Jessica Steele - Luces de bohemia

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Cara Kingsdale, una reportera muy experimentada, había conseguido que el hermético Ven Gajdusek le concediera una entrevista.
Pero ahora, debido a un imprevisto, no podía ir y le pidió a su hermana que viajara a Checoslovaquia en su lugar.
Fabia sabía que no iba ser sencillo engañar a un hombre como Ven.
Y menos aun si se enamoraba de el…

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– La despediste allí mismo.

– Le di una hora para vaciar su escritorio. Una hora en la que, a sabiendas de que yo nunca concedo entrevistas, le escribió a tu hermana, y le concedió una cita.

– ¡Válgame Dios! -exclamó Fabia-. Eso no estuvo nada bien.

– Y eso es decir poco -Ven sonrió y la miró con adoración-. No sólo habría puesto a tu hermana en un aprieto, ya que no hubiera podido encontrarme si todo hubiera resultado como yo lo tenía planeado…

– ¿Por qué te fuiste a Praga?

– No tenía planeado ir a allá entonces. De acuerdo a mis planes, debía estar concentrado en el último capítulo de mi obra, que es cuando por nada del mundo acepto interrupciones y Milada lo sabía muy bien. Lo que ella no sabía, claro, era que había terminado de escribir unos días antes de lo que esperaba y por eso no estaba aquí cuando tú, en lugar de tu hermana, llegaste.

– ¿Quieres decir que cuando te mostré la carta que Milada le envió a Cara era la primera noticia que tú tenías de la entrevista? -ella no daba crédito a lo que le estaba diciendo.

– Efectivamente -pero antes que ella se sintiera mortificada expresó-. ¿Te he dicho ya lo feliz que estoy con toda mi alma de que hayas venido?

– ¡Oh, Ven! -suspiró-. ¡Así que Lubor no estaba bromeando cuando le sorprendió que tú hubieras concedido una entrevista! Él sabía que era un error.

– Cuando regresé de dejarte en el hotel aquel lunes, le pedí que me trajera toda la correspondencia con Verity . No había ninguna.

– ¿La había destruido Milada Pankracova?

– Así parece.

– ¡Qué odiosa mujer!

– Pero Lubor me dijo que la entrevista estaba anotada en tu diario -recordó Fabia de repente-. ¡Me aseguró que la habían pasado por alto, te lo juro!

– ¿No te dije que es muy buen secretario? -sonrió-. En sus referencias estaba que es una persona de gran lealtad.

– ¡Caramba! -exclamó ella y reflexionó sobre todo lo que había sucedido porque Milada había querido jugarle a Ven una mala pasada-. Y allí estaba yo, en Praga, pensando que no querías discutir lo de la entrevista porque estabas fatigado de haber trabajado durante tanto tiempo sin ningún descanso.

– Puedo recuperarme muy rápido -la informó Ven-. Aunque ya que hablamos de Praga otra vez, tengo que explicarte que, cuando regresamos a nuestra suite después de cenar esa noche, sintiendo que mis emociones estaban en ebullición, tuve que inventar que tenía una cita con alguien…

– Inventar… no…

– Necesitaba estar solo para pensar las cosas, tú me distraías demasiado -murmuró él.

– Qué bueno -comentó ella-. Y yo me acosté a dormir sintiéndome desgraciada y con la conciencia llena de Culpa por mis pecados, tuve la horrible pesadilla dé que tú estabas en peligro. ¡Fue casi dormida que salí corriendo a la sala, para tratar de salvarte!

– ¡Tú querías salvarme! -exclamó con felicidad Ven y tuvo que besarla-. Yo necesitaba ayuda de alguien cuando volví al hotel y descubrí que habías tomado el tren de regreso a Mariánské Lázne.

– Tú… hmm… ¿regresaste por mí?

– Corriendo como conejo. A pesar de que todavía no me había percatado bien del motivo por el cual lo estaba haciendo, decidí regresar y estuve aquí una hora antes de que el tren oficialmente llegara. ¡Y estaba retrasado!

– ¿Sabías que había llegado retrasado? ¿Llamaste a la estación?

– A la estación. Al hotel. A Inglaterra, yo estaba hecho un nudo de tensión, de nervios y de miedo.

– ¿Miedo? -ella abrió más los ojos.

– Miedo de que te fueras de Checoslovaquia sin antes ir a tu hotel -le reveló y luego esbozó una sonrisa amarga-. Por primera vez en mi vida no podía pensar con lógica, porque ¿para qué ibas a tomar un tren a Mariánské Lázne si pensabas irte del país?, para eso tomarías el avión desde Praga. Descubrí que el amor no tiene lógica.

– De modo que no podías razonar -advirtió ella encantada de estar escuchando todo lo que le había revelado-, y…

– Y -continuó él-, me puse más y más nervioso porque no tenía tu dirección en Inglaterra.

– ¿Me hubieras buscado allá?

– Claro -declaró él sin titubeos, haciendo que el corazón de Fabia estallara de alegría-. Gracias a Dios no tuve que hacerlo. Aunque entonces no lo sabía, así que llamé a tu hotel y mientras insistí en que me avisaran, sin que tú supieras, en el momento en que llegaras…

– ¡Les pediste que te llamaran!

– Seguro -señaló-. Y al mismo tiempo les pedí tu dirección en Inglaterra.

– ¡Cielos! -ella empezó a comprender lo angustiado que debía haber estado.

– Pero ellos, incompetentes y tontos, creí, me dieron tu dirección en algún lugar en Gloucestershire, cuando yo quería tu dirección en Londres.

– Estabas a punto de descubrir mi engaño -insertó Fabia.

– Faltaba poco para que me volviera loco -la corrigió Ven-. En mi trabajo lo más natural es confirmar todos los datos de la investigación. En ese momento recordé que Lubor me dijo que había dejado tu tarjeta de presentación en mi escritorio.

– No me digas que todavía la tenía.

– Sí; con el pretexto de tener que regresarle una pluma que había olvidado, Cara Kingsdale, en mi casa, objeto que podía tener algún valor sentimental, llamé a la revista Verity .

– ¿Ellos te dieron la dirección de la casa de Cara?

– No sólo eso, sino que mostrándose ansiosa de complacerme, la mujer con quien hablé sugirió que, en vez de mandar el paquete a nombre de Cara, lo enviara, para estar más seguro de que le llegara, con su nombre de casada.

– Sálvame, Dios -musitó la muchacha.

– Puedes sentirte avergonzada. ¡Pasé un infierno! -la regañó Ven-. Estaba tan alterado, ¡casada!, repetí y para encubrir mi sorpresa le dije: Se ve demasiado joven para ser casada, y la amable mujer contestó: Cara me va a matar por revelarlo, pero cumplirá veintinueve en agosto. Lo sé porque cumplimos el mismo día.

– Te dije que tengo veintidós años.

– Sí, me daba cuenta de que no podías tener veintinueve. Pero como todo estaba explotando a mi alrededor, todavía no salía de mi confusión cuando me llamaron del hotel para decirme que acaba de llegar.

– Tú… -empezó Fabia a decir y luego entendió-. ¡Le ordenaste a Lubor que me llamara para avisarme que habían entregado ya mi auto.

– ¡No estaba de humor para hablar contigo personalmente! ¿Tienes idea, mujer, de lo que sentía mientras esperaba mirando desde la ventana que llegaras en el taxi?

– ¿Ya sabías entonces que estabas enamorado de mí?

– Supe en el momento en que colgué el auricular después de llamar a Inglaterra, que no sólo te amaba con todo mi corazón, sino que de ninguna manera podía aceptar que estuvieras casada con nadie más que conmigo.

– ¡Ay! -exclamó ella apabullada.

– ¿Sí me quieres, verdad? -preguntó Ven con ansiedad.

– Claro que te quiero y mucho.

– Mira como me has dejado… -sonrió él con ternura-. Pero claro, no tuve más que un rato para pensar por qué querías irte, si estabas dispuesta a no cumplir la promesa que le hiciste a tu hermana, ¿qué podía ser?, sospeché que estabas huyendo de mí porque me amabas y porque te había lastimado mucho que te acusara de empalagosa.

– Eres muy inteligente -susurró ella temblando.

– Entonces saca a este hombre inteligente de su desolación y dime… ¿vas a casarte conmigo?

– ¿Estás seguro? -preguntó ella sin dar crédito a sus oídos.

– Jamás he estado más seguro en toda mi vida. Cásate conmigo, Fabia -insistió-. Deja que vaya contigo a Inglaterra, a conocer a tus padres y a concederle a tu hermana la entrevista que te trajo a mí, y…

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