Y con Fox se sentía limpia.
Esa sensación desapareció cuando estaba con Alan, pero la había recuperado. Por Fox, con Fox. El hombre del que estaba enamorada.
El hombre que se acercaba lentamente, mirándola a los ojos. El hombre que se quitaba la ropa con una sonrisa en los labios.
– ¿Quieres volverme loco, pelirroja?
– Quitarte la ropa delante de mí…
– Sí, eso he hecho.
– Un hombre podría imaginar cualquier cosa. Por ejemplo, que quieres que mire ese cuerpo tan bonito que tienes.
– ¿Fox?
– ¿Qué?
– Esto es lo que hay: una mujer a la que le gusta estar desnuda. Para su amante, sólo para su amante. Para su amor.
– Eso espero -sonrió él, buscando sus labios.
Su Fox, su loco Fox, parecía haber olvidado que estaban bajo el agua… y que él estaba vestido.
– ¿Phoebe?
– ¿Qué?
– Nos estamos ahogando.
– Ése no es el problema, cariño. ¿Sabes cuál es el problema?
– Dime.
– Que llevas la ropa puesta. Pero ése es un problema que podemos resolver de inmediato.
No era cierto del todo. Los vaqueros estaban empapados y quitárselos fue una tarea casi imposible. Rieron, se resbalaron, se besaron, rieron de nuevo y acabaron sentados en la piscina.
– ¡Necesito ayuda!
Y cuanto más reían, más entendía Phoebe que aquél era el hombre de su vida.
El miedo desapareció del todo. Para siempre.
– Te quiero, pelirroja. Te quiero. Ahora, mañana, pasado mañana…
– Yo también te quiero.
– Y te aseguro que vamos a pasarlo bien en la cama -rió Fox-. Tienes mi palabra. Vamos a probarlo todo.
– ¿Tú crees?
– Estoy seguro. Porque confío en ti -sonrió él, tomando su cara entre las manos-. ¿Tú confías en mí?
– Del todo.
Quería estar desnuda con él. Física y emocionalmente porque le confiaría su vida.
Se besaron, se tocaron, hicieron el amor… Las perritas ladraban, el teléfono estaba sonando. Todo daba igual.
Cuando acabaron, agotados, con la respiración agitada, medio flotando en el agua de la cascada que Fox Lockwood había construido para ella, Phoebe enterró la cara en su cuello.
– ¿Vas a matarme si te digo que eres la mujer más guapa del mundo?
– No.
– ¿Y si te digo que eres la más inteligente, la más generosa?
– Eso tampoco está mal.
– ¿Y si te digo que eres la mujer más sexy de la galaxia, que haces que me sienta orgulloso de ser un hombre porque tú eres una mujer de los pies a la cabeza?
– Bueno, se acabó. Ahora te la cargas -rió Phoebe.
– Espera, espera, no me mates. Antes tengo que preguntarte algo muy importante.
– ¿Qué?
– ¿De qué color son las paredes de tu habitación?
Phoebe salió del agua y Fox corrió tras ella.
– Ah, de modo que ésta es tu habitación -murmuró, mientras se secaba con una toalla-. ¿Blanca?
– Después de pintar el piso de abajo no me quedaba más dinero. No quería pintarla de un blanco virginal, un blanco de novia…
– Ah, hablando de novias, ¿qué tal si empezamos a buscar una fecha? Y no me digas que no. Voy a construir una casa para nosotros, Phoebe. Y para nuestros hijos, de modo que no puedes decir que no. Sé que ahora mismo no tengo trabajo, pero mi padre me dejó un dinero, tengo unos ahorros… y empezaré a trabajar como profesor el año que viene.
Maldito hombre. Tenía que volver a besarlo.
– Muy bien.
– Sabías que volvería a trabajar.
– Sabía que te gustaban mucho los niños, pero no sabía si estabas curado del todo.
– Lo estoy. Gracias a ti.
– Gracias al amor -sonrió Phoebe, besando su cara, su cuello, su frente-. El amor lo cura todo.
– Eso significa…
– Que te quiero. Con todo mi corazón.
– Yeso significa…
– Que sí, que sí, que sí.
Fox dejó de hacer preguntas. Ya no tenía que hacerlas.
***