Robert Silverberg - Gilgamesh el rey

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“Gilgamesh el rey” es una de las más recientes obras de Silverberg, escrita después de una de sus últimas etapas de inactividad. Silverberg nos plantea en este libro una reexploración de la epopeya/mito de Gilgamesh, enfocada aquí no desde el punto de vista del héroe, sino del hombre. La figura legendaria del rey-dios de Sumer se convierte así en un personaje profundamente humano, con todos sus miedos, debilidades y ansias. Su temor a la muerte le llevará a un desesperado periplo en busca de la inmortalidad y a tomar conciencia de la verdad absoluta de la vida. Escrita en primera persona, como un diario íntimo, “Gilgamesh el rey” tiene a un tiempo la fuerza de la épica que le ha dado origen y la profundidad de un inimitable estudio psicológico.

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Me acerqué al siempre amable Ur-kununna y susurré:

—¿Está muerto mi padre?

—No debemos hablar, muchacho. —Por favor. ¿Está muerto? Dímelo.

Ur-kununna bajó la vista desde su gran altura hacia mí, y vi la blanca luz de su sabiduría resplandecer en sus ojos, y su ternura, y su amor hacia mí, y pensé: cómo se parecen sus ojos a los de Lugalbanda, qué grandes y oscuros, cómo llenan su frente. Dijo con mucha suavidad:

—Sí, tu padre está muerto.

—¿Y qué significa estar muerto?

—No debemos hablar durante la ceremonia.

—¿Estaba muerta Inanna cuando descendió al mundo inferior?

—Durante tres días, sí.

—¿Y era como estar dormido?

Sonrió y no dijo nada.

—Pero luego despertó y volvió, y ahora está de pie delante de nosotros. ¿Despertará también mi padre? ¿Volverá para gobernar de nuevo Uruk, Ur-kununna?

Ur-kununna agitó la cabeza.

—Despertará, pero no volverá para gobernar Uruk. —Luego se llevó los dedos a los labios, y no habló de nuevo, dejándome para que pensara en el significado de la muerte de mi padre mientras la ceremonia proseguía a mi alrededor. Lugalbanda no se movía; no respiraba; sus ojos estaban cerrados. Era como si durmiera. Pero tenía que ser algo más que el sueño. Era la muerte. Cuando Inanna descendió al mundo inferior y fue asesinada, se produjo un gran desánimo en los cielos y Padre Enki hizo que fuera traída de muevo a la vida. ¿Haría Padre Enki que Lugalbanda fuera traído también de nuevo a la vida? No, no creía que lo hiciera. ¿Dónde estaba pues ahora Lugalbanda, adonde iba a viajar a continuación?

Escuché los cantos, y oí la respuesta: Lugalbanda estaba de camino al palacio de los dioses, donde moraría eternamente en compañía de Padre-Cielo An y Padre Enlil y Padre Enki el sabio y compasivo, y todos los demás. Sería agasajado en el salón de fiestas de los dioses, y bebería vino dulce y cerveza negra con ellos. Y pensé que no era un destino demasiado malo, si de hecho era allí donde iba. ¿Pero cómo podíamos estar seguros de que iba allí? ¿Cómo podíamos estar seguros? Me volví de nuevo a Ur-kununna, pero estaba con los ojos cerrados, cantando y balanceándose. Así que fui dejado solo con mis pensamientos de muerte y mi lucha por comprender lo que le ocurría a mi padre.

Luego los cantos terminaron, e Inanna hizo un gesto, y una docena de los señores de la ciudad se arrodillaron y alzaron sobre sus hombros la enorme losa de alabastro donde yacía mi padre, y la sacaron del templo por la entrada lateral. Los demás les seguimos, mi madre y yo a la cabeza de la procesión, y la sacerdotisa Inanna al final. Cruzamos la Plataforma Blanca, descendimos por su parte más alejada, y nos encaminamos hacia el este un centenar de pasos, hasta detenernos en la recortada sombra del templo de An. Vi que había sido excavado un gran pozo en la seca y arenosa tierra entre la Plataforma Blanca y el templo de An, con una pronunciada rampa que conducía hasta el fondo. Nos dispusimos en un grupo junto al arranque de la rampa, y todos los habitantes de la ciudad, en número de miles, formaron un gran anillo en torno a todo el recinto.

Entonces ocurrió algo inesperado: las doncellas de mi madre la reina la rodearon y empezaron a quitarle sus ricos y costosos adornos, uno a uno, hasta que estuvo desnuda a la brillante luz del sol, a plena vista de toda la ciudad. Pensé en el relato del descenso de Inanna, en cómo, mientras se hundía más y más profundamente en el mundo inferior iba arrancándose sus vestiduras hasta quedar completamente desnuda, y me pregunté si también mi madre se estaba preparando para descender al pozo. Pero no era ése el caso. La dama de compañía Alitun, que se parecía tanto a mi madre Ninsun que parecían hermanas, avanzó unos pasos y se quitó también sus ropas, hasta quedar igualmente desnuda; y las otras doncellas empezaron a ponerle a Alitum la capa carmesí de mi madre y los adornos de su tocado y sus cubrepechos, y Las ropas más sencillas de Alitum a mi madre. Cuando hubieron terminado, era difícil decir quién era Ninsun y quién Alitun, porque el rostro de Alitun había sido untado con pintura verde como el de mi madre.

Entonces vi a uno de mis compañeros de: juegos, Enkihegal, el hijo del jardinero Girnishag, que caminaba lentamente hacia mí entre dos sacerdotes. Le llamé cuando se acercó. Pero no me respondió. Sus ojos eran vidriosos y extraños. No pareció reconocerme, pese a que apenas ayer había hecho una carrera con él, de un lado a otro del gran patio de Ninhursag, ocho veces sin parar.

Entonces los sacerdotes empezaron a quitarme mi ropa de brocado y se la pusieron a Enkihegall, y a mí me pusieron su ropa más basta. Me quitaron también la banda dorada de mi cabeza, y se la pusieron en la suya. Yo era tan alto como él, aunque él era tres años mayor, y mis hombros eran igual de anchos que los suyos. Cuando hubimos cambiado nuestros ropas dejaron a Enkihegal de pie a mi lado, del mismo modo que Alitum estaba de pie al lado de mi madre.

Luego se acercó un carro trineo, tirado por dos asnos. Los lados de su armazón estaban decorados con mosaico azul, rojo y blanco, y en sus paneles laterales había cabezas doradas de leones con melenas de lapislázuli y conchas; y en su interior había apilados grandes montones de tesoros. Entonces el auriga Ludingirra, que había conducido muchas veces el carro de guerra de mi padre, avanzó unos pasos. Dio un largo sorbo de una enorme jarra de vino que: habían preparado los sacerdotes, y emitió un seco sonido y agitó la cabeza como si el vino fuera amargo, y montó en el carro y lo condujo lentamente rampa abajo hasta el profundo pozo. Dos caballerizos caminaron a su lado para guiar y calmar a los asnos. Después le siguieron un segundo y un tercer carro, y cada uno de los aurigas y cada uno de los caballerizos bebió del vino. Al pozo fueron las vasijas de cobre y plata y obsidiana y alabastro y mármol, los tableros de juegos y los vasos, cálices, un juego de cinceles y una sierra hecha de oro, y muchas otras cosas, todas magníficas. Luego los guerreros con sus armaduras descendieron al pozo; y luego algunos de los sirvientes de palacio, los barberos y jardineros y algunas de las mejores damas de compañía, con el pelo peinado en trenzas doradas, y con tocados de cornalina y lapislázuli y conchas. Todos ellos bebieron del vino. Y todo en silencio, excepto el rítmico batir del timbal-lilissu.

Después de eso, un cierto gran señor de la ciudad que había figurado entre los que transportaron el catafalco de mi padre desde el templo se situó a su lado. Tomó la cornuda corona que yacía a su lado, la alzó muy arriba y la mostró a todos, resplandeciente al sol. Tengo prohibido escribir el nombre por el que era conocido ese señor, porque más tarde se convirtió en rey de Uruk, y uno no puede escribir o pronunciar el nombre de nacimiento de alguien que se ha convertido en rey; pero el nombre de rey que tomó era Dumuzi. Y el que habría de convertirse en Dumuzi elevó la cornuda corona hacia el sur y hacia el este y hacia el norte y hacia el oeste, y luego la colocó en la cabeza de mi padre, y un gran grito brotó del pueblo de Uruk.

Sólo un dios lleva una corona cornuda. Me volví a Ur-kununna y dije:

—Mi padre, ¿es ahora un dios?

—Sí —dijo con voz baja el viejo arpista—. Lugalbanda se ha convertido en un dios.

Entonces yo también soy un dios, pensé. Una vertiginosa sensación de excitación extrema me invadió. O al menos —eso me dije— soy en parte dios. Una parte de mí tiene que ser todavía mortal, supuse, puesto que he nacido de carne mortal. Sin embargo, el hijo de un dios tiene que ser en cierto grado un dios, ¿no es así? Era muy atrevido pensar aquello. Pero más tarde confirmaría que ése era exactamente el caso, puesto que soy en parte un dios, aunque no enteramente. Y si él es un dios, entonces, ¿regresará de la muerte como han hecho otros dioses que murieron antes? —pregunté.

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