Jennifer Greene - Un toque caliente

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Ella tenía la norma de no mezclar los negocios con el placer… pero había normas que había que romper…
Aceptar un cliente como Fox Lockwood era buscarse problemas, pero Phoebe Schneider utilizaba su talento como masajista para curar a quien la necesitaba. Fox no tardaría en hacerle considerar la idea de cruzar una línea a la que jamás se había atrevido a acercarse siquiera. Cuanto más tiempo pasaba Fox con Phoebe, más vivo se sentía, pero había algo que impedía que Phoebe permitiera que la relación fuese más allá del deseo y él iba a descubrir el misterio.

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– ¿Y piensas volver a dar clases?

– No -contestó él-. ¿Tú también respondes preguntas o sólo las haces?

Phoebe parpadeó.

– ¿Qué quieres saber?

– ¿Por qué vives en Gold River?

– Trabajo en el hospital. Me encantaba mi trabajo de fisioterapeuta, pero quería concentrarme en los niños. Y quería ser independiente, tener mi propio negocio. Así que empecé a dar masajes infantiles. Y me gusta vivir aquí. Me gusta la gente, la ciudad, todo.

– ¿Y eres de…?

– Asheville.

– ¿Y el hombre?

– ¿Qué hombre?

– Te fuiste de Asheville por un hombre -dijo él entonces. Era una afirmación, no una pregunta.

– Muy bien -sonrió Phoebe-. Veo que te encuentras mejor. Por yo tengo que ir a la compra, sacar a pasear a mis perros… y luego ir al cine, con mis amigas. Así que te dejo solo para que te vistas. Enviaré el programa de trabajo a tu casa. Estúdialo y luego llámame cuando decidas si te apetece hacerlo…

Fox no sabía si iba a hacerlo. Pero cuando bajó de la camilla, se colocó la sábana estilo toga en la cintura, fue tras ella sin saber por qué y le pasó un brazo por la cintura.

Phoebe se volvió, sobresaltada.

Fox se sintió irritado por un momento. No era un sentimiento racional, sólo la sensación de que algo… no estaba bien. Primero se mostraba cariñosa y luego, de repente, parecía a la defensiva.

Y había algo… algo que no podría explicar. Algo que estaba pasando entre ellos… como cenizas que pudieran volverse carbones encendidos cuando se removían.

Y tenía la impresión de que Phoebe también sentía algo por él. Algo sexual. O quizá algo más importante. Y eso no podía ser porque por ahora, y en el futuro inmediato, no estaba en condiciones de cuidar de nadie.

De modo que al hacer eso quizá había querido asustarla. O molestarla.

A saber. Su cerebro llevaba meses sin funcionar apropiadamente.

Pero cuando la tomó por la cintura, cuando se volvió hacia él, cuando vio el brillo de sus ojos… supo que iba a besarla.

Sabía que el beso estaba llegando.

Y entonces…

Entonces lo hizo.

Besó aquella boca suave, generosa, sexy.

¿Quién habría adivinado que sería una explosión? Quizá hacía tiempo que no la besaba nadie. A lo mejor estaba ovulando. A lo mejor le gustaba de verdad… bueno, esta última teoría no parecía muy creíble. Los hombres Lockwood solían ser imanes para las mujeres, Fox incluido, pero él había perdido esa habilidad al tener el cuerpo lleno de cicatrices.

Pero maldición…

Ella lo encendía, aunque, no pudiera explicar por qué.

Phoebe enredó los brazos en su cuello. Su boca se plegó a la suya, moviéndose, comunicándole su anhelo. Comunicándole deseo. De repente, sus pechos se aplastaban contra su torso…

La sábana en la que iba envuelto dejó de luchar contra la gravedad y cayó al suelo. Sabía que no podría estar de pie mucho tiempo, no sólo por la pierna herida sino porque toda la sangre de su cuerpo estaba por debajo de la cintura.

Tomó su cara entre las manos, sujetándola mientras intentaba entender cómo un beso se había convertido en el Armagedón. Le dio otro beso para descubrirlo, ya que el primero había despertado tantas preguntas y contestado ninguna. Después de un tercero, perdió la cabeza.

Desde que sufrió el accidente, no había habido mujeres en su vida. Fox pensaba que el amor y el sexo habían desaparecido de su vida indefinidamente. ¿Cómo iba a saber que esa privación lo estaba volviendo loco? ¿O que lo preocupaba saber si su cuerpo podría seguir funcionando con normalidad?

Así era.

«Charlie», suelto, se movía como el rabo de un cachorro, empujando contra el abdomen de Phoebe con desinhibido entusiasmo. Ella era bajita. Muy bajita. Si tuviera fuerza, podría haberla tomado en brazos y… pero si lo hacía caerían los dos al suelo.

Tocarla, acariciarla, besarla, lo hacía sentirse como un hombre al que le ofrecieran un vaso de agua clara y fresca después de semanas en el desierto. Ella era como el agua, líquida, a su alrededor, sus besos ahogando el dolor, cualquier dolor.

No había tiempo para meter el pie en el agua y probar la temperatura. Así que se tiró de cabeza, boca, codos, cerebro, corazón… y Charlie, por supuesto.

Ella no dejaba de besarlo. Y emitía una especie de gemidos suaves, tristes, emocionados. Sus pechos se ponían duros, se aplastaban contra él. Se agarraba a él como si no quisiera soltarse nunca.

Muy bien. Fox por fin lo entendía.

No era real. No era normal. Era una bruja. Las mujeres de verdad no respondían así ante un hombre al que no conocían de nada. Phoebe se portaba como si quisiera que le hiciera de todo, como si hubiera perdido toda inhibición en cuanto la tocó, como si él fuera el hombre más sexy del mundo. Como si no hubiera vivido hasta que él la besó.

Fox recordó entonces una fantasía de cuando tenía dieciséis años. Así era como soñaba que sería con una chica… pero entonces se hizo mayor, claro. Con las mujeres de verdad había que hacer un esfuerzo. Las mujeres tenían que conocer a un hombre antes de confiar en él y la confianza era necesaria para que el sexo fuera interesante. En fin, el sexo siempre era interesante, pero para que fuera bueno de verdad, merecía la pena esperar.

Con Phoebe era… era como si alguien la hubiera creado sólo para él. Sabía cómo tocarlo, cómo suspirar para volverlo loco.

Era tan raro. Llevaba meses débil como un gatito y ahora, de repente, se sentía tan poderoso como para mover montañas.

Y la culpa era de aquella maldita pelirroja que lo había hecho pensar en el amor otra vez. En despertar al lado de alguien cada mañana. En enredar los dedos en aquel pelo largo y rojo cada noche.

– Oye…

Parecía su voz, más ronca que nunca, interrumpiéndolos. No la de ella.

Fox levantó la cabeza, ella no. Era él quien quería poner un poco de sensatez en todo aquel asunto.

¿Dónde estaba el sentido común de aquella chica? Era sábado por la tarde, por Dios. Las perritas los miraban como intentando comprender el extraño comportamiento de los seres humanos. El sol entraba por las ventanas y le dolía la pierna como el demonio. El dolor no era algo nuevo para él, pero hacía tiempo que no experimentaba el dolor de la frustración sexual.

– ¿Qué está pasando aquí?

– ¿Eh? ¿No has sido tú el que se me ha echado encima?

– Pero tú no me has parado.

– ¿Y eso te hace menos culpable?

– No, pero me confunde… ¿por qué me has besado?

– Fox… sé que lo has pasado muy mal y que sigues sufriendo…

– Ah, ¿entonces me has besado porque sientes compasión por mí?

Ella lo abrazó.

– Lo sé… ningún hombre quiere la compasión de una mujer.

– Desde luego que no.

– Pero «compasión» no es la palabra. Fergus… es otra cosa.

– ¿Qué, pena?

– No, es algo más -rió Phoebe-. Voy a contarte un problema que tengo.

– Dime.

– Los hombres suelen pensar que me gusta el sexo porque soy masajista. Para mí, eso es absurdo. Evidentemente, me importa la gente o no me dedicaría a esto, pero cuando toco a alguien como masajista… como contigo, por ejemplo, siento compasión por su dolor y nada más. No hay nada sexual en ello.

Fox intentaba no pensar en «Charlie». Notaba que ella intentaba decirle algo importante y tenía que estar concentrado.

– No sé lo que quieres decir. ¿Estás diciendo que no sientes nada por mí?

– No es nada personal -le aseguró Phoebe-. Sólo estoy intentando ser sincera. No soy una persona muy sexual, Fox. Soy más bien maternal, creo.

– Maternal.

– Y por eso trabajo con niños.

– Porque eres maternal y no sexual.

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