Mary Balogh - Simplemente Perfecto

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Alto, moreno y exquisitamente sensual, él es la personificación de la perfección masculina. No es que Claudia Martin esté buscando un amante. Ni un esposo. Como propietaria y directora de la academia de la señorita Martin en Bath, hace mucho que se resignó a vivir sin amor. Hasta que Joseph, marqués de Attingsborough, llega sin previo aviso y la tienta a arrojar por la borda toda una vida de decencia por una aventura que sólo puede conducirle a la ruina.
Joseph tiene sus propias razones para buscar a Claudia. Inmediata e irresistiblemente atraído por la delicada profesora, se embarca en un plan de seducción que los llevará a ambos a anhelar algo más. Pero, como heredero de un prestigioso ducado, se espera que Joseph continúe con el legado de la familia. Y Claudia sabe que no hay lugar para ella en su mundo.
Ahora, dicho mundo está a punto de verse sacudido por el escándalo. Un matrimonio concertado, un secreto que conmocionará a la sociedad y un hombre proveniente del pasado de Claudia, conspiran para separar a los amantes. Pero Joseph está decidido a hacer suya a Claudia a toda costa. Aunque ello signifique desafiar toda convención y romper toda regla por un amor que representa todo cuanto siempre ha deseado; un amor que es perfecto tal como es…

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Pero qué tonta, pensó, asomándose a la ventana a mirar la terraza de césped oscurecida. Podría haber roto el compromiso y vuelto a la casa de sus padres, y después anunciar su próximo matrimonio con McLeith. Era muy impropio de ella mostrarse impulsiva o precipitada.

Le gustaba más por eso.

La carta que recibió Claudia era de McLeith, supuso.

Se permitió pensar en ella libremente por primera vez desde su regreso a Alvesley la noche anterior.

No se atrevía a creer que estaba libre. Era posible incluso que al bajar al salón de baile encontrara a Portia ahí, habiendo recuperado la sensatez y vuelto a Alvesley y a él.

Sólo había una manera de saberlo, claro.

En realidad Claudia se sintió bastante aliviada cuando Charlie no se presentó a reclamarle el primer baile que ella le había prometido; no deseaba que le renovara la proposición de esa mañana. Pero una vez que comenzó el baile se sintió molesta. Un caballero al que conoció durante la merienda le había solicitado ese baile, y ella declinó la invitación explicando que ya lo tenía prometido.

Y encontró humillante verse obligada a estar ahí sola mirando mientras todas las personas menores de cincuenta años bailaban. Y tal vez ese caballero habría pensado que ella simplemente no deseaba bailar con él.

Charlie no debería haberla puesto en esa incómoda situación; eso no era cortés, y se lo diría cuando llegara. Le pasó por la cabeza, por supuesto, que él quería castigarla por haber rechazado su proposición esa mañana. Pero él le pidió el primer baile «después» que ella dijera su rotundo no.

El siguiente baile, un conjunto de vigorosas contradanzas, lo bailó con el conde de Rosthorn, y al terminar este, acababa de llegar junto a Anne y Sydnam cuando alguien le tocó suavemente el hombro. Era un lacayo, que le entregó una nota. ¿De Charlie? ¿De Joseph? Charlie aún no había hecho acto de presencia.

– Disculpadme -dijo, apartándose un poco para leerla a solas.

Rompió el sello y desdobló el papel. Era de Charlie. Desentendiéndose de la leve desilusión que sintió, la leyó:

Mi queridísima Claudia, me parece bastante justo que yo sufra ahora como tal vez sufriste tú dieciocho años atrás. Porque si bien yo también sufrí entonces, yo fui el que te rechazó, como ahora lo haces tú. Y es terrible el sufrimiento de amar y ser rechazado. No esperaré a oír tu respuesta esta noche; ya me la diste y no quiero causarte molestia obligándote a repetirla. La señorita Hunt también se siente desdichada. Piensa, con toda razón, que ha sido muy maltratada aquí. Hoy hemos podido ofrecernos cierto consuelo mutuamente. Y tal vez podamos continuar haciéndolo toda la vida. Cuando leas esto ya tendríamos que ir bien avanzados en nuestro trayecto a Escocia, donde nos casaremos sin tardanza. Ella será, creo, una concienzuda esposa y duquesa, y yo seré un sumiso marido. Te deseo todo lo mejor, Claudia. Siempre serás para mí la hermana que nunca tuve, la amiga que hizo felices mis años de infancia y primera juventud, y la amante que podrías haber sido si no hubiera intervenido el destino. Perdóname, por favor, que no haya cumplido mi promesa de bailar contigo esta noche.

Tu humilde y obediente servidor.

McLeith (Charlie)

Vaya, caramba.

Dobló la misiva de nuevo.

Ooh, vaya por Dios.

– ¿Pasa algo, Claudia? -le preguntó Anne, poniéndole una mano en el brazo.

– Nada. -Le sonrió-. Charlie se ha marchado. Se ha fugado con la señorita Hunt.

Estaba agitando la carta como si fuera un abanico; no sabía qué hacer con ella.

– Supongo -dijo Sydnam, cogiendo la carta y metiéndosela en un bolsillo- que están sirviendo té en el salón de refrigerios. Ven con Anne y conmigo y te iré a buscar una taza.

– Ah, caramba -dijo ella-. Gracias. Sí. Eso será justo lo que necesito. Gracias.

Él le ofreció el brazo y ella se lo cogió, y sólo entonces recordó que él no tenía otro para ofrecerle a Anne. Paseó la mirada por el salón de baile. Charlie no estaba. Tampoco estaba la señorita Hunt.

Joseph también había desaparecido.

¿Lo sabría ya?

Decididamente Portia no estaba en el salón de baile. Tampoco estaba McLeith. Ni Claudia.

Se estaban formando las filas para la siguiente contradanza, y la mayor de las dos hijas del párroco no tenía pareja, aunque sonreía radiante al lado de su madre como si ser una de las feas del baile fuera la suerte más feliz que se pudiera imaginar. Fue ahí, le hizo una venia a la madre y le preguntó si podía tener el honor de sacar a bailar a su hija.

Mientras bailaba e intentaba sacarle risas y sonrisas a la hija del párroco, vio a Claudia volver al salón acompañada por Anne y Sydnam Butler. Entonces, después de devolver la chica al lado de su madre y de haber estado con ellas un rato haciéndose el simpático, observó que al grupo de Claudia se habían unido Susanna, Whitleaf, Gwen, Lily y Neville. Y por la forma como se giraron a mirarlo cuando se les acercaba, comprendió que Lauren había logrado encontrar su voz después que él la dejó para salir del salón.

– Bueno, Joe -dijo Neville, dándole una palmada en el hombro.

– Bueno, Nev -contestó él, haciéndole una venia a Claudia, que se inclinó en una leve reverencia-. Veo que se ha corrido la voz.

– Sólo entre unos pocos de nosotros -lo tranquilizó Gwen-. Lauren y Kit no quieren que se enteren los condes todavía. Esta es su noche y no hay que estropeársela de ninguna manera.

– No voy a subirme a la tarima de la orquesta a hacer un anuncio público -dijo Joseph.

– Este es un baile maravilloso -dijo Susanna-, y el próximo va a ser un vals.

Whitleaf le cogió la mano, se la puso en su brazo y le dio una palmadita.

– Entonces será mejor que vayamos a ocupar nuestros lugares -dijo.

Nadie se movió, ni siquiera los Whitleaf. Joseph se inclinó ante Claudia.

– Señorita Martin, ¿me haría el honor de bailar este vals conmigo?

Aunque estaban rodeados por el ruido de conversaciones y risas, Joseph tuvo la clara impresión de que cada miembro del grupo se quedó inmóvil y reteniendo el aliento, en suspenso, todos pendientes de la petición de él y de la respuesta que recibiría.

– Sí -dijo Claudia-. Gracias, lord Attingsborough.

En otra circunstancia él se habría echado a reír de buena gana: ella habló con su voz de maestra de escuela. Pero simplemente le sonrió y le ofreció el brazo, y ella colocó la mano en él. Entonces todos se movieron para dirigirse a la pista de baile. Uno de los primos de Kit vino a pedirle el baile a Gwen, Whitleaf echó a andar con Susanna, Neville con Lily y Sydnam con Anne; estaba claro que estos dos iban a bailar el vals, aun cuando a Sydnam le faltaba un brazo y un ojo. Él los siguió con Claudia.

Mientras las demás parejas se iban situando alrededor, se giró hacia ella. Se miraron a los ojos y se sostuvieron la mirada.

– ¿Estás afectada?

Como siempre, ella pensó la respuesta antes de hablar.

– Sí. Lo quise muchísimo cuando era niña, y en las últimas semanas, inesperadamente, había llegado a tomarle cariño otra vez. Pensé que podríamos ser amigos toda la vida. Ahora supongo que eso no será posible. Él no es perfecto, como yo lo veía de pequeña. Tiene defectos de carácter, entre otros una cierta debilidad moral, y la incapacidad de mantenerse firme ante un cambio o decepción. Pero todos tenemos debilidades. Es la naturaleza humana. Estoy disgustada con él y por él. Creo que no será feliz. -Eso lo dijo muy seria, ceñuda, pensativa-. ¿Y tú, estás afectado?

– Yo me porté mal. Debería haberle dicho lo de Lizzie antes de pedirle que se casara conmigo; y debería habérselo dicho en privado. Pero en lugar de eso lo mantuve en secreto y la humillé declarándolo en público. Y después no acepté sus exigencias, que ella consideraba muy lógicas y razonables, y probablemente así las consideraría gran parte de la buena sociedad. Estaba aquí sin sus padres ni otros familiares, a los que podría haber recurrido en busca de consejo, apoyo o consuelo. Y por lo tanto ha hecho algo precipitado, lo que no es propio de ella. Sí, estoy afectado. Tal vez he sido la causa de su deshonra permanente.

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