Vladimir Obruchev - Plutonia
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— ¡No! — afirmó Makshéiev-. Esto es, desde luego, un ídolo. Está untado, como sacrificio, con la sangre y la grasa de los animales muertos. Nuestros compañeros lo habrán encontrado en algún sitio.
— Uniendo este hallazgo a las huellas descubiertas en la arena, no cabe ya la menor duda de que la región está habitada por hombres primitivos — declaró Kashtánov.
— ¡Habrán matado o hecho prisioneros a nuestros amigos! — lanzó Gromeko.
— ¿Cómo no se habrán llevado todo lo que había en la yurta ?
Makshéiev tomó la figurita para examinarla mejor y todos vieron con asombro que debajo había dos trozos de papel cuidadosamente doblados. Kashtánov se apresuró a abrirlos y los leyó en voz alta.
La primera nota, fechada el 25 de septiembre, decía:
«Hemos sido hechos prisioneros por unos salvajes que han aparecido de improviso en la tundra. Nos sorprendieron en la nevera, sin armas, hace cosa de quince días, mientras estábamos inspeccionando el depósito. Nos han llevado al bosque con ellos. No han tocado a la yurta ni al depósito, pero no nos han dejado llevarnos nada. Los perros han seguido nuestra pista. No nos hacen daño, nos dan de comer, incluso nos rinden honores, tomándonos sin duda por hechiceros o dioses, pero no nos dejan alejarnos. Nos tienen muy vigilados y nos han quitado las botas y casi toda la ropa. Ellos andan desnudos, viven en chozas de palos y pieles, no conocen el fuego y comen carne cruda. Todas las armas que poseen lanzas, flechas y cuchillos son de hueso o de madera. La tribu cuenta más de cien personas, en su mayoría mujeres. Se dedican a la caza, tanto los hombres como las mujeres. Los hombres, poco numerosos, son débiles, mientras las mujeres son altas y: robustas. Tienen el cuerpo cubierto de pelo bastante tupido y, en general, parecen unos monos grandes (sin rabo). Hablan un lenguaje que vamos comprendiendo ya. Así nos hemos enterado de que consideran nuestra yurta como una habitación de dioses y van a ella a hacer sus devociones. Hemos aprovechado esta circunstancia para enviar la presente nota como sacrificio a los dioses. Nos han prometido dejarla en la yurta . Nos han llevado a unos sesenta kilómetros hacia el Sudeste, bajando el río que cruzamos al principio para ir a buscar el mamut muerto. Pensamos que lograrán ustedes liberarnos sin verter sangre, presentándose como divinidades. Tráigannos ropa de abrigo, cerillas y tabaco. Hemos pasado bien el verano y el depósito está lleno de víveres.
Borovói, Igolkin».
La segunda cuartilla era del 2 de noviembre.
«Hace frío y nieva con frecuencia. Los salvajes se preparan a emigrar hacia el Sur, donde el clima es más tibio. Nosotros encendemos fuego para asar la carne y calentarnos. Pero los salvajes tienen miedo al fuego y nos veneran todavía más. Nos retienen prisioneros sobre todo las mujeres, a las que gustamos porque somos más guapos y más robustos que los hombres de la tribu. Los hombres contribuirían de buen grado a nuestra evasión. Esta será la última nota, porque los salvajes no volverán ya a la yurta. Pero, al dirigirnos hacia el Sur, siguiendo probablemente el mismo río, dejaremos notas en todos los sitios donde acampemos o por el camino, fijándolas en los arbustos para que puedan seguir nuestra pista. Si no logramos escaparnos con la ayuda de los hombres, anúnciennos su presencia disparando al aire. Avancen sin miedo, haciendo descargas al aire para impresionar a los salvajes y hacerles que se sometan a nuestra voluntad. En último caso, hieran a algunas mujeres. No nos dejamos abatir ni tenemos miedo; sólo sufrimos del frío y de comer únicamente carne. Estamos inquietos por ustedes. ¿Cómo no han vuelto todavía? Nos preguntamos si habrán hecho el viaje sin incidentes.
Borovói, Igolkin».
— ¡Están vivos! — exclamó Gromeko.
— Tenemos que correr en auxilio de nuestros compañeros, porque hace casi tres meses que se encuentran cautivos. Hoy estamos a cinco de diciembre — declaró Gromeko consultando su cuaderno de notas.
— Escriben que los salvajes no han tocado aquí nada — dijo Makshéiev-. Por lo tanto, los trineos y los esquís deben continuar en la nevera con las provisiones. Hay que descubrir inmediatamente la entrada al depósito y comenzar los preparativos para la marcha.
— Efectivamente, en la yurta todo parece continuar en su sitio. También el depósito continuará intacto si la puerta no ha quedado abierta y los perros no han devorado las provisiones — observó Pápochkin.
Después del penoso viaje a través de la nieve, de las noches pasadas en la tienda de campaña y de la alimentación compuesta de carne y galletas, el clima tibio de la yurta y las conservas variadas les parecieron particularmente agradables a los viajeros. Decidieron descansar algunos días mientras preparaban la nueva expedición, que podía durar varias semanas, según la distancia a que hubieran emigrado los hombres primitivos.
En torno a la yurta toda la colina estaba cubierta de una capa profunda de nieve. En los depósitos todo permanecía intacto. Los trineos y los esquís fueron sacados inmediatamente para inspeccionarlos y proceder a su reparación. El depósito grande se hallaba cerrado por una puerta sólida, auténtica, gracias a lo cual las fieras no habían podido llevarse nada ni aun en ausencia de los hombres y los perros. Los precavidos ermitaños habían hecho una gran provisión de carne ahumada para el invierno. Ahora venía muy bien, porque así no tenían que perder tiempo en ir de caza.
Un poco más lejos estaba la pequeña estación meteorológica instalada en la colina por Borovói. Los instrumentos se hallaban en buen estado. En la yurta descubrieron los exploradores el diario meteorológico por el cual podía juzgarse del clima de la tundra en la segunda mitad del verano y principios del otoño.
Decidieron llevarse la yurta y encerrar en el depósito todos los objetos superfluos, amontonando nieve delante de la entrada para disimularla enteramente a los visitantes importunos.
Conforme a esta decisión, prepararon para el viaje dos trineos, seis pares de esquís, víveres para un mes, ropa de abrigo y sacos de dormir. También reunieron cierta cantidad de azúcar, caramelos, cuchillos, agujas, hilo, collares y anillos para regalárselos a los salvajes si devolvían voluntariamente la libertad de los prisioneros, Se llevaron igualmente alcohol y coñac para embriagara los centinelas en caso de necesidad.
Capítulo LI
SIGUIENDO LA PISTA DE LOS COMPAÑEROS
Después de descansar tres días en la colina, emprendieron la marcha, primero hacia el Sudeste, en dirección al río donde Kashtánov y Pápochkin habían encontrado por primera vez mamuts, y luego bajando la corriente.
Al segundo día, los exploradores llegaron a un calvero (calvero = m. Calva en lo interior de un bosque) de la orilla izquierda del río donde había estado el campamento de los hombres primitivos. No quedaba de él más que unas veinte armazones de chozas cónicas de pértigas, semejantes a las tiendas de los jantis y de los evenkos de Asia.
En una de las pértigas había sido fijado un papel con este texto:
«Aquí hemos estado prisioneros hasta salir hacia el Sur. La tribu se marcha hoy. Por el camino quizá logremos es…
El papel se había roto en aquel sitio..
Los exploradores decidieron descender el borde del río, examinando minuciosamente los calveros cada quince o veinte kilómetros, recorrida probable de una jornada de marcha de la tribu que, cargada con todos los utensilios domésticos, debía avanzar lentamente. Al borde de estos calveros podía haber quedado alguna nota de los prisioneros.
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