Vladimir Obruchev - Plutonia
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Todos se echaron a reír, pero Kashtánov objetó:
— Saca usted deducciones demasiado precipitadas de mis palabras. Yo no he dicho que el mar penetrase detrás del meteorito. Este cayó, como supone Trujánov, en el período triásico, mientras la fauna del mar es del jurásico. Por lo tanto, tenemos un intervalo suficiente para la salida de los gases y el enfriamiento de la cavidad interior. Es posible que en la otra parte de Plutonia el mar de los Reptiles se extienda mucho más al Norte, indicando la vía seguida en tiempos por la fauna marina durante su migración al interior.
— Ya ven ustedes cuántos problemas de interés e importancia capitales surgen en cuanto empezamos a discutir la naturaleza de Plutonia — dijo Trujánov-. Cada uno de nosotros plantea toda una serie en el dominio de su especialidad. En resumidas cuentas, que hace falta enviar una segunda expedición para que siga explorando Plutonia. ¿No es cierto?
EPILOGO
Llegó el mes de mayo y transcurrió sin traer la ansiada primavera. Aunque el sol no abandonaba ya el horizonte, limitándose a descender un poco al Norte y levantarse al Sur, no calentaba apenas y la nieve se derretía sólo en el flanco del barco orientado hacia el Sur y en los acantilados de la costa. Además, a los días de sol sucedían con frecuencia otros entoldados: se alzaba el viento, la nieve formaba remolinos y con frecuencia se desencadenaban verdaderas nevascas, dando la impresión de que había vuelto el invierno. La nieve reciente impedía siempre que se derritiese la antigua, reblandecida ya y dispuesta a convertirse en agua en cuanto hiciera unos días bastante buenos. No llegaron hasta la primera mitad de junio, trayendo al fin la primavera tan deseada.
Numerosos arroyuelos fluían por los acantilados; en las pequeñas terrazas desnudas aparecieron florecillas minúsculas, que se abrían en nada de tiempo; en el agua de los charcos, calentada por el sol, pululaban insectos acuáticos, salidos no se sabía de dónde. Pero el mar, revestido de hielo, continuaba su sueño. Sin embargo, en los días apacibles se distinguía a lo lejos, desde lo alto del mástil, la franja oscura del agua.
— Este año la primavera viene con retraso — dijo un día el capitán a los viajeros reunidos sobre cubierta, ya que el agua que cubría el hielo casi en todas partes les obligaba ahora a estarse la mayoría del tiempo en el barco.
— Efectivamente. El año pasado, por la misma época, habíamos llegado casi a las costas de esta tierra.
— Porque los fuertes vientos habían agitado el mar y partido los hielos. En cambio ahora hay una calma absoluta desde hace diez días o sopla una ligera brisa del Sur.
— ¿Tendremos que pasar aquí otro invierno si el mar no se limpia de hielo? — preguntó Pápochkin, que empezaba a sentirse aburrido.
— ¡Hombre, no! En julio o en agosto todo lo más quedará libre el mar, incluso si no hay viento.
— ¡En julio o agosto! — exclamaron Gromeko y Makshéiev —. ¿Conque tendremos que estarnos todavía aquí la mitad del verano?
— Sí. Es una cosa con la que se debe contar en las travesías polares. En los años malos no hay más que un mes o mes y medio de navegación. En los buenos, dos o tres meses.
La paciencia de los habitantes del Estrella Polar hubo de sufrir realmente una larga prueba. En junio hizo un tiempo apacible, aunque entoldado y frío durante la segunda mitad. Por las noches helaba, caían algunas nevadas y, en esas jornadas, cualquiera hubiera dicho que había terminado ya el verano.
A principios de julio, por fin, una tormenta venida del Este lo cubrió todo de nieve pero rompió los hielos; el barco, que estaba desde hacía ya tiempo desprendido del hielo y dispuesto para la navegación, se despidió con una salva de la triste Tierra de Nansen y puso rumbo al Sur.
De todas formas, el tiempo continuaba gris y húmedo; llovía o nevaba con frecuencia. A veces, la niebla inmovilizaba el barco durante horas y horas.
Unicamente a principios de agosto salió el Estrella Polar al mar libre y puso rumbo a toda marcha hacia el estrecho de Bering. Todo el mundo lanzó un suspiro de alivio. Sólo quedaban dos o tres semanas de navegación hasta Vladivostok.
A mediados de agosto bogaban a la altura del río Kamchatka. Se distinguían a lo lejos la orilla de la península, los conos de los volcanes, la colina humeante Kliuchévskaia. Era un día extraordinariamente tranquilo y claro. El turbulento mar de Bering se extendía como un espejo hasta el horizonte. Gracias a la transparencia del aire otoñal se divisaban al Sudeste las cimas de la isla de Bering, la más próxima de las islas del Comendador. De allí se alejaba a toda marcha un gran barco que parecía dirigirse hacia Nizhne-Kamchatsk.
— Debe ser un crucero ruso de vigilancia en estas aguas — explicó Makshéiev, contestando a la pregunta de sus compañeros, reunidos sobre cubierta, y que estaban de excelente humor viendo el mar tranquilo y el buen éxito de la navegación.
— ¿A quién vigila? — preguntó intrigado Kashtánov.
— A los piratas americanos y japoneses. Las islas del Comendador se conocen por ser el mejor o quizá el único vivero de otarias (otaria = tipo de foca, leones de mar) , cuyo número, a consecuencia de su bárbara destrucción, disminuye rápidamente. Por eso, nuestro gobierno sólo autoriza su caza en un período determinado y con ciertas limitaciones respecto a las hembras y las crías. Pero los cazadores rapaces tratan de burlar la prohibición. De aquí, que las islas sean visitadas frecuentemente por barcos de guerra con derecho a reconocer los navíos sospechosos que cruzan por estas aguas.

— ¡Creo que también nosotros les parecemos sospechosos — exclamó Trujánov-. El crucero viene derecho hacia nosotros.
En efecto, el crucero, gran embarcación de tres palos, iba a toda velocidad a cortar el camino al Estrella Polar . Podían distinguirse ya los cañones brillantes de las piezas de artillería y un grupo de personas en el puente del capitán. Súbitamente escapó un penacho de humo de uno de los cañones, se escuchó una detonación y al mismo tiempo apareció en un mástil la señal de «Alto o disparo».
El Estrella Polar obedeció. Según las reglas marítimas, el capitán había hecho izar el pabellón ruso en cuanto advirtió el crucero; pero este último no siguió su ejemplo.
Los pasajeros, agrupados junto a la borda, contemplaban el hermoso buque que se acercaba rápidamente.
— ¡Cómo! ¡Si no es un crucero ruso! Se llama Ferdinand y lleva el nombre escrito en caracteres latinos
— dijo el capitán, que estaba examinándolo con su catalejo.
— Entonces, ¿con qué derecho da el alto a un navío ruso en aguas rusas? — preguntó Kashtánov sorprendido.
— ¿De qué nacionalidad es ese Ferdinand? Alemán probablemente, ¿no?
— Vamos a verlo — contestó el capitán, consultando un prontuario-. ¡Aquí está! Ferdinand: crucero de guerra austro-húngaro construído en 1909… Tantas toneladas de desplazamiento… Diez cañones de tal calibre, etc… Tripulación, 250 hombres. Velocidad… etc.
Mientras tanto, el crucero aminoró la marcha y se detuvo a un cable del Estrella Polar . Un bote fué echado al mar y en él subieron dos oficiales y unos veinte marineros armados de fusiles. El bote se dirigió hacia el Estrella Polar , cuyos pasajeros, el capitán y toda la tripulación se habían juntado, sorprendidos, junto a la borda.
No hubo más remedio que echar una escala para recibir a aquellos visitantes importunos.
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