinación y una voluntad indomable. Y le habían mostrado su respeto dirigiéndose a ella como sitti , ansiosos por complacerla.

Para ellos era tan sencillo. Él la deseaba, la haría suya y jamás se marcharía de su casa. Su abuelo no habría experimentado problema alguno con eso. «Si la deseas, tómala», habría dicho. «Tómala y reténla. Dale niños y será feliz».

Incapaz de hacerle eso, sospechaba que su propio rango quedaría seriamente reducido.

A pesar del calor, cuando entraron en la tienda Rose temblaba sin control. La dejó de pie y buscó una toalla.

– Rose, por favor, debes quitarte ese vestido -instó, y se puso a hurgar en la cómoda la suave túnica que su madre le había regalado a su padre cuando se casaron y que lo acompañaba a todas partes. Al volverse, vio que se afanaba por terminar lo que había empezado con los botones, pero sin éxito.

– Lo sien… siento -tartamudeó-. Me tiemblan mu… mucho las manos.

– Shh, no te preocupes. Yo lo haré.

– Pero…

– Yo lo haré -sin embargo, los ojales se habían cerrado en torno a los botones y costaba soltarlos. Desesperado, asió los bordes de la seda, con los dedos ardiendo contra el frío de la piel de Rose, y los arrancó; el peso del agua hizo que cayera al suelo.

Había arreglado que la mujer de uno de sus hombres fuera al centro comercial a comprar ropa interior para Rose. Al comprobar su elección, tuvo que reconocer que había gastado el dinero de manera imaginativa.

Al desabrochar el encaje que sostenía sus pechos y bajarle las braguitas a juego por las caderas, agradeció haberse metido también en el agua fría, los pantalones mojados que mantenían la mecha casi apagada.

– Ven -dijo, introduciéndola en la calidez de la túnica azul para envolverla con ella; sabía que en unos momentos entraría en calor. Quería seguir abrazándola. Pero tomó la toalla y le secó el pelo. Luego apartó la colcha y la metió en la cama. Habría dado cualquier cosa para tumbarse con ella, pero la cubrió y la arrebujó-. Te traeré algo caliente para beber.

– Hassan… -él esperó-. Lo siento. Lo siento mucho. Suelo pensar en lo que deseo y voy a buscarlo. Le hice lo mismo a Michael. Lo necesitaba y no se me ocurrió que quizá el no me necesitara a mi…

– Sshhh -se plantó a su lado en un instante-. No digas eso. Fue el hombre más afortunado del mundo. Un hombre que pueda morir con tu nombre en sus labios no podría lamentar nada… -ella le tomó la mano y la apoyó en su mejilla.

– ¿El nombre de quién tendrás tú en los labios, Hassan? -no podía decirlo. No debía. Pero daba igual. Ella lo sabía-. No debes hacerlo, Hassan. No puedes casarte con una pobre chica que te amará…

– ¡Rose! -demasiado tarde intentó detenerla.

– Una chica que te amará porque no podrá evitarlo, Hassan. Te amará, te dará hijos y tú no la amarás, le romperás el corazón.

– Los corazones no se rompen -mintió-. Estará satisfecha.

– Eso no basta. No para toda una vida.

No. Nunca bastaría. Retiró la mano y trató de devolverle un viso de cordura a una situación que rápidamente escapaba de todo control.

– ¿Preferirías que pasara las noches solo? -preguntó con aspereza.

– Preferiría que recordaras tu honor.

¿Honor? Empezaba a hablar como su hermana… y recordó su estúpida aceptación de que el matrimonio podría ser el único modo de redimirse. Durante un momento la llamada de sirena de la tentación llenó su cabeza. Pero no había honor en ese sendero resbaladizo. Era hora de poner fin a la situación.

– Recordé mi honor, sitti -repuso con frialdad, decidido a alejarse-, cuando tú habías olvidado el tuyo.

– ¿Es así? -se ruborizó enfadada y se apoyó en un codo-. Bueno, lamento contradecir a mi señor, pero yo diría que aquel día quedamos nivelados.

Entonces recordó algo. Hassan aún estaba en deuda con ella, Nadim lo había dicho.

Oro, sangre u honor. Tenía derecho a elegir.

Ese día había empleado los patrones de Hassan para retenerlo a su lado. ¿Podría utilizarlos para poner fin a esa tontería de un matrimonio arreglado? Era una locura, pero, ¿no había dicho Nadim que él nunca sería feliz con una novia tradicional?

¿Matrimonio? Tenía que estar loca. Había tomado demasiado sol. Era muy pronto para pensar en eso. No obstante, lo había sabido con Michael. No había permitido que personas mezquinas o que la disección psicológica que había hecho su madre de la relación le estropearan el breve tiempo que habían disfrutado juntos.

En la mente de Hassan también debía figurar el matrimonio, si no, ¿por qué se resistía a ella con tanto empeño? Entonces la ira se evaporó.

– Quédate conmigo, Hassan -pidió con una voz que apenas reconoció. Se echó sobre los cojines-. Quédate conmigo.

– Rose… por favor…no puedo.

Sidi , debes quedarte -insistió implacable.

– Debo cambiarme, tengo la ropa empapada… -se excusó débilmente.

– Entonces será mejor que te las quites o serás tú quien se enfríe -aguardó un momento y, al ver que no se movía, continuó-: ¿Puedes arreglarte solo? ¿O necesitas algo de ayuda con los botones?

– No son los botones los que me plantean problemas. Eres tú -pero se sentó en un taburete y se quitó las botas mojadas. Luego se dirigió a la cómoda, abrió uno de los cajones y comenzó a buscar algo seco que ponerse.

Rose lo contempló unos momentos, luego se quitó la suave túnica.

– Prueba esto -ofreció.

Hassan se volvió y soltó una palabra breve y desesperada al ver la túnica azul que le entregaba, cálida de haber estado en contacto con su cuerpo. Se le secó la boca, el corazón le martilleó con fuerza y el tirón de la necesidad se tomó tan intenso que incluso moverse era una tortura.

– ¿Qué quieres, Rose?

– No paras de preguntarme eso, pero ya conoces la respuesta -yacía sobre los cojines con el pelo húmedo alrededor de la cara, los hombros desnudos como seda cremosa contra el algodón blanco, el cuello suplicando ser enmarcado entre perlas-. Tienes que saldar cuentas conmigo antes de poder siquiera pensar en matrimonio, sidi . Estás en deuda.

– ¿En deuda? -¿podía fingir que no entendía?

– Dijiste que podría tener lo que quisiera.

– Y hablaba en serio. Estipula tu precio. El deseo de tu corazón.

– Quiero…

«Que sean diamantes. O su peso en oro…»

Ella dejó caer el vestido, extendió la mano hacia él y murmuró su nombre en una caricia imperceptible.

– Hassan.

El sonido de su propio nombre llenó su cabeza, reverberó hasta que la piel le tembló por el impacto. Alcanzó algo profundo en él, todas sus añoranzas, la necesidad…

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