Richelle Mead - Succubus

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Súcubo (n.): Demonio seductor, capaz de cambiar de forma, que tienta y proporciona placeres a los mortales de sexo masculino.
Georgina Kincaid es un súcubo y la protagonista de esta historia. En apariencia es una joven veinteañera de estatura media y cabello largo, pero lleva mucho más tiempo en el mundo gracias a la inmortalidad de los seres de su condición. Un súcubo vive gracias a los años de vida que va robando a los hombres con los que se acuesta. Su misión es propagar el mal a través de la tentación carnal, pero Georgina intenta llevar una vida normal y sólo hace sus tareas de súcubo con hombres que no se verán perjudicados por ello. En otras palabras, Georgina no es feliz con su condición de súcubo y por eso trata de llevar una vida humana, con su trabajo en una librería y sus amigos humanos.

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La cola de clientes en busca de una firma tardó casi dos horas en desgranarse, y para entonces la tienda estaba a quince minutos del cierre. Seth Mortensen parecía un poco cansado pero de buen humor. El estómago me dio un vuelco cuando Paige nos hizo señas a los que no estábamos encargados de cerrar para que nos acercáramos a charlar con él.

Nos presentó sin rodeos.

– Warren Lloyd, propietario de la tienda. Doug Sato, auxiliar de ventas. Bruce Newton, encargado de cafetería. Andy Kraus, ventas. Y ya conoces a Georgina Kincaid, nuestra otra auxiliar.

Seth asintió educadamente con la cabeza, estrechándoles la mano a todos. Cuando llegó a mí, aparté la mirada, esperando que pasara de largo. Al ver que no lo hacía, me encogí mentalmente, preparándome para algún comentario sobre nuestros anteriores encuentros. En vez de eso, lo único que dijo fue:

– G.K.

Parpadeé.

¿Eh?

– G.K. -repitió, como si esas letras tuvieran todo el sentido del mundo. Al ver que mi expresión de estupefacción persistía, hizo un brusco movimiento de cabeza hacia uno de los folletos promocionales para la ocasión de esta noche. Ponía:

Si no has oído hablar de Seth Mortensen es que llevas los últimos ocho años viviendo en otro planeta. Es lo más espectacular que le ha pasado al mercado de la novela negra; en comparación con él, las obras de la competencia parecen garabatos en un cuaderno de colorear. Con varios éxitos de ventas en su haber, el ilustre señor Mortensen escribe tanto libros autoconclusivos como continuaciones de la asombrosa y popular serie de Cady y O'Neill. El pacto de Glasgow continúa las aventuras de estos intrépidos investigadores, que viajarán al extranjero esta vez para seguir desentrañando misterios arqueológicos mientras se enzarzan en las inevitables discusiones, cargadas de ingenio y sensualidad, a las que nos tienen acostumbrados. Chicos, si no podéis encontrar a vuestras novias esta noche es porque están leyendo El pacto de Glasgow , deseando que fuerais tan refinados como O'Neill.

G.K.

– Tú eres G.K. Tú escribiste la bio.

Me miró esperando confirmación, pero yo me había quedado muda, no podía ni pronunciar la aguda respuesta que temblaba en mis labios. Tenía demasiado miedo. Después de las meteduras de pata previas, temía decir algo equivocado.

Al final, desconcertado por el silencio, me preguntó con vacilación:

– ¿También eres escritora? Es realmente bueno.

– No.

– Ah -transcurrieron unos instantes de silencio glacial-. En fin. Supongo que algunos escriben las historias, y otros las viven.

Eso sonaba a coqueteo, pero me mordí el labio para sofocar mi réplica, aferrada aún a mi nuevo papel de zorra de hielo, deseosa de borrar cualquier posible resto de mis anteriores flirteos.

Paige, que no entendía la tensión que había entre Seth y yo, la presentía de todos modos e intentó suavizarla.

– Georgina es una de tus mayores fans. Estaba absolutamente extasiada cuando se enteró de que ibas a venir.

– Sí -añadió Doug con malicia-. Tus libros la tienen prácticamente «esclavizada». Pregúntale cuántas veces se ha leído El pacto de Glasgow.

Le lancé una mirada asesina, pero la atención de Seth se concentró en mí de nuevo, genuinamente curiosa. Está intentando restaurar nuestra relación anterior, comprendí con tristeza. No podía permitir que eso ocurriera.

– ¿Cuántas?

Tragué saliva, resistiéndome a responder, pero el peso de todas aquellas miradas terminó por abrumarme.

– Ninguna. Todavía no lo he terminado. -La práctica me permitió pronunciar aquellas palabras con serenidad y confianza, disimulando así mi incomodidad.

Seth parecía asombrado. Igual que todos los demás; todos se me quedaron mirando con fijeza, comprensiblemente perplejos. Sólo Doug entendió el chiste.

– ¿Ninguna? -Preguntó Warren con el ceño fruncido-. ¿No hace ya más de un mes que salió?

Doug, el muy cabrito, sonrió.

– Cuéntales el resto. Diles cuántas páginas lees al día.

Deseé entonces que se abriera la tierra y me tragara entera, para poder escapar de esta pesadilla. Por si presentarse como una ramera arrogante frente a Seth Mortensen no fuera suficiente, ahora Doug estaba avergonzándome para que confesara mi ridícula costumbre.

– Cinco -dije al final-. Sólo leo cinco páginas al día.

– ¿Por qué? -preguntó Paige. Al parecer nunca había oído esta historia.

Podía sentir cómo se me encendían las mejillas. Paige y Warren me miraban como si fuera de otro planeta mientras Seth sencillamente permanecía callado y parecía pensativo y distraído. Respiré hondo y escupí las palabras como una ametralladora:

– Porque… porque es tan bueno, y porque sólo se tiene una oportunidad de leer un libro por primera vez, y quiero que dure. La experiencia. De lo contrario me lo terminaría en un solo día, y eso sería como… como zamparse una caja de helado de una sentada. Demasiado placer que se esfumaría demasiado rápido. De esta manera puedo prolongarlo. Hacer que el libro dure más. Saborearlo. No me queda otro remedio, porque no se publican tan a menudo.

Cerré la boca de golpe, comprendiendo que acababa de insultar el ritmo de escritura de Seth… otra vez. No respondió a mi comentario, y no supe descifrar la expresión de su rostro. Reflexiva, quizá. Nuevamente recé en silencio para que el suelo me consumiera y me librara de esta humillación. Obstinadamente se negó.

Doug me dirigió una sonrisa tranquilizadora. Le parecía graciosa mi costumbre. Paige, quien al parecer no compartía su opinión, tenía pinta de compartir mi deseo de estar en otra parte. Carraspeó educadamente y empezó un tema de conversación totalmente distinto. Después de eso, casi no presté atención a lo que decían. Lo único que sabía era que Seth Mortensen probablemente pensaba que yo estaba loca de atar, y no veía el momento de que terminara esta noche.

– …Kincaid lo haría.

El sonido de mi nombre me trajo de vuelta varios minutos más tarde.

– ¿Qué? -me giré hacia Doug, el que estaba hablando.

– ¿No lo harías?

– ¿Hacer qué?

– Enseñarle la ciudad a Seth mañana -Doug hablaba pacientemente, como si se dirigiera a una niña-. Familiarizarlo con la zona.

– Mi hermano está demasiado ocupado -explicó Seth.

¿Qué tenía que ver su hermano en todo aquello? ¿Y por qué necesitaba familiarizarse con la zona?

Vacilé, sin querer admitir que me había quedado abstraída mientras me compadecía de mí misma.

– Pues…

– Si no quieres… -empezó Seth, dubitativo.

– Por supuesto que quiere -Doug me pegó un codazo-. Venga. Sal de tu agujero.

Nos enzarzamos en un duelo de miradas digno de Jerome y Cárter.

– Ya, bueno. Está bien.

Organizamos los pormenores de mi reunión con Seth, y me pregunté en qué me había metido. Ya no quería llamar la atención. De hecho, preferiría que pudiera borrarme de su mente para siempre. Pasear juntos por Seattle no parecía la mejor manera de conseguirlo. A lo sumo, resultaría en más comportamientos estúpidos por mi parte.

La conversación declinó finalmente. Cuando estábamos a punto de desbandarnos, de repente me acordé de una cosa.

– Ah. Hey. Señor Mortensen. Seth.

Se giró hacia mí.

– ¿Sí?

Me esforcé desesperadamente por decir algo que desenredara la maraña de insinuaciones veladas y bochornos en la que los dos nos habíamos visto atrapados. Desgraciadamente, las únicas preguntas que me venían a la cabeza eran: ¿De dónde sacas las ideas?, y ¿terminarán juntos alguna vez Cady y O'Neill? Descartando tales idioteces, me limité a enseñarle mi ejemplar.

– ¿Me lo puedes firmar?

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