Robert Silverberg - Gilgamesh el rey

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“Gilgamesh el rey” es una de las más recientes obras de Silverberg, escrita después de una de sus últimas etapas de inactividad. Silverberg nos plantea en este libro una reexploración de la epopeya/mito de Gilgamesh, enfocada aquí no desde el punto de vista del héroe, sino del hombre. La figura legendaria del rey-dios de Sumer se convierte así en un personaje profundamente humano, con todos sus miedos, debilidades y ansias. Su temor a la muerte le llevará a un desesperado periplo en busca de la inmortalidad y a tomar conciencia de la verdad absoluta de la vida. Escrita en primera persona, como un diario íntimo, “Gilgamesh el rey” tiene a un tiempo la fuerza de la épica que le ha dado origen y la profundidad de un inimitable estudio psicológico.

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Ur-kununna sonrió y dijo:

—Esas cosas nunca son seguras, muchacho. Es un dios, pero creo que no volverá. Ahora mira y dile adiós.

Vi tres robustos ayudas de cámara y tres aurigas alzar la losa de alabastro e iniciar el descenso del pozo con ella. Antes de alzarla habían bebido un sorbo del vino amargo. No volvieron a salir del pozo; nadie de los que había bajado había vuelto a subir. Dije a Ur-kununna:

—¿Qué es ese vino que beben todos?

—Proporciona un sueño pacífico —respondió.

—¿Y todos están durmiendo ahí abajo en el suelo?

—En el suelo, sí. Al lado de tu padre.

—¿Lo beberé yo también? ¿Y tú?

—Lo beberás, sí, pero no hasta dentro de muchos años, creo. Pero yo lo beberé dentro de unos pocos momentos.

—¿Así que dormirás en el suelo al lado de mi padre?

Asintió.

—¿Hasta mañana por la mañana?

—Para siempre —dijo.

Pensé en todo aquello.

—Oh. Tiene que ser algo muy parecido a morir, entonces.

—Muy parecido a morir, muchacho.

—Y todos los demás que han bajado ahí al pozo, ¿van a morir también?

—Sí —dijo Ur-kununna.

Volví a pensar en todo aquello.

—¡Pero morir es algo terrible! ¡Y beben el vino sin un murmullo, y bajan a la oscuridad con paso firme!

—Es terrible ir a la Casa del Polvo y la Oscuridad —dijo Ur-kununna—, y vivir deslizándose por las sombras y alimentándose de arcilla seca. Pero los que vamos con tu padre iremos a la morada de los dioses, donde le serviremos eternamente. —Y me contó el privilegio que significaba el morir en compañía de un rey. Vi la blanca luz de la sabiduría brillar de nuevo en sus ojos, y una expresión de sublime alegría. Pero entonces le pregunté si podía estar seguro de que iba a ir a la morada de los dioses con Lugalbanda, y no a la Casa del Polvo y la Oscuridad, y la luz de sus ojos se apagó, y sonrió tristemente y respondió que nada es nunca seguro, y muy particularmente eso. Y acarició mi mano, y se volvió, y tocó una pequeña melodía con su arpa, y avanzó y bebió del vino y bajó al pozo, cantando mientras lo hacía.

Otros bajaron al pozo también, sesenta o setenta personas en total. Los dos últimos fueron la mujer Alitum. llevando la capa y las joyas de mi madre, y el muchacho Enkihegal, llevando las mías; y comprendí que ellos iban a morir en nuestro lugar. Eso me llenó de miedo, pensar que, si las costumbres hubieran sido un poco diferentes, yo podía haber tenido que beber el vino y bajar al pozo. Pero el miedo fue sólo pequeño entonces, porque en aquella época aún no comprendía por entero la muerte, sino que pensaba que no era más que una especie de sueño.

Entonces callaron los tambores, y los obreros empezaron a lanzar paladas de tierra rampa abajo, al pozo, donde fue recubriéndolo todo, los carros trineo y los asnos y los tesoros y los ayudas de cámara y las damas de compañía y los sirvientes de palacio y el cuerpo de mi padre, y el arpista Ur-kununna. Después de eso, los artesanos se pusieron a trabajar sellando la rampa con ladrillos de tierra sin cocer, de modo que al cabo de unas cuantas horas no se distinguía el menor rastro de lo que yacía debajo.

Los que quedábamos de los que habíamos formado la procesión original regresamos al templo de Inanna.

Ahora éramos un grupo mucho más pequeño: mi madre y yo y los grandes señores de la ciudad y otra gente importante, pero ninguno de los sirvientes de palacio ni los guerreros, porque todos ellos estaban en el pozo con mi padre. Nos agrupamos delante del altar, y sentí de nuevo la presencia de la diosa, muy cerca de mí, casi asfixiándome. Una confusión de complejidades pugnaba por invadir mi espíritu. Nunca me había sentido tan solo, tan perdido. El mundo sólo contenía misterios para mí. Tenía la impresión de soñar despierto. Miré a mi alrededor, buscando a Ur-kununna. Pero por supuesto no estaba allí, y las preguntas que pensaba hacerle no me serían contestadas. Lo cual me proporcionó la primera comprensión del significado de la muerte, que era que aquellos que están muertos se hallan más allá del alcance de nuestras palabras, y no te responderán cuando te dirijas a ellos. Y tuve la sensación como si me hubieran tendido un trozo de carne asada ensartada en una brocheta, y me la hubieran quitado en el momento en que iba a darle el primer mordisco, y me hubieran dejado sólo con un pedazo de aire entre los dientes.

Hubo más retumbar de tambores y cantos, y pensé un millar de cosas distintas acerca de la muerte. Pensé que mi padre se había ido para siempre; pero eso no era realmente tan malo, puesto que se había convertido en un dios y así me convertía a mí en parte en un dios, y de todos modos nunca había tenido mucho tiempo para mí debido a sus ausencias en las guerras, aunque había prometido enseñarme algún día las cosas propias de los hombres. Claro que podía aprender esas cosas de alguna otra persona. Pero Ur-kununna se había ido también. Nunca volvería a oír sus canciones. Y el muchacho Enkihegal, mi compañero de juegos, y su padre Girnishag el jardinero, y todos aquellos otros que habían formado parte de mi vida cotidiana…, todos se habían ido, ido, ido. Dejándome sólo con un pedazo de aire entre los dientes.

¿Y yo? ¿Iba a morir yo también?

No dejaré que me ocurra eso, me prometí. No a mí. Soy en parte un dios. Y aunque los dioses mueren a veces, como Inanna murió una vez cuando bajó al mundo inferior, no mueren para mucho tiempo. Yo tampoco lo haré. Juro que nunca dejaré que la muerte me atrape. Porque hay muchas cosas en el mundo que ver, me dije, y hay una multitud de grandes hazañas que hay que realizar. Desafiaré a la muerte: eso decidí. Venceré a la muerte. No tengo más que desprecio hacia la muerte, y no cederé ante ella. ¡Muerte, no eres digna de mí! ¡Muerte, te conquistaré!

Y entonces pensé que si de alguna forma moría, bien, soy en parte un dios y estoy destinado a ser rey, y a mi muerte seré trasladado arriba a los cielos como Lugalbanda. No tendré que bajar a la horrible Casa del Polvo y la Oscuridad como deben hacerlo los mortales ordinarios.

Y entonces pensé no, nada de eso es seguro. Incluso Inanna bajó a ese lugar, aunque fue traída de vuelta de él; pero si yo bajo a él, ¿seré traído de vuelta? Y sentí un gran temor. No importa quién seas, pensé, no importa cuántos sirvientes y guerreros sean puestos a dormir en el pozo funeral para servirte en la postvida, sigues pudiendo ser enviado a ese oscuro y horrible lugar. El desdén hacia la muerte que había sentido un momento antes dio paso al miedo, un miedo abrumador que barrió mi alma como el gran helor del invierno. Una sensación extraña entró en mi mente, el tipo de sensación que acude cuando uno duerme, y no supe si en aquel momento estaba soñando o despierto. Había una presión en mi cabeza, parecía que quisiera estallar. Era una sensación que nunca antes había experimentado, aunque iba a experimentarla muchas veces más tarde, a lo largo de mi vida, y de una forma mucho más intensa que aquel primer y ligero contacto. Un dios estaba intentando entrar en mí. De eso estaba seguro, aunque no sabía de qué dios se trataba.

Pero incluso entonces supe que era un dios y no un demonio, y que traía un mensaje para mí, que era: Serás rey, y un gran rey, y luego morirás, y puede que no consigas evitar ese destino, por mucho que lo intentes.

No acepté al dios y su mensaje. No había espacio en mi alma para admitir todavía aquellas cosas. Sólo era un niño. En el caos de mi interior vi la figura de la muerte ante mí, toda ella garras afiladas y alas que se agitaban sin cesar, y grité desafiante: “¡Escaparé de ti!” Y por un instante sentí una gran valentía, pero un instante después cedió su sitio al temor, y al temor, y al temor. Ahora todos duermen en el pozo al lado de Lugalbanda, pensé. ¿Cuándo dormiré yo? ¿Y dónde?

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