Laurell Hamilton - Besos Oscuros

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Soy la princesa Meredith, heredera del trono de mi país si soy capaz de mantenerme con vida para reclamarlo. Mi primo, el príncipe Cel, está determinado a que no lo consiga. Mientras los dos vivamos, deberemos competir por la corona. El primero de nosotros que tenga descendencia será el que consiga el trono. Así que ahora, los hombres de mi guardia real, temibles guerreros hábiles con las armas y los hechizos, se han convertido en mis amantes, en una placentera carrera para conseguir ser el futuro rey y padre de mi hijo. Además, deben protegerme contra los intentos de asesinato, porque a diferencia de la mayoría de los sidhe, soy humana en parte, y muy mortal.

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– Ahuéquelo para que quede como el otro.

– Ahuecarlo -dije, pero reí porque finalmente le había entendido.

Suspiró y dio un paso hacia delante.

– Se lo mostraré.

Yo levanté una mano para detenerle.

– No necesito ayuda.

Me incliné y sacudí mi pecho derecho dentro de copa del sujetador, utilizando la mano para colocar todo en su sitio. Mi pecho, ya bastante bonito de por sí, quedaba tan levantado que adquiría un aspecto casi obsceno, pero cuando puse la mano en el área donde debería haber sentido el micrófono, lo único que noté fue el aro y la tela.

– Es perfecto -dijo Maury-. Puede quedarse con el sujetador, mientras lo lleve puesto él no se dará cuenta nunca.

Inclinó la cabeza hacia un lado, como si acabara de pensar algo.

– He pegado el micrófono al sujetador así que puede quitárselo si es necesario, simplemente déjelo dentro de un radio de un metro y medio Cuanto más cerca mejor. Si pongo un micro más sensible, entonces registrará los latidos de su corazón y los movimientos de la ropa. Lo puedo filtrar, pero hay que hacerlo en la grabación. Supongo que querrá oírla esta noche, en caso de que su sospechoso desaparezca.

– Sí -dijo Jeremy-, sería interesante saber si Ferry necesita ayuda. -Un sarcasmo demasiado sutil para Maury.

– Podríamos haber enganchado el micrófono en el borde superior elástico de las medias, pero no podría jurar que las medias no se caerían y dejarían el micrófono al descubierto. Si se quita el sujetador, asegúrese de enrollarlo para que no se vea el micrófono.

– No tengo pensado quitármelo.

Maury se encogió de hombros.

– Sólo intentaba plantearle todas las opciones.

– Gracias, Maury -dije.

Maury asintió. Chris ya recogía los trocitos de cinta y material que habían quedado esparcidos por el suelo.

Roane saltó de la mesa y agarró mi ropa, que estaba plegada encima. Me dio el vestido negro. Había optado por el negro porque éste siempre es mejor que los colores brillantes para ocultar cosas. Aunque me caía bien, nunca iba toda de negro si podía evitarlo. Era el color favorito de la corte de la Oscuridad porque era el color preferido de su reina.

Roane desplegó la prenda de seda y la sostuvo por la parte superior. A continuación empezó a enrollar la ropa con deliberada lentitud, mirándome a la cara en todo momento. Cuando terminó, se arrodilló frente a mí, dejando abierto el vestido para que me lo pusiera.

Me apoyé en su hombro para sostenerme y metí los pies en el vestido. Roane empezó a levantar las manos, soltando al mismo tiempo el vestido par que cayera en torno a mí como una cortina de teatro al acabar la función. Roane estaba de pie, con las manos apoyadas suavemente en mis cadera y a una distancia ideal para que le besara. Sus ojos estaban a la altura de los míos y los dos teníamos una intimidad en el contacto visual que yo no había conocido con nadie más. Nunca había estado con alguien tan bajo como yo antes. Esto hacía la postura del misionero increíblemente íntima.

Roane levantó el vestido hasta que yo pude deslizar mis brazos por las mangas, después lo colocó sobre mis hombros, moviéndose por las mangas, después lo colocó sobre mis hombros, moviéndose a mi alrededor hasta situarse detrás para dar el último tirón a la seda y ponerla en su sitio. Empezó a abrocharme el vestido por la espalda. El vestido se ceñía a mi cuerpo a medida que subía la cremallera, como si estuviera dibujando lentamente la silueta de mi cintura, mis caderas, mis pechos. El delicioso escote en uve era otro motivo para llevar un sujetador de realce. El vestido no tenía mangas y se adaptaba como una segunda piel, revelando mi carne blanca contra la ropa negra. Había escogido una ropa apretada a sabiendas. El sujetador apenas se veía, sólo invitaba a contemplar mis pechos, de modo que si alguien intentaba deslizar la mano por ahí, no lo conseguiría sin rasgar el vestido. Si Alistair Norton quería jugar con mis pechos, tendría que limitarse a la parte que quedaba al descubierto, a no ser que tratase de violarme, y según Naomi las fantasías de violación no habían surgido hasta al cabo de dos meses. El primer mes todo había sido perfecto. Dado que era la primera cita, Alistair probablemente se comportaría bien. Tendría que ser yo quien se quitara el vestido para que él pudiera encontrar el micrófono, y no pensaba hacerlo.

Roane acabó de abrocharme el vestido, sujetando el ganchito de arriba. Posó sus pulgares sobre la piel desnuda de mi torso, en un contacto insinuante, y a continuación se apartó de mí. En realidad, sus pulgares habían rozado las cicatrices de mi espalda, que no podía ni ver ni sentir. Estaba tan segura de mi capacidad que el vestido dejaba expuestas las cicatrices; sólo mi encanto las ocultaba. Eran pequeñas arrugas en la piel, imborrables. Otro sidhe había intentado cambiarme la forma durante un duelo. Muchos duendes pueden cambiar de forma, pero sólo un sidhe puede cambiar la forma de los demás en contra de su voluntad. Yo no sé cambiar mi forma ni la de otra persona, otro punto en mi contra en las cortes.

– ¿Cómo lo hacéis? -preguntó la detective Tate.

La pregunta me sobresaltó e hizo que me volviera hacia ella.

– ¿Hacer qué? -pregunté.

Chris levantó la mirada mientras empaquetaba el equipo. Maury ya se afanaba con un finísimo destornillador sobre un transmisor de tamaño medio. El resto de nosotros podría muy bien no haber estado en la habitación.

– Te has pasado casi una hora en ropa interior con un hombre que te manosea los pechos, pero no ha habido nada erótico. Luego Roane te ayuda a ponerte el vestido sin tocarte la piel en ningún momento, sólo te abrocha y, de golpe, la tensión sexual de la habitación es tan densa que se podría caminar por ella. ¿Cómo diablos lo conseguís?

– Cómo lo conseguimos Roane y yo, o nosotros… -dejé el pensamiento en suspenso.

– Me refiero a los duendes -dijo ella-. Vi a Jeremy hacerlo con una mujer humana. Vosotros podéis caminar alrededor de mí desnudos y lograr que me sienta a gusto, a continuación os vestís y hacéis algo aparentemente sin importancia y de golpe siento que debería salir de la habitación. -Sacudió la cabeza-. ¿Cómo lo hacéis?

Roane y yo nos miramos mutuamente, y observé en sus ojos la misma pregunta que sabía que estaba en los míos. ¿Cómo se explica lo que es ser un duende y lo que es no serlo? La respuesta, por supuesto, es que no es posible. Se puede intentar, pero normalmente no se consigue.

Jeremy lo intentó. Al fin y al cabo, era el jefe.

– Es una parte de lo que representa ser duende, ser una criatura de los sentidos.

Se levantó de la silla y caminó hacia ella, sin mostrar ninguna expresión en la cara ni insinuación en sus movimientos. Le tomó la mano y se la llevó a los labios, depositando un casto beso en sus nudillos.

– Ser un duende es la diferencia entre esto y este.

Tomó nuevamente la misma mano y la levantó mucho más lentamente, mirándola a los ojos con esa educada mirada sexy que cualquier duende podría haberle dado a aquella mujer alta y atractiva. Sólo la mirada la hizo temblar. Le besó la mano, esta vez con una lenta caricia de sus labios, cogiendo sólo un poco de piel con el labio superior al tiempo que ya se separaba de ella. Había sido delicado, sin abrir la boca, nada grosero, pero a ella se le habían subido los colores, y desde el otro lado de la habitación se apreciaba que su respiración se había vuelto profunda y su pulso se había acelerado.

– ¿Esto responde a tu pregunta, detective? -preguntó.

Tate rió ligeramente, se agarró una mano con la otra y se la acercó al cuerpo.

– No, pero tengo miedo de preguntar de nuevo. No creo que pudiera trabajar esta noche conociendo la respuesta.

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