Mátame, Doug. Mátame ahora mismo. Acaba con mi sufrimiento.
Inmortalidades aparte, el sentimiento era sincero.
– Dios, Kincaid, ¿pero qué le has dicho? -murmuró Doug.
Nos encontrábamos a un lado del público de Seth Mortensen, entre muchas otras personas. Todos los asientos estaban ocupados, lo que reducía el espacio y la visibilidad al mínimo. Tenía suerte de estar con el personal en nuestra sección reservada, desde la cual gozábamos de una vista perfecta de Seth mientras éste leía unas páginas de El pacto de Glasgow. Aunque yo no quería estar en su línea de visión. De hecho, preferiría no tener que volver a encontrarme cara a cara con él en la vida.
– Bueno -le dije a Doug, vigilando a Paige de reojo por si le llamábamos la atención con nuestros susurros-, me metí con sus fans y con lo mucho que tardan en salir sus libros.
Doug se me quedó mirando, superadas con creces todas sus expectativas.
– Después le dije… sin saber quién era… que estaría dispuesta a convertirme en la esclava sexual de Seth Mortensen a cambio de ejemplares de avance de sus novelas.
No abundé en mi improvisado coqueteo. ¡Y pensar que me imaginaba estar halagando la vanidad de un pobre tímido! Santo cielo. Seth Mortensen probablemente podría acostarse con una grupi distinta cada noche si se lo propusiera.
Aunque no parecía de ésos. Frente a la multitud había hecho gala del mismo nerviosismo inicial que conmigo. Se le notaba más cómodo cuando empezó a leer, sin embargo, entrando en faena y dejando que su voz subiera y bajara con intensidad e ironía.
– ¿Qué clase de seguidora estás hecha? -Preguntó Doug-. ¿Es que no sabías qué pinta tenía?
– ¡No sale ninguna foto suya en los libros! Además, me lo imaginaba mayor. -Ahora suponía que Seth tendría unos treinta, un poco mayor de lo que parecía yo en este cuerpo, pero más joven que el escritor cuarentón que siempre me había imaginado.
– Bueno, piensa que no hay bien que por bien no venga, Kincaid. Conseguiste tu objetivo: se fijó en ti.
Contuve un gemido, dejando caer la cabeza patéticamente en el hombro de Doug.
Paige se giró y nos miró como si quisiera estrangularnos. Como de costumbre, nuestra directora estaba estupenda, vestida con un traje rojo que realzaba su piel de chocolate. Una ligerísima curva del embarazo asomaba por debajo de la chaqueta, y no pude evitar sentir una punzada de celos y anhelo.
Cuando anunció su embarazo no planeado, lo hizo riéndose, diciendo: «En fin, ya sabéis que estas cosas pasan sin más.»
Pero yo nunca había podido entender cómo era posible que esas cosas pasaran «sin más». Había intentando desesperadamente quedarme en estado cuando era mortal, sin éxito, convirtiéndome en objeto de conmiseración y cuidadosamente disimuladas (si bien no lo suficiente) burlas. Transformarme en súcubo había aniquilado cualquier resquicio de posibilidad de ser madre que me quedara, aunque no me diera cuenta enseguida. Había sacrificado la capacidad creadora de mi cuerpo a cambio de juventud y belleza eternas. Un tipo de inmortalidad a cambio de otro. Los siglos te dan mucho tiempo para aceptar lo que puedes tener y lo que no, pero aun así dolía que te lo recordaran.
Tras dedicarle a Paige una sonrisa que prometía buena conducta, volví a concentrarme en Seth. Estaba terminando de leer y pasó a las preguntas. Tal y como esperaba, las primeras fueron: «¿De dónde sacas las ideas?», y «¿Terminarán juntos alguna vez Cady y O'Neill?»
Miró fugazmente en mi dirección antes de contestar, y yo hice una mueca, recordando mis comentarios sobre él empalándose cuando le hicieran esas preguntas. Girándose de nuevo hacia sus fans, respondió seriamente a la primera pregunta y eludió la segunda.
A todo lo demás contestó de forma sucinta, a menudo en tono seco y sutilmente humorístico. Nunca hablaba más de la cuenta, siempre decía lo justo para satisfacer las exigencias del interesado. Era evidente que la muchedumbre lo enervaba, lo que me pareció un poco decepcionante.
Teniendo en cuenta lo ingeniosos y sarcásticos que eran sus libros, supongo que me esperaba que hablara igual que escribía. Quería escuchar un confiado torrente de palabras e ingenio, un carisma capaz de rivalizar con el mío. Había pronunciado unas pocas líneas decentes antes mientras conversábamos, supongo, pero también era cierto que había tenido tiempo de acostumbrarse a mí y pensárselas bien.
Por supuesto, era injusto establecer comparaciones entre nosotros. Él no poseía ningún talento sobrenatural para seducir a los otros, ni siglos de práctica a sus espaldas. Aun así. No me había imaginado nunca que un introvertido ligeramente disperso fuera capaz de crear mis libros favoritos. Injusto por mi parte, pero así estaban las cosas.
– ¿Va todo bien? -preguntó una voz detrás de nosotros. Me giré y vi a Warren, el dueño de la tienda y mi compañero de cama ocasional.
– Perfectamente -anunció Paige a su escueta y eficiente manera-. Empezaremos la firma dentro de otros quince minutos o así.
– Bien.
Sus ojos se pasearon relajadamente por el resto de la plantilla antes de regresar a mí. No dijo nada, pero mientras me penetraba con la mirada, casi podía sentir cómo me desnudaban sus manos. Se había acostumbrado a esperar sexo con regularidad, y por lo general yo no me oponía puesto que constituía un chute de energía y vitalidad rápido y fiable (aunque pequeño). Su personalidad amoral me libraba de la culpa que eso podría hacerme sentir.
Terminadas las preguntas, tuvimos algunos problemas de control de masas cuando todo el mundo se agolpó en la cola para que les firmaran sus libros. Me ofrecí a ayudar, pero Doug me dijo que tenían la situación controlada. Así que, en vez de eso, me mantuve al margen, intentando evitar cualquier contacto visual con Seth.
– Ven a verme al despacho cuando todo esto haya acabado -murmuró Warren, pegándose a mi lado.
Esta noche llevaba puesto un traje gris hulla a medida, la viva imagen de un magnate literario sofisticado. Pese a la baja estima que me inspiraba un hombre que engañaba a su esposa tras treinta años de matrimonio con una empleada mucho más joven, debía reconocer que no carecía de apostura y atractivo físico. Después de todo lo que había pasado hoy, sin embargo, no estaba de humor para abrirme de piernas encima de su mesa cuando cerrara la tienda.
– No puedo -respondí en voz baja, sin dejar de observar la firma-. Tengo cosas que hacer luego.
– Seguro que no. No es noche de baile.
– No -le di la razón-. Pero voy a hacer otra cosa.
– ¿Como cuál?
– Tengo una cita. -La mentira afloró sin dificultad a mis labios.
– A que no.
– A que sí.
– Tú nunca tienes ninguna cita, así que no intentes ahora ese truco. La única cita que tienes es conmigo, en mi despacho, preferiblemente de rodillas. -Se acercó un paso más, hablándome al oído para que pudiera sentir la calidez de su voz en la piel-. Dios, Georgina. Tienes un aspecto tan follable esta noche que te podría montar ahora mismo. ¿Tienes la menor idea de cómo me provoca verte con este vestido?
– ¿Que «te provoca»? Yo no estoy provocando a nadie. Por culpa de actitudes como la tuya hay mujeres obligadas a llevar velo en el mundo, ¿sabes? Es echarle la culpa a la víctima.
Soltó una risita.
– Me troncho contigo, ¿lo sabías? ¿Llevas bragas debajo de eso?
– ¿Kincaid? ¿Nos puedes echar una mano aquí?
Me di la vuelta y vi a Doug mirándonos con el ceño fruncido. Lógico. Quería mi ayuda, ahora que veía a Warren tirándome los tejos. ¿Quién dijo que no quedaban caballeros en este mundo? Doug era una de las pocas personas que sabían lo que había entre Warren y yo, y no le gustaba. En cualquier caso, necesitaba escapar, aunque fuera tarde, de modo que eludí temporalmente la lujuria de Warren y me acerqué a ayudar con las ventas del libro.
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