Richelle Mead - Succubus

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Súcubo (n.): Demonio seductor, capaz de cambiar de forma, que tienta y proporciona placeres a los mortales de sexo masculino.
Georgina Kincaid es un súcubo y la protagonista de esta historia. En apariencia es una joven veinteañera de estatura media y cabello largo, pero lleva mucho más tiempo en el mundo gracias a la inmortalidad de los seres de su condición. Un súcubo vive gracias a los años de vida que va robando a los hombres con los que se acuesta. Su misión es propagar el mal a través de la tentación carnal, pero Georgina intenta llevar una vida normal y sólo hace sus tareas de súcubo con hombres que no se verán perjudicados por ello. En otras palabras, Georgina no es feliz con su condición de súcubo y por eso trata de llevar una vida humana, con su trabajo en una librería y sus amigos humanos.

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¿Qué ponerme? Podía quedarme como estaba. La combinación de jersey y caquis parecía respetable y apagada al mismo tiempo, aunque el esquema de colores casaba, quizá, demasiado bien con mi cabello castaño claro. Era la clase de atuendo propio de una bibliotecaria. ¿Quería parecer apagada? Tal vez. Como le había dicho a Cárter, realmente no quería hacer nada que pudiera suscitar el interés romántico de mi autor favorito del mundo entero.

Aunque…

Aunque, no se me olvidaba lo que había dicho el ángel acerca de llamar la atención. No quería ser tan sólo otra cara entre la multitud para Seth Mortensen. Ésta era la última escala de su última gira. Sin duda habría visto miles de fans en los últimos meses, fans que se confundían en un mar de rostros anodinos, haciendo sus intrascendentales comentarios. Le había recomendado al tipo del mostrador que fuera innovador con sus preguntas, y me propuse hacer lo mismo con mi apariencia.

Cinco minutos más tarde me planté una vez más delante del espejo, vestida ahora con un top de seda, de color violeta oscuro y corte bajo, a juego con una falda de gasa con motivos florales. La falda casi me cubría los muslos y se levantaba si giraba. Habría sido un modelo de baile estupendo. Me puse unos zapatos de correas con tacones y miré de reojo a Aubrey para preguntarle su opinión.

– ¿Qué te parece? ¿Demasiado sexy?

Empezó a limpiarse la cola.

– Es sexy -reconocí-, pero sexy con clase. El pelo ayuda, creo.

Me había recogido la melena en lo alto en una especie de moño romántico, dejando rizos ondulados que me enmarcaban el rostro y realzaban mis ojos. Un momentáneo cambio de forma los volvieron más verdes de lo habitual, pero me lo pensé mejor y decidí devolverles su color castaño con motas verdes y doradas.

Cuando Aubrey siguió negándose a admitir lo espectacular que estaba, agarré mi abrigo de piel de serpiente y le dirigí una mirada fulminante.

– Me da igual lo que opines. Este conjunto es ideal. Salí del apartamento con mi ejemplar de El pacto de Glasgow y regresé al trabajo, inmune a la llovizna. Otra de las ventajas del cambio de forma. Los fans se amontonaban en la zona de ventas principal, ansiosos por ver al hombre cuyo último libro dominaba todavía las listas de los más vendidos, después de cinco semanas. Me abrí paso entre el grupo hacia la escalera que conducía a la segunda planta.

– La sección juvenil está por ahí junto a la pared -llegó hasta mí flotando la amigable voz de Doug, no muy lejos-. Avíseme si necesita algo más.

Le dio la espalda al cliente al que estaba atendiendo, reparó en mí y soltó de golpe el montón de libros que tenía en las manos.

Los clientes se apartaron, viendo educadamente cómo se arrodillaba para recoger los libros. Reconocí las cubiertas de inmediato. Eran ejemplares de bolsillo de anteriores títulos de Seth Mortensen.

– Sacrilegio -comenté-. Dejar que ésos toquen el suelo. Ahora tendrás que quemarlos, como una bandera.

Sin hacerme caso, Doug recolocó los libros y me llevó lejos de oídos indiscretos.

– Has hecho bien en ir a casa y ponerte algo más cómodo. Dios, ¿pero te puedes agachar con eso?

– ¿Por qué, crees que tendré que hacerlo esta noche?

– Bueno, eso depende. Quiero decir, Warren está aquí después de todo.

– Mal, Doug. Muy mal.

– Te lo buscas tú sólita, Kincaid. -Me admiró a regañadientes con la mirada antes de empezar a subir las escaleras-. Tienes un aspecto estupendo, lo reconozco.

– Gracias. Quería que Seth Mortensen se fijara en mí.

– Créeme, si no es gay, se fijará. Y si lo es, seguramente también.

– No parezco demasiado fresca, ¿verdad?

– No.

– ¿Ni cutre? -No.

– La idea era sexy con clase. ¿Qué opinas? -Opino que ya está bien de alimentar tu vanidad. Ya sabes tú la pinta que tienes.

Coronamos las escaleras. Una masa de sillas cubría la mayoría de la zona reservada -normalmente para sentarse- de la cafetería y se extendía hasta una parte de las secciones de libros sobre jardinería y mapas. Paige, directora de la tienda y superiora nuestra, estaba atareada intentando practicar algún tipo de acrobacia con el micrófono y el sistema de sonido. Desconocía para qué se había usado el edificio antes de la llegada de la Librería de Emerald City, pero no era un lugar que destacara por su acústica ni por su gran aforo.

– Voy a echarle una mano -me dijo Doug, caballeroso. Paige estaba embarazada de tres meses-. Te aconsejo que no hagas nada que implique inclinarse más de veinte grados en ninguna dirección. Ah, y si alguien intenta convencerte para que juntes los codos detrás de la espalda, no le sigas el juego.

Le propiné un codazo en las costillas que estuvo a punto de hacerle soltar los libros de nuevo.

Bruce, todavía a los mandos de la cafetera, me preparó el cuarto moca con chocolate blanco del día, y me acerqué a la sección de libros sobre geografía para tomármelo mientras las cosas se ponían interesantes. De reojo, a mi lado, reconocí al tipo con el que había discutido antes sobre Seth Mortensen. Todavía llevaba encima su copia de El pacto de Glasgow.

– Hola -dije.

Dio un respingo al oír mi voz, absorto como estaba en una guía de viajes de Tejas.

– Perdona. No pretendía asustarte.

– N-no, no m-me has asustado -tartamudeó. Sus ojos me recorrieron de la cabeza a los pies de un solo vistazo fugaz, deteniéndose apenas en mis caderas y mis pechos, pero sobre todo en mi cara-. Te has cambiado de ropa. -Comprendiendo aparentemente la miríada de connotaciones que acarreaba semejante admisión, se apresuró a añadir-: No es que eso sea malo. O sea, está bien. Esto, en fin, quiero decir…

Cada vez más azorado, me dio la espalda e intentó reemplazar torpemente el libro sobre Tejas en la estantería, boca abajo. Disimulé una sonrisa. Este tipo era demasiado adorable. Ya no me topaba con tantos tímidos como antes. Las citas de hoy en día parecían exigir que los hombres se exhibieran todo lo posible, y por desgracia, a las mujeres eso parecía gustarles realmente. Vale, incluso yo picaba a veces. Pero los chicos tímidos también se merecían una oportunidad, y decidí que un poco de coqueteo inofensivo con él le levantaría la moral mientras esperaba a que comenzara la sesión de firmas. Seguro que tenía una suerte atroz con las mujeres.

– Déjame a mí -me ofrecí, inclinándome frente a él. Mis manos rozaron las suyas cuando le arrebaté el libro y lo reemplacé con cuidado en la balda, con la cubierta hacia fuera-. Ahí está.

Di un paso atrás como si quisiera admirar mi pericia, asegurándome de quedarme muy cerca de él, tocándose casi nuestros hombros.

– Con los libros es importante mantener las apariencias -le expliqué-. La imagen lo es todo en este negocio.

Se atrevió a dirigirme la mirada, nervioso aún pero empezando ya a recuperar la compostura.

– A mí me interesa más el contenido.

– ¿De veras? -Cambié ligeramente de postura para volver a tocarnos de nuevo; la suave franela de su camisa me acarició la piel desnuda-. Porque juraría que hace un rato estabas de lo más interesado en cierta apariencia externa.

Agachó la cabeza de nuevo, pero pude ver que una sonrisa le curvaba los labios.

– Bueno. Algunas cosas son tan espectaculares que no pueden evitar llamar la atención.

– ¿Y no te pica la curiosidad por saber cómo son por dentro?

– Más bien me pica por saber adónde debo mandarte tus ejemplares de avance.

¿Ejemplares de avance? ¿A qué se…?

– ¿Seth? ¿Seth, dónde…? Ah, ahí estás.

Paige entró en nuestro pasillo, Con Doug pisándole los talones. Sonrió al verme, mienta» yo sentía cómo el estómago se descolgaba de mi cuerpo y se estrellaba contra el suelo con un estampido al encajar todas las piezas en su sitio. No. No. Era imposible Ah, Georgina. Veo que ya conoces a Seth Mortensen.

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