Mary Balogh - Simplemente Perfecto

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Alto, moreno y exquisitamente sensual, él es la personificación de la perfección masculina. No es que Claudia Martin esté buscando un amante. Ni un esposo. Como propietaria y directora de la academia de la señorita Martin en Bath, hace mucho que se resignó a vivir sin amor. Hasta que Joseph, marqués de Attingsborough, llega sin previo aviso y la tienta a arrojar por la borda toda una vida de decencia por una aventura que sólo puede conducirle a la ruina.
Joseph tiene sus propias razones para buscar a Claudia. Inmediata e irresistiblemente atraído por la delicada profesora, se embarca en un plan de seducción que los llevará a ambos a anhelar algo más. Pero, como heredero de un prestigioso ducado, se espera que Joseph continúe con el legado de la familia. Y Claudia sabe que no hay lugar para ella en su mundo.
Ahora, dicho mundo está a punto de verse sacudido por el escándalo. Un matrimonio concertado, un secreto que conmocionará a la sociedad y un hombre proveniente del pasado de Claudia, conspiran para separar a los amantes. Pero Joseph está decidido a hacer suya a Claudia a toda costa. Aunque ello signifique desafiar toda convención y romper toda regla por un amor que representa todo cuanto siempre ha deseado; un amor que es perfecto tal como es…

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– Me has convencido -dijo Claudia, sarcástica, levantándose-. Además, yo asisto a ese tipo de fiestas porque a veces las considero «obligaciones», a diferencia de algunas personas que conozco pero no quiero nombrar.

– Y vas a ir -añadió Eleanor-, porque es posible que esta sea la última vez que lo verás.

Claudia la miró fijamente.

– ¿Lo?

Eleanor cogió el chal de cachemira de la cama, lo abrió y se lo puso delante.

– Lo he interpretado mal todo el verano -dijo-. Creía que era el duque de McLeith, pero ahora sé que estaba equivocada. Lo siento, de verdad que lo lamento. Todo el mundo lo lamenta.

– ¿Todo el mundo?

– Christine, Eve, Morgan, Freyja…

– ¿Lady Hallmere?

¿Era posible que todas esas personas «lo supieran»? Pero cuando cogió el chal que le pasaba Eleanor, comprendió que sí, que tenían que saberlo. Todos lo habían adivinado. Qué absolutamente espantoso.

– No puedo ir -dijo-. Enviaré una disculpa. Eleanor, ve a decirle…

– Irás, por supuesto. Eres Claudia Martin.

Sí, lo era. Y Claudia Martin no era el tipo de mujer que se escondería en un rincón oscuro con la cabeza metida debajo de un cojín sólo por sentirse azorada, humillada, con el corazón destrozado y toda una cantidad de cosas feas y negativas, si se paraba a pensar cuáles eran.

Enderezó la espalda, cuadró los hombros, alzó el mentón, apretó los labios y miró a su amiga con un destello marcial en los ojos.

– El cielo ampare al que se interponga en tu camino esta noche -dijo Eleanor riendo y acercándose a abrazarla-. Ve a demostrar a esas dos arpías que a una directora de escuela de Bath no la amilana la ojeriza aristocrática.

– Mañana regreso a Bath -dijo Claudia-. Mañana vuelvo a la cordura de mi mundo conocido. Mañana cojo el resto de mi vida en el punto en que lo dejé aquella mañana en que subí al coche del marqués de Attingsborough hace unos mil años. Pero esta noche, Eleanor… Bueno, esta noche.

Se rió a su pesar.

Con pasos firmes salió de la habitación delante de Eleanor. Lo único que necesitaba, pensó tristemente, eran un escudo en una mano, una lanza en la otra y un yelmo con cuernos en la cabeza.

Antes del baile hubo una espléndida cena para los familiares y los huéspedes de la casa. Durante la cena se pronunciaron discursos y se propusieron y bebieron brindis. El conde y la condesa de Redfield se veían muy complacidos y felices.

Cuando terminó la cena, Joseph debería haber llevado a Portia directamente al salón de baile, pues ahí se estaban reuniendo los huéspedes y los invitados de fuera que comenzaban a llegar. Pero ella necesitaba ir a su habitación para que su doncella le hiciera algunos arreglos en el peinado y a coger su abanico, por lo que él se dirigió solo al salón de baile.

Allí se mezcló con los demás invitados. En realidad, no le resultaba difícil ser sociable y cordial, y aparentar que lo estaba pasando muy bien; todo eso lo hacía con la misma naturalidad con que respiraba.

Los condes de Redfield, ante el placer de todos, bailaron el primer conjunto de danzas con sus invitados, una cuadrilla lenta, majestuosa y anticuada.

Portia quería castigarlo, pensó Joseph cuando comenzó la cuadrilla, llegando tarde y dejándolo plantado. La había invitado, cómo no, a bailar esa primera contradanza con él. Así pues, fue a conversar con su madre, la tía Clara y un par de tías de Kit; no tardó en hacerlas reír.

Claudia tampoco estaba bailando, observó. Había intentado mantenerse alejado de ella desde que la vio llegar junto con el grupo de Lindsey Hall. Pero no había logrado apartarla de su mente. Y al estar ahí detenido en un lugar, conversando y escuchando, no podía apartar los ojos de ella tampoco.

Se veía muy severa, aunque llevaba el más bonito de sus vestidos de noche. Estaba de pie, sola, mirando el baile. Lo sorprendía no haberla visto a través de su disfraz la primera vez que posó los ojos en ella en Bath. Porque ese cuerpo tan erguido y disciplinado era cálido, flexible y todo pasión, y esa cara, con sus rasgos regulares y severos e inteligentes ojos grises, hermosa. Toda ella era hermosa.

De hecho, la noche pasada, más o menos a esa hora…

Adrede cambió de posición para darle la espalda, y miró hacia la puerta del salón. Todavía no había señales de Portia.

El segundo conjunto de contradanzas lo bailó con Gwen, que a pesar de su cojera le encantaba bailar, y lo alegró ver que Claudia estaba bailando con Rosthorn. Cuando terminó el baile llevó a Gwen a unirse al grupo en que estaban Lauren y los Whitleaf. Felicitó a Lauren por los festivos adornos que decoraban el salón de baile y por el éxito que estaba teniendo la celebración. Tal vez, pensaba mientras tanto, debería pedir que enviaran a una criada a la habitación de Portia, no fuera que le hubiera sentado mal algo que comió o le hubiera ocurrido algún accidente. Era extrañísimo que se hubiera perdido toda una hora del baile.

Pero antes que lograra decidirse a actuar, sintió un leve contacto en el hombro; al girarse se encontró ante un lacayo, que haciéndole una venia le tendió un papel doblado.

– Me pidieron que le entregara esto, milord -dijo el lacayo-, después del segundo conjunto de contradanzas.

– Gracias -dijo él, cogiéndolo.

¿Sería la respuesta de Claudia a su nota?

Disculpándose, dio la espalda al grupo, se apartó un poco, rompió el sello y desdobló el papel. Sus ojos se dirigieron antes que nada a la firma. Era de Portia. Deseó sinceramente que no estuviera enferma, ya pensando en maneras de hacer llamar a un médico, sin trastornar el baile, era de esperar. Leyó:

Lord Attingsborough, debo informarle con pesar que, tras una madura reflexión, he comprendido que no puedo ni quiero tolerar la insultante conducta de mi prometido en matrimonio al alardear ante mí de su hija bastarda. Tampoco tengo el menor deseo de continuar en una casa en la que sólo el duque de Anburey y lord y lady Sutton se han mostrado correctamente horrorizados por su vulgaridad y dispuestos a reprenderlo por ella. Por lo tanto, me marcharé antes que comience el baile. Me marcho con el duque de McLeith, que ha tenido la amabilidad de ofrecerse a llevarme a Escocia para casarse conmigo. No le halagaré declarándome su obediente servidora.

Y la firma. Dobló el papel.

Claudia, observó al mirar de reojo, estaba haciendo exactamente lo mismo a cierta distancia.

– ¿Ha ocurrido algo, Joseph? -le preguntó Lauren, poniéndole una mano en el brazo.

– Nada -contestó, girando la cabeza y sonriéndole-. Portia se ha marchado, nada más. Se ha fugado con McLeith. -Extraña manera de contestar la pregunta, comprendió ya mientras hablaba. Pero le zumbaba la cabeza-. ¿Me disculpas? -añadió, al tiempo que ella abría la boca formando una O.

Salió a toda prisa del salón y subió los peldaños de la escalera de dos en dos. Al llegar a la puerta de Portia, golpeó, y al no oír respuesta, la abrió con cautela. La habitación estaba a oscuras, pero a la tenue luz de la luna que entraba por la ventana se veía claramente que ella no estaba. Nada adornaba la superficie del tocador ni de la mesilla de noche. El ropero estaba vacío.

Será tonta, pensó. ¡La muy tonta! Fugarse no era la manera correcta ni conveniente de actuar. A los ojos del mundo habría roto su compromiso con él para fugarse a Escocia con otro hombre. Sería inaceptable ante la sociedad, la aislarían, la rechazarían en todas partes. Portia nada menos, inimaginable, tan correcta y formal en su comportamiento social.

¡Y McLeith!

¿Debería seguirlos? Pero ya llevaban una hora de ventaja. ¿Y qué sentido tendría, aun en el caso de que les diera alcance? Los dos eran adultos, maduros. Tal vez ella encontraría cierta felicidad con McLeith. Al fin y al cabo se casaría con un hombre que ya era duque, en lugar de tener que esperar a que muriera su padre. Y era de suponer que vivirían en Escocia, donde tal vez las reglas no eran tan rígidas que consideraran un estigma social tan grave lo de haberse fugado.

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