Vladimir Obruchev - Plutonia
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Un examen minucioso de los contornos hizo descubrir un sendero en cada una de las orillas y, en el río, un vado poco profundo. En el sendero las huellas eran menos netas, pero la distancia que las separaba permitía calcular que el sujeto medía por lo menos un metro ochenta de estatura.
— ¿Qué han encontrado ustedes? — preguntó Makshéiev cuando volvieron sus compañeros, porque mientras ellos estudiaban las huellas Gromeko y él se habían puesto nuevamente a pescar.
— Lo más probable es que se trate de las huellas de un antropopiteco que ha ido, por un sendero perfectamente trazado, hacia un vado poco profundo que conoce — declaró Kashtánov.
— O sea, que antes de nosotros han penetrado en Plutonia algunos hombres.
— Y, por añadidura, andan descalzos, aunque ya nieva, y atraviesan con toda tranquilidad el agua helada — exclamó el botánico.
— Serán salvajes probablemente. Por algo la forma del pie no se diferencia apenas de la de los monos.
— Tendría poca gracia encontrarse con ellos. Deben ser caníbales.
— Si las hormigas no han podido con nosotros, aunque nos han molestado bastante en nuestro trabajo, ya acabaremos entendiéndonos de alguna manera con los salvajes.
Ahora había que tomar mayores precauciones para no ser atacados por sorpresa. Durante el descanso montaron guardia por turno y todo el día siguiente observaron con atención los contornos.
Al segundo día tuvieron que suspender la navegación. Una prolongada tormenta llegó del Norte y heló el río, cubriéndolo incluso de una capa de nieve de unos quince centímetros.
Como no querían abandonar las barcas ni llevar la impedimenta a cuestas, los exploradores construyeron unos patines de madera, pusieron encima las barcas con el equipaje y, siguiendo el lecho del río, donde no les molestaban los arbustos ni los árboles, arrastraron por la nieve aquellos trineos improvisados. Pero, como era difícil marchar por la nieve reciente sin esquís y tirando de los pesados trineos, no recorrían más que de doce a quince kilómetros en la jornada. Plutón no asomaba ya a través del espeso velo de nubes y la temperatura descendía a cinco e incluso diez grados bajo cero. Los hombres pasaban mucho frío en la tienda ligera y con su ropa de verano; durante los altos montaban la guardia por turno para alimentar una hoguera a la entrada de la tienda. En esta lucha contra el fría y la nieve se habían olvidado enteramente de los hombres primitivos. Por, otra. parte, no volvieron a encontrar huellas. Todos los seres vivos parecían haber emigrado hacia el Sur y los bosques, poco tupidos, dormían su sueño invernal bajo el sudario blanco.
Sólo al octavo día de haber construido aquellos trineos terminaron los árboles y se dibujaron al Norte unas crestas blancas sobre el horizonte: el borde de los hielos. Delante se divisaba a duras penas el punto negro de la yurta sobre la colina, confundiéndose casi con la llanura de la tundra.
Quedaba una decena de kilómetros de penosa marcha antes de poderse reunir con sus compañeros y descansar en la yurta tibia después de largas semanas de peregrinación. Al cabo de tres horas se hallaban sólo a un kilómetro de la yurta y de un momento a otro esperaban oír el ladrido de los perros y ver a los hombres correr a su encuentro con trineos y esquís. Pero no aparecía nadie, no se escuchaba el menor ladrido y, la yurta , medio sepultada bajo la nieve, negreaba solitaria en lo alto de la colina, como abandonada por sus habitantes. Los viajeros empezaron a hacerse inquietas preguntas.
— ¿Se pasarán el día durmiendo?
— ¿Por qué no se ve a los perros, ni se les oye ladear?
— ¿Habrá ocurrido alguna desgracia?
En un último esfuerzo, los viajeros aceleraron la marcha por la nieve profunda y blandía de la llanura, donde se hundían casi hasta las rodillas.
La colina estaba ya muy cerca, pero continuaba desierta y callada. Los viajeros se detuvieron antes de iniciar la subida y gritaron todos a una:
— ¡Eh, Borovói, Igolkin! ¡Arriba, que ya estamos aquí!
Repitieron la llamada una y otra vez, pero les respondió el mismo silencio de tumba. Los cuatro hombres empezaron a sentirse seriamente inquietos.
— Si no se han muerto, la única explicación posible es que se han marchado en los trineos a cazar algún animal grande — dijo Makshéiev —, sobre todo porque tampoco están aquí los perros.
— ¡Pero si llevamos más de una semana sin haber encontrado ningún bicho! — objetó Pápochkin.
— Quizá por eso mismo se hayan adentrado más hacia el Sur.
— A no ser que hayan ido a nuestro encuentro en vista de que tardábamos tanto — sugirió Gromeko-. Cuando han empezado los fríos y la nieve se habrán acordado de que nos habíamos ido con ropa ligera y sin esquís.
— Es poco verosímil. Sabiendo el río que habíamos seguido en nuestro viaje, tenían que haber dado con nosotros sin falta — observó Kashtánov.
— Yo pienso que en la yurta encontraremos la solución del enigma — dijo Makshéiev-. Pero, antes, vamos a contornear la colina por si hay alguna huella que podemos borrar sin querer.
Dejaron los trineos al pie de la colina y los cuatro la contornearon, examinando minuciosamente la capa de nieve. No descubrieron ninguna huella, ni reciente ni antigua, y se podía asegurar que, desde que la nieve había recubierto la tierra, nadie había subido a la colina ni bajado de ella.
Capítulo L
EN LA YURTA ABANDONADA

La cortina de fieltro que cerraba la abertura de la yurta , orientada hacia el Sur, estaba bajada y atada por fuera. O sea, que no había nadie dentro. Habiendo levantado la cortina, los viajeros penetraron en el interior. La yurta parecía estar habitada. Los cajones con los instrumentos, las colecciones y los objetos más preciosos estaban colocados junto a la pared de atrás. Colgaban en su sitio las escopetas las cartucheras y la ropa de Borovói e Igolkin; a los lados se hallaban enrollados los sacos de dormir. En el centro de la yurta negreaba el hogar y del trípode pendía incluso la tetera. Al lado había un montón de leña y de ramiza. Todo tenía el mismo aspecto que si los dos exploradores se hubieran ausentado por poco tiempo:
La inquietud de los recién llegados iba en aumento: sus compañeros no estaban de caza ni de excursión, puesto que las escopetas y los sacos de dormir habían quedado en la yurta . Había que admitir que algún enemigo — animales u hombres— les había atacado por sorpresa en los alrededores de la yurta , cerca de la nevera por ejemplo, o en la tundra, al pie de la colina. Los perros, abandonados y hambrientos, habían debido morirse o escaparse. Pero, si el ataque era obra de una tribu, ¿cómo no había saqueado la yurta ?
Un examen más atento demostró que la tetera, las escopetas y todos los objetos tenían una capa de polvo. Miakshéiev levantó la tapa de la tetera: los restos de té que había en el fondo se hallaban recubiertos de moho. Era de toda evidencia que los hombres habían abandonado la yurta hacía ya tiempo.
— ¿Qué será esto? — preguntó Kahstánov señalando un extraño objeto de madera colocado sobre uno de los cajones.
Todos rodearon el cajón. Encima había una figurita de mamut toscamente tallada en madera. Estaba cubierta de unos chafarrinones parduscos y de grasa, de manera que daba asco tocarla.
— ¿Se habrá dedicado Igolkin a la escultura de puro aburrimiento? — aventuró Pápochkin.
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