Robert Jordan - El señor del caos
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Delicadamente, tanteó con el Poder Único primero a Siuan y después a Leane. En cierto sentido no estaba encauzando en absoluto. Era incapaz de encauzar ni una pizca a no ser que estuviese furiosa; ni siquiera podía percibir la Fuente Verdadera. No obstante, se trataba de lo mismo. Finos filamentos de saidar , la mitad femenina de la Fuente Verdadera, examinaron cuidadosamente a las dos mujeres al tejerlos, sólo que no se originaban en ella.
En la muñeca izquierda Nynaeve llevaba un estrecho brazalete, una sencilla banda de plata segmentada. Bueno, de plata principalmente, y de un origen especial, aunque tal cosa no tenía importancia. Era la única joya que lucía aparte del anillo de la Gran Serpiente; a las Aceptadas se las disuadía de llevar joyas en exceso. Un collar a juego se ceñía en torno al cuello de la cuarta mujer, sentada en una banqueta junto a la pared toscamente encalada y con las manos enlazadas en el regazo. Vestida con ropas de granjera de burda lana marrón, el robusto y ajado rostro de campesina, no sudaba ni una gota. Tampoco movía un solo músculo, pero sus oscuros ojos no perdían detalle de nada. Para Nynaeve, el brillo del saidar envolvía a la mujer, pero era ella la que dirigía el encauzamiento. El brazalete y el collar creaban un vínculo entre ambas de manera muy parecida al modo en que las Aes Sedai podían coligarse para combinar su poder. Tenía que ver con algo así como «matrices absolutamente idénticas», según había explicado Elayne, tras lo cual su explicación se volvió totalmente incomprensible. A decir verdad, Nynaeve no creía que Elayne comprendiera ni la mitad de lo que fingía entender. En cuanto a ella, Nynaeve no entendía nada, excepto que podía sentir todas las emociones de la otra mujer, a la propia mujer, pero apartada en un rincón de su mente, y que todo el saidar que la otra mujer era capaz de absorber lo controlaba ella. A veces pensaba si no habría sido mejor que la mujer de la banqueta estuviese muerta. Desde luego, habría sido más sencillo. Y más limpio.
—Hay algo desgarrado o cortado —masculló Nynaeve al tiempo que se enjugaba el sudor de la cara sin darse cuenta. No era más que una vaga sensación, apenas perceptible, pero también era la primera vez que había notado algo más que vacío. Podía ser imaginación suya, así como el desesperado deseo de encontrar algo, cualquier cosa.
—Seccionar —dijo la mujer de la banqueta—. Así era como se llamaba a lo que ahora denomináis neutralizar en el caso de las mujeres y amansar en el de los hombres.
Tres cabezas giraron en su dirección, y tres pares de ojos le asestaron una mirada furibunda. Siuan y Leane habían sido Aes Sedai, hasta que las habían neutralizado en el golpe de mano dado en la Torre Blanca que había puesto a Elaida en la Sede Amyrlin. Neutralizadas. Una palabra que causaba escalofríos. No volver a encauzar jamás; pero recordándolo siempre y siendo consciente de la pérdida. Percibir siempre la Fuente Verdadera y saber que una no podía volver a tocarla nunca. La neutralización era tan imposible de curar como la muerte.
O, al menos, eso era lo que todo el mundo creía, pero Nynaeve era de la opinión de que el Poder Único tenía que ser capaz de curarlo todo salvo la muerte.
—Si tienes algo útil que añadir, Marigan, di lo que sea —instó con aspereza Nynaeve—. Si no, guarda silencio.
La mujer se echó hacia atrás, contra la pared, los ojos relucientes fijos en Nynaeve. El miedo y el odio bulleron a través del brazalete, pero siempre lo hacían en mayor o menor grado. Las personas cautivas rara vez apreciaban a sus captores, aun cuando supieran que merecían la cautividad e incluso algo peor (o quizá precisamente por ello). El problema era que Marigan también aseguraba que el seccionamiento —la neutralización— no podía curarse. Oh, claro que alardeaba afirmando que cualquier cosa salvo la muerte podía curarse en la Era de Leyenda y que lo que el Ajah Amarillo llamaba Curación sólo era un burdo y chapucero trabajo practicado con prisas a pie batalla; pero, si se intentaba hacerle concretar puntos específicos o incluso un indicio del cómo, no había nada que hacer. Marigan sabía de Curación tanto como Nynaeve sobre trabajos de herrería, lo que se reducía a saber que se metía un trozo de metal en carbón al rojo vivo y luego se lo golpeaba con un martillo. Ciertamente, no era bastante para hacer una herradura. Ni para curar algo más grave que una contusión.
Girándose en la silla, Nynaeve observó a Siuan y a Leane. Varios días haciendo esto cada vez que podía arrancarlas de sus otras tareas, y hasta ahora no había descubierto nada. De repente se dio cuenta de que estaba dándole vueltas al brazalete en su muñeca. Fuera cual fuese el provecho que sacaba de ello, detestaba estar vinculada con la mujer. La intimidad entre ambas le ponía la carne de gallina. «Al menos podré aprender algo —pensó—. Y no puedo tener peores resultados que lo que he tenido con todo lo demás que he intentado».
Con cuidado, desabrochó el brazalete —el broche no podía encontrarse a menos que se supiera dónde buscarlo— y se lo entregó a Siuan.
—Ponte esto. —Perder contacto con el Poder resultaba amargo, pero tenía que hacerlo. Y dejar de percibir las emociones de la otra mujer era como darse un baño. Los ojos de Marigan siguieron la fina pulsera de plata como si estuviese hipnotizada.
—¿Por qué? —demandó Siuan—. Dijiste que esta cosa sólo funciona…
—Deja de preguntar y póntelo, Siuan.
La otra mujer la miró con obstinación un instante —¡Luz, qué terca podía ser!— antes de ponerse el brazalete en la muñeca. Una expresión de estupor asomó a su semblante de inmediato y después sus ojos se estrecharon para mirar escrutadoramente a Marigan.
—Nos odia, pero eso ya lo sabía. Y hay miedo en ella, y… conmoción. Ni el menor atisbo en su cara, pero está impresionada de la cabeza a los pies. Me parece que tampoco ella creía que yo pudiera utilizar esta cosa.
Marigan rebulló con inquietud. Hasta el momento dos de las que sabían quién era podían usar el brazalete. Cuatro proporcionarían más oportunidades para hacer preguntas. De cara al exterior parecía estar cooperando totalmente, pero ¿cuánto estaba ocultado? Todo lo que pudiera, de eso no le cabía duda a Nynaeve.
Siuan suspiró y sacudió la cabeza.
—No puedo. Tendría que ser capaz de tocar la Fuente a través de ella, ¿no es así? Bueno, pues me es imposible. Un puerco conseguiría trepar por los árboles antes. Me han neutralizado, y no hay más que hablar. ¿Cómo se quita esto? —Manoseó torpemente el brazalete—. ¿Cómo demonios se quita?
Nynaeve posó suavemente su mano en la de Siuan, sobre el brazalete.
—¿No te das cuenta? El brazalete no funciona con una mujer que no puede encauzar como tampoco funcionaría el collar en ella. Si se lo pongo a una de las cocineras no será más que un bonito adorno para ella.
—Con cocineras o sin ellas, el hecho es que no puedo encauzar —manifestó fríamente Siuan—. He sido neutralizada.
—Pero hay algo factible de curar —insistió Nynaeve—, o de otro modo no sentirías nada a través del brazalete.
Siuan se soltó el brazo de un tirón y adelantó bruscamente la muñeca.
—Quítamelo —instó.
Nynaeve la complació al tiempo que sacudía la cabeza. ¡A veces Siuan podía ser tan zoquete como un hombre!
Cuando tendió el brazalete a Leane, la domani levantó la muñeca con ansiedad. Leane simulaba tomarse su neutralización con tanto optimismo como Siuan —o como Siuan fingía tomárselo— pero no siempre tenía éxito. Se suponía que el único modo de sobrevivir a la neutralización durante muchos años era encontrar algo que diera sentido a la vida, que llenara el vacío dejado por el Poder Único. Para Siuan y Leane ese algo era dirigir su red de informadoras y, lo más importante, intentar convencer a las Aes Sedai de Salidar de que respaldaran a Rand al’Thor como el Dragón Renacido sin que ninguna de ellas se diera cuenta de lo que se proponían. La cuestión era si bastaba con eso. La amargura plasmada en el rostro de Siuan y el placer que se reflejaba en el de Leane apuntaban que quizá nada sería suficiente nunca.
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