Volvió con la camisa, unas tijeras de esquilar que había pedido (legítimamente) prestadas al tabernero, una pluma y un poco de tinta. Beleño se sentó alegremente para copiar el mapa y trazar su ruta.
—¿Sabes algo de todos estos países diferentes? —preguntó a Rhys.
—Algo sé de ellos —contestó Rhys—. A menudo los monjes de mi orden dejan el monasterio para recorrer el mundo. Cuando vuelven, cuentan historias de los lugares en los que han estado y las cosas que han visto. He oído muchas historias y descripciones de las tierras de Ansalon.
Un toque triste en la voz de Rhys hizo que Beleño apartara la vista de su trabajo.
—¿Qué pasa?
—Se alienta a todos los miembros de mi orden a que emprendan ese viaje, pero no es obligatorio —contestó Rhys—. Yo no tenía ninguna intención de dejar mi monasterio. Pensaba que no necesitaba conocer más mundo que el que veía desde las praderas verdes donde llevaba a mis ovejas a pastar. Me habría quedado en mi monasterio toda la vida, si no hubiera sido por Mina.
Miró a la pequeña, que dormía en el suelo. Muchas veces el sueño de Mina era inquieto. Gritó, gimoteó y se encogió. Después se quedó enredada con la manta. Rhys la colocó bien, envolviéndola con ella, y la acarició hasta que se quedó más tranquila. Cuando ya respiraba más pausadamente, se apartó de ella y volvió donde Beleño seguía estudiando el mapa.
—Se me ha ocurrido que tal vez el abad de mi orden sepa algo sobre Morada de los Dioses. Aunque nos queda fuera de paso, creo que merece la pena dar un rodeo para buscar consejo en el Templo de Majere de Solace...
—¡Solace! —repitió Beleño con entusiasmo—, ¡Mi sitio favorito del mundo entero! Allí está Gerard, el mejor alguacil del mundo entero. Por no hablar del menú de pollo y bollos de la posada El Ultimo Hogar. ¿Es los martes? Creo que era el de los martes. ¿O el de los martes era chuleta de cerdo con guisantes?
El kender volvió al trabajo con fuerzas renovadas. Basándose en su propia información (obtenida de otros kenders y por tanto no enteramente fiable) y en lo que Rhys sabía sobre las tierras que deberían recorrer, acabó planeando una ruta.
—Caminamos a lo largo de la costa norte del mar Kyrman —explicó Beleño, cuando todo estuvo listo—. Pasamos por las ruinas de Mica, que, según el mapa, están a unos cincuenta kilómetros, después avanzamos cien kilómetros más a través del desierto hasta llegar a la ciudad de Delfo. ¿Qué sabes de los humanos de Khur? He oído que son muy sanguinarios.
—Son un pueblo orgulloso, guerreros de renombre que están muy unidos a sus tribus, lo que a veces provoca sangrientas peleas. Pero también destacan por su hospitalidad con los desconocidos.
—Eso nunca parece incluir a los kenders. De todos modos, con todas esas peleas, debe de haber un montón de muertos deambulando por ahí. Quizá necesiten mis servicios.
Aferrándose a ese esperanzador punto de vista, Beleño volvió a concentrarse en su mapa.
—Hay una calzada que sale de Delfo y llega a la capital de Khuri-khan a través de las montañas. Después hay otra franja de desierto de ciento sesenta kilómetros más o menos y llegamos a Blode, hogar de los ogros.
Beleño lanzó un suspiro.
—A los ogros les gustan los kenders, pero para cenar. Y los ogros matan a los humanos o los hacen sus esclavos. Pero es el único camino.
—Entonces habrá que sacarle el mejor partido posible —dijo Rhys.
Beleño sacudió la cabeza.
—Si salimos de Blode con vida, que ya sería toda una hazaña, llegamos a la Gran Ciénaga. Allí vivía un Señor de los Dragones. Era una hembra llamada Sable, pero está muerta y con ella murió la maldición que asolaba el lugar. Pero la ciénaga sigue siendo un lugar poco agradable, con lagartos y plantas devora hombres y serpientes venenosas. Después, tenemos que encontrar la forma de cruzar el río Westguard, vamos un poco al oeste, otro poco al sur, seguimos la costa de Nuevo Mar, atravesamos Linh y Salmonfall y por fin llegamos a Abanasinia.
»Una vez allí, cruzamos las llanuras de Dergoth, pasamos por Pax Tharkas y entramos en lo que antes era Qualisnesti, más allá del lago de la Muerte. Tengo que admitir que esa parte incluso me apetece. He oído que hay un montón de espíritus deambulando por el lago. Espectros de elfos. A mí me gustan los espectros de elfos. Siempre son muy educados. Después cruzamos el río de la Rabia Blanca y nos internamos en el Bosque Oscuro, que, por lo que he oído, ya no es oscuro. Entonces vamos por las llanuras de Abanasinia, cruzamos por Gateway y por fin llegamos a Solace. ¡Bufl
Beleño se secó la frente y fue a buscar una jarra de reconstituyente cerveza. Rhys estaba sentado en su silla junto al fuego, contemplando el mapa e imaginando el viaje.
Un monje, un kender, una perra y una diosa de seis años.
Atravesando desiertos, montañas, ciénagas, llanuras, bosques. Enfrentándose a guerras civiles, refriegas en las fronteras, batallas entre tribus y sangrientas peleas. Además de las contingencias habituales del camino: puentes arrastrados por la corriente, incendios en los bosques, lluvias torrenciales, frío gélido, calor abrasador. Y los peligros habituales: ladrones, trolls, ogros, hombres lagarto, lobos, serpientes y los gigantes que de vez en cuando vagaban sin destino.
—¿Cuánto tiempo crees que tardaremos? —preguntó Beleño, limpiándose la espuma de los labios.
«Una vida entera», pensó Rhys.
Partieron de Flotsam a la mañana siguiente y durante los primeros kilómetros el viaje fue bien. Mina se entretenía y se divertía con los paisajes nuevos tan interesantes. Los granjeros de los distritos más alejados llevaban sus productos al mercado y se intercambiaban amistosos saludos. Una caravana de ricos mercaderes, protegidos por hombres de armas, ocupaba toda la calzada. Los soldados eran muy serios y ponían cara de ocupados, pero los comerciantes saludaban a Mina y, al ver al monje, le pedían que bendijera su viaje y le tiraban unas cuantas monedas. Después pasaron un señor y una dama con su séquito. La dama se detuvo a admirar a Mina y le dio unos dulces, que ella compartió con Beleño y Atta .
También se cruzaron con varios grupos de kenders, que dejaban Flotsam (a la fuerza) o se dirigían hacia allí. Los kenders se paraban a hablar con Beleño y se intercambiaban las noticias y los rumores más recientes. Beleño les preguntaba sobre la calzada que se extendía ante ellos y recibió mucha información, alguna de ella no demasiado fiable.
El encuentro más interesante fue el que tuvieron con un grupo de gnomos que viajaban con una combinación de máquina trilladora, amasadora y cocedora de pan a vapor; pero habían perdido el control y el armatoste estaba desmontado a un lado de la calzada. Aquel encuentro los retrasó bastante, porque Rhys se detuvo a atender a las víctimas.
Todas aquellas novedades ocuparon buena parte del día. Mina estaba contenta y se portaba bien, mientras esperaba ansiosamente encontrarse con más gnomos. Se detuvieron pronto para pasar la noche. Como hacía buen tiempo, acamparon al aire libre y a Mina le pareció muy divertido, aunque ya no pensaba lo mismo alrededor de la medianoche, cuando descubrió que se había acostado sobre un hormiguero.
Como consecuencia, a la mañana siguiente estaba malhumorada y gruñona, y su ánimo no mejoró con el transcurso del día. Cuanto más se alejaban de Flotsam, menos gente se encontraban en el camino, hasta que llegó un momento en que no había nadie más que ellos. El paisaje consistía en franjas de tierra vacía con unos pocos árboles desgarbados. Mina se aburría y empezó a quejarse. Estaba cansada. Quería parar. Las botas le apretaban en los dedos. Tenía una ampolla en el talón. Le dolían las piernas. Tenía hambre. Tenía sed.
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