Vladimir Obruchev - Plutonia

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Los dos oficiales y diez marineros subieron a cubierta.

— ¿Este es un barco ruso? — preguntó, llevándose la mano a la visera, el oficial superior.

— En efecto. El Estrella Polar , propiedad privada — contestó Trujánov.

-¿Es usted el capitán?

— No. Soy el propietario del barco.

— ¿Barco mercante o ballenero?

— Ni lo uno ni lo otro. El Estrella Polar conduce una expedición científica que regresa de una travesía por el Océano Glacial. Pero quisiera saber con qué derecho detiene usted a un barco ruso en aguas rusas y con qué derecho nos somete usted a un interrogatorio.

— Con el derecho que dan las reglas de la flota y del estado de guerra.

— ¿Cómo? ¿De qué estado de guerra? ¿Qué ocurre? — preguntaron los pasajeros alarmados hasta el máximo.

El oficial sonrió:

— ¿No están ustedes enterados? ¿Llevan mucho tiempo navegando por el Océano Glacial?

— Desde la primavera del año pasado.

— Diese Russen sind wie vom Himmel gefallen (estos rusos parecen caer del cielo) — dijo el austríaco a su compañero, que debía comprender mal el ruso y ahora sonrió también al contestar:

— Sie wissen gar nichts vom Kriege? (¿No saben nada de la guerra?)

El primero continuó:

— Entonces, les comunico que, desde hace un año, el Imperio alemán y el Imperio austro-húngaro están en guerra con Rusia y nosotros, el crucero Ferdinand de la flota imperial, nos apoderamos de su barco como botín de guerra. ¿Entienden?

— Pero mi barco no es un buque de guerra, sino una embarcación científica, civil. Los barcos privados no se confiscan.

— ¿Un barco civil? ¿Y qué es esto? — replicó el austríaco señalando la pequeña pieza que servía para las salvas y las señales-. ¡Un cañón!

Trujánov contestó con una sonrisa,

— Todo barco civil — prosiguió el austríaco— puede ser armado, puede llevar un desembarco, cargamento militar, correo militar. El barco civil tiene que ser confiscado. ¡No hay más remedio!

— ¿No podría ver al comandante del crucero?

- ¿Habla usted alemán?

— No, pero hablo español, francés e inglés.

— Bien. Vamos al crucero.

El oficial dió una orden a media voz a su subordinado y luego descendió con Trujánov al bote, que les condujo al crucero. El segundo oficial y los marineros armados quedaron en el Estrella Polar.

Kachtánov hablaba bien el alemán. Entabló conversación con el oficial, que contestó de buen grado a sus preguntas e informó a los viajeros de los principales acontecimientos de la guerra europea de 1914. Así pasó el tiempo hasta el regreso de Trujánov, que volvió con dos oficiales y varios marineros sin armas.

— Nos piensan desembarcar en la costa de Kamchatka — declaró-. Vamos a los camarotes a recoger nuestro equipaje mientras escoltan al Estrella Polar hasta la orilla. Lo confiscan, desde luego, con todo su cargamento.

En la cabina, sin la presencia de los austríacos, que se habían quedado dando órdenes sobre cubierta, Trujánov refirió lo siguiente:

— El comandante del crucero me ha dicho lo mismo que el oficial. Al principio ha consultado con sus ayudantes, porque quería llevarnos prisioneros. Yo comprendo y hablo muy bien el alemán — explicó Trujánov —, pero lo he ocultado a propósito para enterarme de lo que iban a hablar de nosotros entre ellos. Así he sabido que tienen pocos víveres y cuentan aprovecharse de nuestras reservas. De ahí que no quieran prisioneros, que son bocas suplementarias. Uno de los ayudantes insistía en llevarse por lo menos todos los movilizables menores de 45 años, es decir, a todo el mundo menos a mí. Pero el comandante le ha tranquilizado diciéndole que, antes de que lleguemos de Kamchatka a Moscú, la guerra habrá terminado seguramente con la derrota de Rusia y Francia.

— Así pues — concluyó —, han decidido desembarcarnos a todos. No nos permiten llevarnos más que la ropa estrictamente necesaria, algunas provisiones y el dinero personal, pero no la caja de la expedición, que queda confiscada igual que todo el resto.

¿Pero todas nuestras colecciones, el resultado de nuestra expedición? — gritó Pápochkin indignado.

1: El lago de los Estegosaurios; 2. El desfiladero de los Pterodáctilos; 3. Punto de desembarco; 4. El calvero de los Iguanodones: 5. Las dunas; 6. El hormiguero № 1; 7. El volcán Satán; 8. La bahía de los Peces; 9. El hormiguero Nº2; 10. El río de las Hormigas; 11. El volcán Gruñón, el lago del Ermitaño y el río Pápochkin; 12. La bahía del Ermitaño; 13. La desembocadura del río Makshéiev; 14. El río Gromeko; 15. La desembocadura del río del Azufre; 16. El bosque de colas de caballo, de helechos y de palmeras; 17. El desfiladero de los Millones.

— Todo, desde luego. Los diarios podemos esconderlos, naturalmente, en los bolsillos; pero las fotografías, los cráneos, las pieles, los herbarios, etc:, tendrán que quedar aquí. Prometen mandarlo todo a Viena intacto para que nos sea devuelto después de la guerra.

— Eso si alguna mina o algún submarino francés o ruso no los manda antes a pique — observó indignado Borovói.

— No tendría nada de particular — replicó Trujánov —, sobre todo porque también la Gran Bretaña ha entrado en la guerra…

— En una palabra, que la expedición ha sido saqueada igual que cuando nos saquearon las hormigas — dijo Makshéiev con una sonrisa triste.

— Existe todavía cierta probabilidad de recobrar nuestros bienes — anunció Trujánov-. Por ciertas alusiones he comprendido que tienen aquí cerca una base lo más probable es que en las islas del Comendador —, de donde ha salido a nuestro encuentro el crucero. Allí van a llevar al Estrella Polar . En cuanto lleguemos a Vladivostok, lo comunicamos a nuestros barcos de guerra, que irán a sorprenderla.

— ¡Cualquiera sabe cuándo llegaremos!

— Pues, desde luego, es la única esperanza que queda. Bueno, y ahora, vamos a hacer nuestro equipaje.

Cada cual se retiró a su cabina. El Estrella Polar se dirigía ya a toda marcha hacia Kamchatka, escoltado por el crucero, rumbo a Ust-Kamchatsk, primer lugar habitado de la costa al Norte de Petropávloysk. Pronto se reunieron los viajeros, abatidos, en la cubierta con sus maletas y sus hatos, que los austríacos visitaron por encima, sin revolverlos ni registrar los bolsillos. Makshéiev, logró así salvar el oro que había metido en su ancho cinto de buscador de oro, especie de faltriquera larga y estrecha. Llevando una arroba encima, el ingeniero no tenía ninguna libertad de movimientos. Pera la especie de morcilla de oro, ajustada a la cintura, estaba oculta debajo de la kujlianka y los austríacos no prestaron atención a los movimientos torpotes del explorador. Las colecciones y el material de la expedición, que llevaban mucho tiempo embalados en cajones para ser enviados por ferrocarril, fueron entregados a los austríacos con el inventario. Naturalmente, no les informaron de donde había estado de verdad la expedición.

— Hemos explorado la tierra de Chukotka y pasado el invierno en la isla de Wrángel — declaró Trujánov.

El oficial que se hacía cargo del material sacudió la cabeza con simpatía y dijo:

— Mi padre participó en una expedición polar a la Tierna de Francisco José en la goleta austríaca Tegetthoff.

Usted lo habrá leído seguramente, verdad?

— ¡Oh, claro! — sonrió Trujánov.

Al atardecer, los dos barcos se detuvieron frente a un largo cabo de la desembocadura del Kamchatka, detrás del cual había una pequeña aldea de pescadores. Los pasajeros y su equipaje fueron rápidamente embarcados en tres botes y llevados hasta la costa. Igolkin y el capitán salieron en seguida para la aldea en busca de medios de transporte. Los demás se habían quedado en la orilla, observando pesarosos cómo eran izados los botes a bordo y cómo viraban los dos barcos y se adentraban a toda marcha en el mar. Al crepúsculo, antes de que sus compañeros hubieran vuelto con el único caballo del pueblo, los barcos se habían desvanecido ya en las tinieblas vespertinas.

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