Vladimir Obruchev - Plutonia

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— En el siglo XIX prevaleció la hipótesis de Kant y Laplace acerca del núcleo terrestre en fusión. Sus adeptos discutían sólo la cuestión del espesor de la corteza sólida de la Tierra: unos le atribuían de 40 a 50 kilómetros, otros un centenar de kilómetros y algunos, en fin, incluso de 1.275 a 2.220 kilómetros, o sea, de una quinta a una tercera parte del radio terrestre. Pero este espesor de la corteza se hallaba en contradicción con los fenómenos volcánicos y geotérmicos, igual que 1a hipótesis según la cual la Tierra sería un cuerpo sólido enteramente enfriado. Por eso, como correctivo, los partidarios de la corteza espesa admitían que entre ella se habían conservado algunas cuencas aisladas de masa en fusión, que constituían los focos volcánicos.

En la segunda mitad del siglo XIX una cuarta hipótesis obtuvo mayor número de partidarios. Proclamaba que la Tierra tenía una corteza no muy espesa y un número sólido, separados por una capa intermediaria, más o menos compacta, de rocas en fusión; la llamada franja olivina.

— Se admite la existencia de un núcleo sólido porque, a proximidad del centro de la Tierra, como consecuencia de la enorme presión que allí existe, todos los cuerpos deben hallarse en estado sólido, a pesar de la elevada temperatura, que sobrepasa mucho su punto de fusión a presión normal.

— La corteza terrestre se compone de rocas más ligeras, mientras en la franja olivina se han concentrado otras más pesadas, abundantes en olivina y hierro. En el núcleo mismo dominan las materias más pesadas, los metales, por ejemplo. Se supone que los meteoritos ferrosos, compuestos esencialmente de hierro y níquel, son restos de núcleos planetarios, mientras los meteoritos pétreos, compuestos de olivina y otros minerales ricos en hierro y níquel, nos dan una idea de la composición de la franja olivina.

— Esta hipótesis también tiene ahora muchos partidarios, pero rivaliza con ella otra hipótesis, la de Zöppritz, que resucita bajo una forma nueva la teoría de Leslie y de otros sabios de fines del siglo XVIII y principios del XIX.

— Esta hipótesis parte de la ley física de que, dada las altas temperaturas que han de existir inevitablemente en las entrañas de la Tierra, todos los cuerpos deben encontrarse en estado gaseoso a pesar de la enorme presión.

— Como ustedes saben, existe la temperatura crítica de los gases, temperatura a la cual no se comprimen ni se licúan, cualquiera que sea la presión. Indudablemente, en el centro de la Tierra esta temperatura crítica se halla muy sobrepasada. Por eso deben constituir ese núcleo los gases llamados monoatómicos, que han perdido sus propiedades químicas características, ya que sus moléculas se han desasociado en átomos bajo la influencia de la elevada temperatura. Este núcleo está rodeado de una capa de gases con una temperatura superior a la crítica y ésta, a su vez, rodeada de gases ordinarios.

— Luego se suceden una capa de materia en fusión, una capa de líquido pastoso semejante a la lava o la resina, y una capa transitoria entre el estado líquido y el estado sólido y que se llama estado de plasticidad latente, de consistencia parecida a la pez de zapatero.

— Y arriba encontramos, al fin, la corteza sólida. Entre las capas enumeradas no existe, naturalmente, un límite rotundo, sino que pasan gradualmente de una a otra. Por eso, bajo los efectos de la rotación de la Tierra, estas capas no se pueden desplazar las unas respecto a las otras ni influir sobre los flujos y los reflujos ni sobre el desplazamiento del eje de la Tierna. Las opiniones varían en cuanto al espesor de la corteza terrestre. El físico sueco Arrhenius calcula que el núcleo gaseoso ocupa el 95 % del diámetro del globo; las capas de líquidos ígneos el 4 / y la corteza sólida el 1 % sólo, es decir, unos 64 kilómetros de espesor.

— Otros atribuyen un espesor más considerable a la corteza: 80, 100 e incluso 1.000 kilómetros. Pero la corteza fina, de 60 a 100 kilómetros, se aviene mejor con los fenómenos volcánicos y geotérmicos, con la formación de las montañas, etc.

— Como ven ustedes, esta hipótesis ha resucitado la teoría de Leslie y de los demás, aunque sin los planetas interiores y los orificios de acceso y ha confirmado incluso la idea del capitán Simmes acerca de las esferas concéntricas. Pero, naturalmente, el interior de la Tierra no podía estar habitado a una temperatura que fisiona incluso los átomos de gas.

— ¡Y sin embargo, está habitado! — exclamó Kashánov-. Aunque supongo que también usted se lo imaginaba al organizar la expedición.

— Tiene usted razón — replicó Trujánov-. Y ahora voy a exponer a ustedes mi propia hipótesis. Desde hace mucho tiempo soy partidario de la hipótesis de Zöppritz, y he hecho observaciones y cálculos para desarrollarla y confirmarla. Las observaciones trataban de la determinación de la fuerza de la gravedad, de los fenómenos geomagnéticos y de la difusión de los terremotos.

— Sabido es que las ondas sísmicas no se propagan sólo por la superficie de la corteza terrestre, sino también en línea recta, a través del subsuelo. Por eso, si ocurre un terremoto en nuestros antípodas, los instrumentos sensibles captan dos series de sacudidas: primero las que siguen el camino más corto por el diámetro del globo y luego las que se difunden por la superficie terrestre, o sea, por la periferia del globo. La rapidez de la transmisión de las sacudidas depende de la densidad y la homogeneidad del medio, y esa rapidez permite juzgar del estado del medio.

— Conque una serie de observaciones, hechas en distintas estaciones sísmicas y en mi observatorio de Munku-Sardik, donde instalé instrumentos nuevos, de precisión y sensibilidad extraordinarias, en un pozo profundo al pie de una cadena montañosa, descubrieron hechos en contradicción con la hipótesis de Zöppritz. Se vió que el núcleo terrestre no se debía componer de gases muy comprimidos por la presión, sino al contrario, de gases enrarecidos, poco más densos que el aire que nos rodea, y que ocuparían unas tres cuartas partes del diámetro del globo. En una palabra, ese núcleo gaseoso debía tener alrededor de ocho mil kilómetros de diámetro; de manera que no quedaría para las capas líquidas y sólidas más de dos mil cuatrocientos kilómetros de espesor a cada lado. Y entre el núcleo gaseoso había que admitir la existencia de un cuerpo sólido o casi sólido, es decir, de un planeta interior de quinientos kilómetros de diámetro como máximo.

— ¿Cómo ha logrado usted determinar el diámetro de ese cuerpo invisible? — preguntó Borovói interesado.

— De una manera muy sencilla. Ese cuerpo se hallaba sólo en el camino de las sacudidas sísmicas que se producían en los antípodas de mi observatorio, o sea, en el Pacífico, al Este de Nueva Zelanda. Si el terremoto tenía lugar en la propia Nueva Zelandia o en Patagonia, no había ningún cuerpo sólido en el camino recto de su propagación. Una serie de observaciones permitió determinar las dimensiones máximas de este cuerpo, con una exactitud aproximada, naturalmente.

— O sea, que las observaciones han demostrado que dentro de la Tierra existe una vasta extensión llena de gases poco distintos al aire por su densidad y que en medio de ellos se encuentra un planeta interior de 500 kilómetros de diámetro como máximo. En términos generales, estas observaciones coincidían irás con las hipótesis de los sabios antiguos que con las de Zöppritz. En este caso, surgía una duda en cuanto a la exactitud de los cálculos relativos a la distribución de las materias pesadas en la corteza terrestre. La densidad media de la Tierra, como se sabe, es de 5,5; la densidad de las rocas de la capa superficial de la corteza terrestre es sólo de 2,5 a 3,5 e incluso menos si se tiene en cuenta las grandes masas de agua de los océanos. Por eso consideran los sabios que más cerca del centro de la Tierra deben encontrarse substancias de densidad creciente, que llegaría a cifrarse en 10 u 11 en el centro del núcleo. Pero si en el interior de la Tierra hay una vasta extensión de gases de la misma densidad que el aire con un pequeño planeta en el centro, debe admitirse una distribución completamente distinta de las densidades en la corteza terrestre que rodea la cavidad gaseosa interna. Admitamos que la parte superficial ligera de la corteza tenga unos 77 kilómetros de espesor; la parte interior pesada, con muchos metales pesados, 2.300 kilómetros y la cavidad interna gaseosa 4.000 kilómetros, incluido el planeta. El total arroja 6.377 kilómetros, o sea, el radio de la Tierra. Admitiendo que la densidad media de la parte pesada de la Tierra es de 7,8, la densidad de la Tierra en su conjunto será de 5,5 como dicen los datos de los geofísicos.

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